DESIERTO SONORO es un collage, un mapa, un archivo personal y un documento. Luiselli una autora con una propuesta estética, ética y política

Valeria Luiselli, Desierto sonoro, traducción de Daniel Saldaña y Valeria Luiselli, Sexto Piso, 2019, 464 págs. Foto: www.sextopiso.es

Por Natalia Enríquez**  


Tapa y contratapa: Valeria Luiselli (ciudad de México, 1983) es autora de las novelas Los ingrávidos (2011) y La historia de mis dientes (2013) y de los libros de ensayo Papeles falsos (2010) y Los niños perdidos (2016).


“Un matrimonio en crisis viaja en coche con sus dos hijos pequeños desde Nueva York hasta Arizona. Ambos son documentalistas y cada uno se concentra en un proyecto propio: él está tras los rastros de la última banda apache en rendirse al poder militar estadounidense; ella busca documentar la diáspora de niños que llegan a la frontera sur del país en busca de asilo”.

Desierto sonoro es una novela que se convierte en una suerte de collage literario, en el que se superponen texturas, recursos, espacialidades, puntos de fuga y de clímax, muchas cajas encierran, a su vez, otras más íntimas que guardan micro universos, relieves y bifurcaciones. Literariamente es un paisaje que combina capas y capas de ficción y sensibilidades.

Es también un mapa íntimo donde se teje el itinerario vital: los hijos, la pareja, las aspiraciones profesionales, el devenir que es otro viaje, su viaje familiar con los kilómetros por los que transcurre la novela, los sentimientos y las reflexiones.

Su archivo personal es la estructura, que soporta fotografías de la autora, datos históricos importantes, fragmentos de libros leídos por los personajes, la  música que les acompaña en el auto, referencias actuales y pasadas, notas al margen y subrayados.

Es un documento con un epílogo claramente explicativo y elaborado como un manual de un artefacto contemporáneo, además revela una ética y un sentido personal de escritura muy válido que rompe con esa figura desapegada del autor frente a su obra; todo lo contrario, es ahí donde se juega la apuesta estética y literaria de Luiselli:

“En las partes narradas por un narrador en tercera persona, Elegías para los niños perdidos, las fuentes aparecen imbricadas y parafraseadas, pero no transcriptas ni citadas. En la composición de las Elegías empleo una serie de alusiones a obras literarias sobre viajes, travesías, migraciones, etc. Dichas alusiones no tienen por qué ser evidentes. No me interesa la intertextualidad como un gesto explícito y performativo, sino como método y procedimiento compositivo”. 

Este Desierto sonoro soporta varias lecturas porque está escrita en diversos planos, no solo de la ficción y del discurso narrativo, sino del ordenamiento de la vida y de su propia composición y apuesta estética. La pregunta principal que urde la historia, las historias, es el tema del registro, la preocupación por documentar rodea y contiene no solo las acciones y los recursos, también el lugar de las reflexiones. Así, documentar funciona para interpelar a la escritura, a la autora, a la voz que narra, a la madre que es el personaje y al lector.


Valeria Luiselli (Ciudad de México, 1983) FOTO: Diego Berruecos

Esta pregunta  principal, las maneras de registrar, encuentra su relevancia frente a cuestiones centrales que arman el sentido más profundo de la historia y que son una apuesta política de la autora sobre los temas que le importan: migración, desplazamientos, fronteras, paisajes narrados como un mundo tanto personal como colectivo; componentes que llevan al lector por la historia y lo acercan a los personajes, lo meten en el ritmo del viaje.

La preocupación fundamental de la novela y por qué no de su autora, son los niños, como personajes, como narradores, porque son el interés de la madre, porque están dentro de un libro que lee a sus hijos en las noches, porque su trabajo es sobre los niños migrantes, pero, sobre todo, por la comprensión de ellos como un universo particular y complejo. Así se difuminan y se entremezclan los de carne y hueso y la ficción, los niños perdidos, ese niño, el hijo, que es universal y es todos. 

En un punto la historia, cambia la voz de la narradora y pasa hacia la del niño mayor, en ese gesto se instaura otra mirada y la historia sigue desarrollándose, desde otro ángulo, por si acaso se quiera pensar en una mirada infantilizada o adultocéntrica, la autora logra la justa medida al acto de describir desde los dos lados de la orilla del desierto. 

Desierto sonoro es una apuesta monumental por su vasta búsqueda de sentidos, de la contemporaneidad y retrato de los más arraigados problemas sociales.

**Natalia Enríquez es comunicadora social, máster en Estudios de la Cultura – Políticas Culturales. Es madre de un niño de 6 años, tiene un gato negro y ama la literatura, tanto que piensa que su vida es una ficción.