Degenerar el lenguaje hasta las vísceras de la historia

Por Natalia Enríquez*


Tapa y contratapa: Ariana Harwicz (Buenos Aires, 1977), ha publicado: Matate amor (2012); La débil mental (2014); Precoz (2015); Degenerado (2019).


“Un proceso judicial que muestra a un hombre enfrentado a toda una sociedad, acusado de pedofilia quien decide pelear hasta el final”. Así reza la colorida banda de presentación del libro en contraste con la portada de una liebre desgarrada y en gesto vital de salto; guiño seductor, pues el libro toma varios riesgos. Es una historia contada desde otro lado, no el de la oficialidad, ni el de la legalidad; desde el inicio hay este gesto irreverente de la autora, con tres pilares que sostienen su carácter más literario y transgresor.

1.- El inconsciente: la voz que narra es el personaje principal, el supuesto pedófilo, este hombre de mediana edad, promedio, clase media, informado, culto, en fin un hombre de cualquier tiempo. Trabajado como la muestra más exacta y pulida de la sociedad capitalista, habla casi en un ejercicio de soliloquio, ritmo y velocidad como meterse en la cabeza del personaje para intentar leer sus pensamientos, mezclados con recuerdos, sueños y reflexiones; pensado para entenderlo así, como una escritura del inconsciente.

2.- Sin moral: no hay una postura del deber ser frente a una historia de esa magnitud y sensibilidad además muy actual, la posición del personaje no es de víctima, tampoco de victimario, es una suerte de diálogo consigo mismo, con el tribunal y como si todo el mundo lo escuchase; es un personaje honesto y brutal, no sabemos si culpable o no. A la final ni a la autora ni al lector les interesa tal certeza. La historia está en la atmósfera narrada con precisión.

3.- La incomodidad: no solo porque también es un tema coyuntural e incluso muy vendible visto desde la industria editorial; sino porque la incomodidad corroe lentamente en la manera en que la escritura se imbrica con la historia, tanto que interpela al lector, al ser humano y a la sociedad. Es confesión, disculpa y defensa. Poco importa cuál sea la etiqueta de su discurso, sino aquello que encierra; una historia abyecta que se resuelve con el lenguaje mismo, no como instrumento sino como unidad. 

El tema funciona como pretexto para desarmar un sistema de límites y conceptos naturalizados alrededor de asuntos como: el amor, el deseo, el sexo, la familia, la educación. Es decir devela una estructura social desigual y machista. A la vez que construye la subjetividad del personaje, termina descosiendo la colectividad, para encontrar que los hilos del personaje, fuertemente arraigados en la sociedad, en lo colectivo, en la familia y en el amor materno incluso, y de, sobremanera, en su relación con los padres revelan la complejidad con que se es uno mismo y uno más.


Ariana Harwicz (Buenos Aires, 1971). Foto: Anagrama

“Entonces sí, cuando muere la última persona que nos controla, quedar totalmente librado a mi suerte, tan solo como esos decrépitos que vemos tardar horas en bajar un escalón, tan solos como esos perros en la autopista, como la viuda un sábado vaciando los armarios. Libres de toda inspección, de toda sospecha, de todo interrogatorio, de toda domesticación. Mirar un atardecer en la arena, agarrar un puñado y dejarla escurrirse en los dedos, ya todos enterrados, empezar a vivir”.

Esta autora argentina radicada en París, busca mostrar desde el mismo lenguaje, y en momentos desde el monólogo, los intersticios o pasajes oscuros de la naturaleza humana, e indagar con fruición los tópicos recurrentes en sus anteriores libros: el devenir sujeto a partir de lazos afectivos con familiares, parejas, entre madre-hija, o la mujer-madre frente a ella misma.

Trabajado como la muestra más exacta y pulida de la sociedad capitalista, habla casi en un ejercicio de soliloquio, ritmo y velocidad como meterse en la cabeza del personaje para intentar leer sus pensamientos, mezclados con recuerdos, sueños y reflexiones; pensado para entenderlo así, como una escritura del inconsciente.

*Natalia Enríquez es comunicadora social, máster en Estudios de la Cultura – Políticas Culturales. Es madre de un niño de 6 años, tiene un gato negro y ama la literatura, tanto que piensa que su vida es una ficción.