ENTREVISTA| Ileana Almeida, hija del páramo e investigadora de las culturas

Su casa está llena de libros que evidencia sus temas de estudios sobre las lenguas, los pueblos ancestrales, la cultura, la semiótica, entre otros. FOTO: Jonatan Rosas

Por Ela Zambrano

Quito, 25 de octubre de 2020.- Ileana Almeida, ambateña, profesora universitaria e importante teórica ecuatoriana, hace poquito cumplió 81 años, circunstancia que como Línea de Fuego nos sirvió de pretexto para conversar sobre su vida, sus estudios en la Rusia comunista, sus aportes a la filología andina, a la lucha de los pueblos y nacionalidades indígenas y, por supuesto, a la Revista que también está de aniversario. 

Ileana es una mujer descomplicada y sencilla, nunca ha tenido problema en compartir unos ceviches de chochos con sus estudiantes o dejar que le llevaran a su casa (a pocas cuadras de la Facultad de Comunicación en la Universidad Central) en moto. 

Nos recibió en su casa, la misma desde hace años, y esto fue lo que conversamos.  

¿Qué significa escribir para ti? 

Hay algo que facilita mi labor y es que siempre escribo sobre el mismo tema. Desde que comencé lo hago sobre los indígenas, sobre su problemática, sus lenguas y culturas oprimidas, el autoconocimiento de su historia, su pensamiento mítico y filosófico. También me gusta encontrar los brotes de interculturalidad. 

Me gusta escribir porque tengo una buena respuesta de la gente a la que mando el mensaje. Me hace feliz, por ejemplo, cuando Lucho Macas me llama Mama Ileana, cuando Yaku Pérez me escoge para presentar su libro La Resistencia, cuando los profesores de la Educación Intercultural Bilingüe me dan una condecoración, una lliclla tejida en fina lana blanca, hecha  en la comunidad de Cacha, en Chimborazo.

Me gusta escribir porque recibo respuestas de cariño y confianza, y  me pongo como tarea escribir cada vez mejor. En mis últimos textos, siempre pongo algo de los mitos, porque estos reflejan un pensamiento singular, un sentido estético y ético. 

¿Cómo empezó esta relación con el mundo indígena, ese interés y curiosidad de estar siempre investigando? 

Tengo 81 años, he ido acumulando sensaciones, impresiones, experiencias. Guardo lo que más me ha impactado. Desde niña he estado muy cerca al mundo indígena, primero porque mi papá, Estuardo Almeida Sevilla, era socialista y abogado de los salasacas, que siempre estaba litigando con los terratenientes por el agua.

Las comunidades indígenas cuidaban las fuentes de agua, pero esto no importaba a los hacendados. Yo era niña y no juzgaba con categorías académicas, pensaba lo malo que era el hacendado que no dejaba pasar el agua que cuidan con esmero los comuneros.

Luego empecé a sentir admiración por los tejidos indígenas, muchos de los cuales ahora ya ni siquiera se hacen. En el mercado de Ambato se veían maravillosos ponchos verdes, azules, rojos y morados a rayas de colores.  

Mi papá dedicaba muchas horas al partido socialista, pero a mi hermana y a mí nos llevaba a las comunidades indígenas, y ahí aprendimos a amar a la naturaleza, a sorprendernos con su magia, a ver como el color de las montañas cambiaba con la luz, a admirar al árbol quishuar. Recibimos mucho de los salasacas. Unas mujeres nos bordaron blusas con pajaritos azules. Son imágenes que las guardo muy dentro de mí.

Ese sentimiento de solidaridad y justicia que nació en mi infancia he procurado guardarlo. Siempre retorno a esa visión, me ha alumbrado para comprender los conceptos que vienen del marxismo fundamentalmente. 

Tú viajaste a Moscú a estudiar, ¿cuándo fue eso? 

Estaba en la secundaria, y entonces surgió la oportunidad de estudiar en Moscú, y me dije: -Tiene que ser algo que ayude a mi país, y empecé a estudiar leyes, pero luego vi que la Filología me podía dar más posibilidades para entrar en las ciencias sociales. El único libro que llevé conmigo fue el diccionario quichua-español/español-quichua, de Luis Cordero. La radio Moscú tenía un programa que se transmitía en quichua y el diccionario fue de gran ayuda para los especialistas y periodistas. 

¿Qué dijeron en tu casa de los planes de ir a la Rusia comunista? 

Mi mamá se opuso tenazmente (el comunismo era visto como la antesala del infierno), mi papá me dijo que yo debía decidir, pero me advirtió que la Unión Soviética tenía un régimen muy diferente y complejo, pero me explicó también que el socialismo era aún una utopía que entraña un gran anhelo de justicia social. 

Cuando llegué allí me quedé deslumbrada, había estudiantes de unos 120 países; ibas al comedor y constatabas una gran diversidad de costumbres y escuchabas muchas lenguas.

Moscú es una ciudad muy grande e interesante, su Kremlin, una fortaleza de gran valor artístico, que incluye catedrales de inspiración bizantina. Las orillas del río Moscova, la Plaza Roja, la catedral de san Basilio, el mausoleo de Lenin son muy bellos; el barrio de Arbat conserva edificaciones de mucho valor arquitectónico. 

¿Cómo vivías y qué estudiabas?

Yo vivía en un edificio que había sido una antigua academia militar, era muy agradable. Compartía una habitación muy grande con una ecuatoriana, una brasileña, una rusa, una armenia y una argentina, Marta de Diago, que como yo fue profesora en la Facultad de Comunicación de la Universidad Central; fueron mis compañeras de habitación hasta que me casé.  La brasileña ha venido a visitarme dos veces.  

En la facultad de Filología podías escoger entre periodismo, lingüística y literatura. Yo escogí lingüística, sin embargo, tome algunos seminarios de literatura rusa y de Semiótica. 


Seis años estudió Ileana en Rusia, eso le permitió dominar el idioma y a su regreso al Ecuador instaló una academia de ruso. FOTO: Jonatan Rosas

¿A qué profesor recuerdas más? 

A luri Zubritski, un etnólogo de Siberia. Había investigado en Bolivia y en Perú. En este último país recibió una condecoración por su obra Los incas-quechuas. Conocía muy bien la situación de los indígenas y sostenía que la manera correcta de plantear la cuestión indígena era desde el punto de vista del Estado Plurinacional.

¿De allí surgen tus conocimientos del Estado Plurinacional?

Así empecé a entender de otra manera la realidad indígena; comprendí que vivía en un Estado uninacional, que no tomó en cuenta a los indígenas para nada; comprendí que el Ecuador era un país diverso y que los indígenas estaban excluidos de la vida política, que les negaba su historia su nacionalidad, que no tenían los mismos derechos que los no indígenas, preteridos como ciudadanos y dominados en el Estado-nación.

¿En Rusia se estudiaba lo que era un Estado Plurinacional? 

Desde luego, a partir de que el estado soviético era un Estado Plurinacional, ahora el estado ruso es también plurinacional. Ahí empecé a imaginar cómo el Ecuador podía llegar a ser un Estado Plurinacional de pleno derecho.

¿Y el idioma… fue muy difícil? 

Al principio las clases de la carrera eran en español mientras estudiábamos el idioma ruso, hasta que un buen día nos dijeron: -Desde el lunes, las clases serán en ruso.  Al principio entendíamos lo mínimo, pero los profesores sabían lo que hacían, nos obligaron a estudiar más, ya teníamos algunas materias en ruso, y seguíamos estudiando la lengua.

Poco a poco la fuimos entendiendo y hablando mejor. Aun ahora me parece increíble cómo pude llegar a leer a Dostoievski en ruso, y a tantos otros, Púshkin, Tólstoi, Turguéniev, Gógol, Gorky, Maiakovski, Esenin, Bulgákov, del cual traduje, junto con una compañera y mi esposo, la novela El Maestro y Margarita.

Al final de la carrera, como se hace en todas partes, tuve que escoger el tema con el cual quería culminar mis estudios universitarios. Decidí hacer la tesis de grado sobre las lenguas indígenas en Ecuador. Fui al Instituto de Lingüística de la URSS, que era enorme: se investigaban las lenguas romances, germánicas, anglo-sajonas, asiáticas, africanas, etc. Me dirigí al departamento de lenguas aglutinantes, que incluían a las de los indígenas americanos y las túrquicas porque unas y otras tienen la misma estructura gramatical. 

Mi director de tesis fue Georgui  Klimov, un gran científico. Han pasado 50 años y mi tesis sobre la Clasificación genética, morfológica y areal de las lenguas indígenas en Ecuador todavía tiene vigencia, pero hay que actualizar algunas cosas.

En el proceso investigativo, que en parte lo hice acá, llegué a conocer lo que hacía el Instituto Lingüístico de Verano en la región amazónica: auspiciado por las iglesias evangélicas norteamericanas, contando con un equipo  de lingüistas de primer orden, cumplió una labor científica muy relevante, orientada a la evangelización de los pueblos amazónicos, primer paso para suplantar sus culturas y establecer las condiciones sociales para la explotación de las riquezas naturales de la zona, comenzando por el petróleo.

Al regresar quisiste transmitir los conocimientos aprendidos, y te vinculaste a la docencia… 

Abrimos una academia de ruso con una ex compañera. Mi segundo empleo fue en la embajada soviética. Tenía que enseñar la lengua española al embajador y a su esposa. Fueron unas clases idílicas. Ellos eran filólogos, especialistas en la Roma Imperial; leíamos en español las Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar y luego comentábamos los textos.

Luego empecé a dar Semiótica en la Facultad de Arquitectura en la Universidad Central. Fue muy interesante analizar la arquitectura como lenguaje, siguiendo a Umberto Eco.

Después de unos años, Alberto Maldonado, por entonces decano de la Facso, me invitó a dar Semiótica de la Cultura en la facultad de Comunicación Social. Fue una muy experiencia muy enriquecedora: impartía las clases enriqueciéndolas con sentimientos de amistad

Mientras tanto siempre estuve cerca de los indígenas; en mis horas libres estudié quichua en la Universidad Católica.  No hablo mucho la lengua, pero conozco la gramática bastante bien. Como se trata de una lengua aglutinante es muy diferente a las lenguas flexivas como el español.  

¿Cómo te acercaste al movimiento indígena? 

Estudiando el quichua conocí a los primeros dirigentes del actual movimiento indígena, quienes promovían un proyecto de Educación Intercultural Bilingüe; entre ellos  Luis Montaluisa,  Luis  Macas, Rosita Vacacela, María Chango, Agustín Jérez. En esos años, los 70’, ya existía la Ecuarunari, que estaba respaldada por el “obispo de los indios”, monseñor Leónidas Proaño. No funcionaba aún la Conaie, pero iban en aumento las organizaciones provinciales, que se establecían porque los indígenas campesinos dejaban cada vez más las haciendas.


Tras un evento en la Universidad Andina, Ileana posa acompañada de importantes líderes indígenas del Ecuador, entre ellas, Blanca Chancoso (izq) y Nina Pacari (der). FOTO: Archivo personal Ileana Almeida

¿Estuviste junto al movimiento indígena desde los inicios? 

Las luchas indígenas se han sucedido a lo largo de una historia de más de 500 años. Los indígenas nunca se han resignado a la opresión. Su lucha ha ido cambiando a través de la historia, lo prueba la gran cantidad de héroes que han dado su vida por el bienestar de su pueblo. Tomemos los últimos siglos: en 1871, Fernando Daquilema encabezó un levantamiento por los abusos del gobierno de García Moreno;  Ambrosio Lasso, en 1928, dirigió una revuelta por reclamos de tierra; en 1974, Lázaro Condo fue victimado  por orden de gamonales explotadores. 

El movimiento indígena actual comenzó a organizarse cuando se fundó la   Federación Ecuatoriana de Indios (FEI) en 1944,  con comuneros de la zona de Cayambe, apoyados por los Partido Socialista y Comunista.  Entonces surgieron líderes indígenas visionarios como Dolores Cacuango, Neptalí Urcuango y Jesús Gualavisí, que lucharon por sus territorios ancestrales. Luego de la FEI, se organizaron importantes formaciones políticas en la Sierra y en la Amazonia.

Como ya lo mencioné, invitado por el Instituto de Antropología de Otavalo, vino Iuri Zubritski, quien encontró que había un grupo de jóvenes quichuas  que defendían su cultura y su lengua. Iuri les convocó y organizó con ellos un seminario sobre el Estado Plurinacional. Me propuso que yo participara en calidad de ayudante, lo que acepté con gusto. Asistieron Ariruma Kowi, Luis Maldonado, Enma Lema, Marcelo Lema, Germán Muenala, Nina Pacari, entre otros.  Iuri les felicitó por haber empezado a reivindicar su identidad cultural, lo que posibilitaba llegar a una lucha política como la del Estado Plurinacional.

¿Qué se analizaba en el seminario?

Se analizaban las categorías de nación, nacionalidad, pueblo, Estado, nación dominante, naciones dominadas, el Estado uninacional, el Estado Plurinacional, nacionalidad y ciudadanía, es decir, categorías históricas y políticas. Al comienzo yo aceptaba sin mayores réplicas las opiniones de  Zubritski, sin embargo, dado que en el Ecuador hay varios pueblos indígenas, empecé a modificar ciertas ideas más y acabé por plantear que todos los pueblos indígenas tienen rasgos de comunidades históricas nacionales.  

El debate sobre un Estado Plurinacional ecuatoriano sigue en pie. Creo que en los análisis de ciertos académicos se ha omitido la categoría de nación dominante, nación que ha jugado el papel de Estado.

En el 2008, cuando se declaró al Ecuador Estado Plurinacional, llamé por teléfono a Iuri para darle la buena nueva, pero me contestó su hija, que me dio la mala noticia de que su padre había muerto hacía ya tres años.

El apoyo efectivo del Estado a las reivindicaciones indígenas es imprescindible, pues sin instituciones apropiadas no es posible lograr un grado justo de igualdad entre todas las comunidades nacionales.  

Qué interesante historia… ¿Entonces surge la lucha por un Estado Plurinacional en el Ecuador?

Sí. Empecé a escribir y desarrollar con cierta timidez el tema del Estado Plurinacional junto con algunos indígenas como Luis Maldonaldo.  Ahora, por lo menos, ha quedado por escrito en la Constitución. Fue un acontecimiento de una importancia enorme para los pueblos originarios y para Ecuador en general. Por desgracia, el gobierno de Rafael Correa hizo retroceder la lucha indígena. 

Hagamos un control de daños: ¿cuáles fueron todas las acciones del gobierno de Correa que perjudicaron a los indígenas?  

Quiso crear una organización paralela a la Conaie, pero los indígenas no lo permitieron. Eliminó el Codenpe, muchos dirigentes protestaron, eliminó el Prodepine, terminó con la autonomía de la Educación Intercultural Bilingüe, que tanto trabajo costó construirla. Se olvidó de garantizar la vida de las comunidades indígenas. No mantuvo su promesa de impedir la explotación petrolera en el sector de Yasuní. Felizmente, han surgido nuevos líderes, la organización es fuerte y hay muchos intelectuales indígenas que piensan en sus pueblos.

Has escrito mucho sobre los pueblos indígenas…

Sí, ojalá mis aportes les sirvan a ellos.

Uno de tus libros más reconocidos es La historia del pueblo kechua

Mi tesis resulta controversial. Cuando llegan los incas imponen el quichua y la religión solar estatal, con lo que muchos de los pueblos locales abandonaron sus antiguas tradiciones y creencias y pasaron a ser quichuas. Los sacerdotes católicos colaboraron con la suplantación; aún hoy se advierten las sustituciones porque apelaron a una evangelización fácil, impulsando la difusión del quechua como lingua franca entre todos los pueblos que iban conquistando. Sin embargo, hay que recordar la historia universal: todos los pueblos se hacen en medio de contradicciones, guerras, imposiciones, alianzas. Lo que yo destaco es que hay una línea histórica que une al pueblo quechua de los tres países andinos por excelencia, Ecuador, Perú y Bolivia.

¿Podríamos hablar de que ahora el quichua es la lingua franca de los  pueblos y nacionalidades indígenas del Ecuador, al punto que está absorbiendo a las otras? 

En la Amazonía la gente es trilingüe, hablan su propia lengua, el quichua y el español, pero por ahora se está imponiendo el quichua. Tal vez la lengua quichua refleja en forma más amplia y con más sutileza la realidad; el quichua está en contacto con el español, y el contacto entre diferentes culturas no es negativo si hay igualdad. Cuando se impone a la fuerza una cultura, tarde o temprano se revelan los fatales resultados que acarrea: explotación, miseria, menosprecio, complejo de inferioridad nacional.


Foto 1: Ileana junto a su esposo, Lenin Oña, en contraste con un cuadro pintado por un amigo y estudiante, Agustín Patiño. Foto 2: Junto a Lenín e Ileana, se encuentra Olivia Cueva, compañera en la casa por muchos años. FOTOS: Jonatan Rosas

¿Cómo ves el futuro de las lenguas ancestrales? 

Es una cuestión sobre todo política, pero también juega mucho el factor económico y tecnológico. Se sabe que muchas lenguas van a desaparecer, aún algunas que parecería imposible que desaparezcan, como el francés, por ejemplo. Quedarán, por diferentes motivos, el español, el chino, el inglés. Frente a esto, las lenguas indígenas son débiles, cumplen con funciones muy limitadas, en el trabajo, en la casa. No se las emplea por completo ni en la educación. ¿Quién vela por las lenguas indígenas? 

¿De quién es la responsabilidad? 

El Estado debe interesarse, ante todo. Para salvar las lenguas se necesitan instituciones especiales, un Consejo académico que las investigue y que las promueva. Se deben crear nuevos términos y  normar sus niveles. Pero no todo está perdido, los propios indígenas empiezan a escribir en sus propias lenguas. Se escribe por lo pronto poesía, pero también hay tesis de grado escritas en lenguas indígenas. A mi ex alumna Yana Lema le publicaron sus poemas en Francia, en edición trilingüe. 

¿Es posible imaginar un futuro? Los candidatos no tienen respuesta para este complicado asunto.

Los gobiernos, en general, no se interesan por la  cuestión indígena, pero quizás suceda un milagro. Pesa mucho en la ideología, en la costumbre, en la tradición,  invisibilizar a los pueblos indígenas. Ejemplos: Correa les tildó de emponchados y emplumados.  Nebot dijo que los indígenas se vayan a sus páramos. Moreno piensa que no hay que pedir permiso para entrar en sus territorios. Se olvida que la seguridad alimentaria no sería posible sin la producción de las comunidades indígenas.  

El movimiento indígena siempre ha sido la piedra en el zapato para el poder, todos los gobernantes han querido debilitarlo desde Lucio Gutiérrez hasta Correa y Moreno, que han hecho todo lo posible para debilitarlos, dividirlos, comprarlos. 

Ni siquiera la izquierda tiene clara la cuestión indígena aunque el carácter uninacional del Estado es también un resultado de la lucha de clases, si se ve desde el punto de vista histórico. El Ecuador sin indígenas sería muy simple culturalmente, se vería sin colorido, sin esencia profunda, sería aburrido.  Hay que salvar a todos los pueblos, de todos podemos aprender.

¿Qué has podido analizar durante este confinamiento por la pandemia?

Ha significado un tiempo en que se han puesto de relieve todas las contradicciones sociales, económicas, culturales.  Para los indígenas ha sido muy grave. Hay muchos que viviendo en la Costa han buscado refugio en las comunidades; caminando días enteros, muchos se han infectado y reciben poca atención. En la Amazonía se expande rápidamente el covid 19 y la Amazonía siempre ha sido muy frágil, sus organismos no tienen defensas para los virus extraños a su hábitat. 

¿Octubre del 2019…? 

El levantamiento de octubre del 2019 se hizo con el auspicio evidente del correismo. Se preparó con anticipación. Hubo algunas cosas curiosas. Me impresionó sobre todo que luego del “levantamiento”  hubo una reunión del Consejo de pueblos indígenas. Yo pensaba ver a los líderes indígenas, en el escenario, pero no fue así. Había muchos correistas, entre estos reconocí a algunos de mis antiguos estudiantes, que ya por entonces (2010-2013) eran “mariateguistas”. Alguien me contó que los “mariateguistas” apoyaban a Correa y a sus consabidos partidarios. Me disgustó porque Correa hizo mucho daño al movimiento Indígena. 

¿Qué evidencias hay para afirmar este punto? 

Cuando yo vi que venían los indígenas de Cotopaxi en unos carros extraños, con enormes bóvedas metálicas, pintadas de blanco, casi sin ventanas, apenas con respiraderos, solo con la bandera del Ecuador y sin la huipala, me dije, esto no es un levantamiento indígena, es una asonada al estilo criollo. Traían una consigna que no respondía a las necesidades de los pueblos originarios: sacar a Moreno del poder.       

¿No fue un levantamiento popular?

Dijeron que era en contra de las medidas neoliberales, pero se notaba que había  sido preparado con muchos días o semanas de antelación. ¿Quién financió esos medios de transporte, quién corrió con los otros gastos  de la movilización? Al levantamiento se sumaron  ciertos sectores sociales, con la idea de que hay que apoyar la movilización popular para  contrarrestar al neoliberalismo. Eso fue paralelo. 

¿En octubre se vuelve una figura nacional Leónidas Iza? 

El joven Iza es muy inteligente, esperemos que recapacite 

¿Conaie o Pachakutik? 

Pachakutik no es una expresión de lo indígena. Pero, esta vez estoy con Pachakutik, porque la actual dirigencia de la Conaie se volvió correísta. Para mí, en octubre del 2019 hubo una protesta paralela. Me tocó pasar cerca de una carpintería donde se preparaban palos y escudos para la ocasión, como lo reconoció un joven ayudante del taller. 

Se cae el mito de octubre…

Sin duda hubo también una reacción de personas que creyeron sinceramente que se trataba de un levantamiento popular.

¿Tu candidato?

Yaku Pérez: si no se defiende el agua, Cuenca corre el peligro de una sequía permanente. Si no se contrarresta el racismo seguiremos viéndonos “blancos”; si no se impulsa la producción agropecuaria tendremos tremendos problemas económicos y sociales.

¿Cómo te sientes ahora que acabas de cumplir 81 años? 

Me siento joven. Te parecerá extraño,  pero me siento joven. Puedo  escribir, dar entrevistas, puedo amar, ser abuela, madre, amiga. Me llegará el día y hasta que eso ocurra, seguiré luchando y sintiéndome joven. 

¿Cómo celebraste tu cumpleaños?

En familia, con mi esposo, Lenin Oña, arquitecto y crítico de arte; mi hijo Diego, catedrático universitario, que nació en Moscú, cuando éramos estudiantes; su esposa, Adela De Labastida, directora y actriz de teatro; y, mis dos nietos, Joaquín y Adrián.

Me siento joven. Puedo  escribir, dar entrevistas, puedo amar, ser abuela, madre, amiga. Me llegará el día y hasta que eso ocurra, seguiré luchando y sintiéndome joven. 


El 29 de septiembre, Ileana Almeida, cumplió 81 años, a lo largo de estos años sus estudios y publicaciones son abundantes. FOTO: Jonatan Rosas

La Línea de Fuego

¿Cuáles fueron los motivos que te llevaron a colaborar en La Línea de Fuego?

Ya son algunos años que escribo para Línea de Fuego y conozco muy bien sus principios: la verdad y la justicia, y, claro, estoy de acuerdo con ellos. El  nombre de esta revista digital no es solo una metáfora retórica, su contenido es directo: iluminar las conciencias de las personas, el pensamiento, y el corazón.

Trato de escribir algunas cosas desde la emotividad. Me parece que es importante invitar a sentir, a deplorar, a entristecerse con los grandes problemas que tiene el país, la pobreza, la desigualdad social y económica, evidenciadas durante el tiempo de la pandemia del virus covid-19.  

La Línea publica artículos que instruyen, ensayos y crónicas sin ningún reparo. La revista ha tenido gestos solidarios con mis textos. Hay que alegrarse de que cumpla 10 años, está muy viva a pesar de todos los problemas económicos y pequeñas fallas humanas; sigue siendo fiel a sus objetivos y altos ideales.

¿Cuál crees que son las obligaciones de Línea de Fuego?

Ante todo, seguir siendo un centro profundamente democrático, quizás abrirse a las generaciones más jóvenes, cuya visión es ecologista en el amplio sentido. Ya los jóvenes piensan diferente sobre la vida y el estancamiento social. 

¿Recuerdas cómo llegaste a Línea de Fuego? 

Me parece que fue Jorge León quien me habló de Línea de Fuego. Desde el primer artículo que envié, me conecté con la revista, después fui conociendo a su equipo e hicimos una amistad sincera.

Las y los amigos y la familia