Jaime Guevara: “Ni en los tiempos de Febres Cordero se vivió una represión como la de Octubre”

Un momento de reflexión: el Chamo Guevara ordena sus ideas durante la entrevista con La Línea de Fuego. FOTO: Jonatan Rosas

Por Jorge Basilago*

La puerta está abierta en espera de los visitantes. A simple vista, el ordenado espacio interior no parece la vivienda de un músico de rock: cada libro en su lugar, posters con bastidores y colgados prolijamente… La delgada figura de Jaime Guevara asoma de pronto, como para confirmar que sí es su casa. Detrás de la obligada mascarilla, su boina negra y su cabello larguísimo saludan con una reverencia a distancia prudencial, como marcan estos tiempos pandémicos.

“Tenía el pelo más tupido, pero en octubre me lo jodieron, igual que el ojo derecho”, relata sin preámbulos, bien predispuesto para la entrevista con La Línea de Fuego. “Nos acorralaron en la caseta del parque El Arbolito y nos dieron bomba en ese recinto cerrado. Se perdió todo escrúpulo: en mis años de militante de la guitarra nunca he visto tal represión, ni siquiera en los tiempos de la bestia de (León) Febres Cordero”, agrega. 

Habla, por supuesto, de lo que vio y vivió durante el violento accionar estatal de octubre de 2019; y lo compara con otras situaciones similares de los últimos 50 años, de las que también fue testigo, protagonista y narrador –guitarra en mano- al mismo tiempo. Rememora alegrías y desilusiones. Se entusiasma con el renacer de la rebeldía popular, en igual medida que descree de las soluciones políticas partidarias. Canta y cuenta, que de eso se tratan su vida y su arte.

Lo que va de abril a Octubre

Una vez dentro, la casa muestra la esencia de quien la habita: hay un horno de microondas anárquico –que se enciende al abrir la puerta y se apaga al cerrarla- y un letrero que reza “deposite su voto aquí” en el ingreso al cuarto de baño. Una estatuilla algo “quijotesca” del entrevistado saluda con un yucazo conocido. “También tengo una guitarra que estuvo presa”, cuenta el Chamo. “Me llevaron con todo e instrumento en una manifestación; a mí me liberaron en dos días pero a la guitarra me la devolvieron, rota, tres meses después”, evoca.

Jaime.- Para mucha gente, la rebelión de octubre de 2019 ha sido un punto de quiebre. ¿Cuál fue tu primer “Octubre” y qué recuerdos te trae?

Mi primer octubre fue un abril, en el 78, durante la dictadura del Triunvirato Militar. Tengo una canción que habla de eso, llamada Crónicas de abril. Yo vivía por entonces en San Antonio de Pichincha: un amigo argentino, trotskista, me fue a buscar y me contó que había movilizaciones por Toctiuco, porque habían subido 40 centavos el pasaje de bus. A eso le llamaron “la guerra de los cuatro reales”. Cuando mi amigo me dijo que cogiera la guitarra y nos fuéramos para allá, yo pensé: “¿Qué voy a hacer con la guitarra en una marcha de no sé qué?”. No tenía idea de esas cosas, nunca había cantado en una barricada. 

Ese fue mi bautizo como cantor dentro de semejantes broncas, parado en un escenario y diciendo mis cosas acerca de la dictadura y de los milicos. Por entonces, la bronca callejera tenía un aire pintoresco: mientras acá jugaban vóley, por allá estaba la señora de las tripas vendiendo lo suyo y al frente los muchachos combatiendo. También te encontrabas cuadros singulares como mujeres que vendían “¡Chicles, tabacos! (baja la voz)… Tengo piedras para lanzar, a real la piedra” (risas). De ahí venían los chapas, pero las corridas de la gente eran al llegar los milicos.

¿Cómo ves la evolución de los métodos represivos desde entonces?

R: Han aprendido bastante en cuanto a selección y entrenamiento de personal. Antes los policías eran pequeñones, esmirriados, de unos 40 o 50 años y con poco armamento en comparación a lo que vino después. En esa época te corrían con los caballos y te daban con el sable, como mucho. 

Ahora tienen gente joven, corpulenta y les han dotado de equipo y uniformes bien fuertes: les llega una bomba molotov y se la sacuden fácil. Por otra parte ya está listo alguien con extinguidor, que borra las llamas para seguir en la cuestión. Y cuando se lanzan, lo hacen con una furia y una saña que no se había visto siquiera en las dictaduras de los 60 ni en la época de Febres Cordero, cuando ya se legalizó frontalmente la práctica de la tortura, la desaparición y el uso de armas.

En realidad siempre hubo bastante represión, en todos los gobiernos. Pero desde el régimen anterior –el de León Febres Correa (risas), que supuestamente era progresista- hasta este de Lenín Moreno, se alcanzaron a niveles imposibles. Como aquello de plantar francotiradores en los techos de los edificios para arrancarle los ojos a las personas: en su mayor parte, el ojo reventado era el derecho. Y, pasado el tiempo, hemos visto eso en Chile también, ¿no? No fue casualidad: hay cualquier cantidad de videos que lo confirman.

Creación a ras de sueño. Jaime suele componer en su cama, como en esta imagen. FOTO: Jonatan Rosas

¿Y qué ha pasado con las formas de movilización y manifestación popular?

R: Hemos cambiado también. La gente ahora no está dispuesta a que la aplasten tan fácilmente: quiere salir y de alguna forma se une, hay empatías que aparecen por ahí… como los indígenas, que desde siempre tienen esa forma de actuar en comunidad. Eso está surgiendo también en las ciudades. 

El opresor de turno ha sabido ayudarse de los regionalismos, que en Ecuador son un signo de muerte porque dificultan la unidad entre los oprimidos de la Sierra y de la Costa. Salvo en las ocasiones en que sí se ha dado, como en las huelgas nacionales durante el gobierno de Oswaldo Hurtado y ahora.

Sin embargo, aunque la participación indígena le dio un carácter más potente y masivo a lo de Octubre, a su alrededor no se articuló un gran movimiento nacional con organizaciones urbanas, mestizas u obreras. ¿Cuál es tu lectura de eso?

R: ¿Sabes por qué no los acompañaron? (Finge apuntar y disparar un fusil con sus manos) ¡Patapapúm-paf-púm! (risas). Por eso, porque nadie quiere que lo repriman. Y, por contraste, está la forma de pensar de muchas personas, generalmente mestizas y quiteñísimas, que hasta ahora siguen indignadas por “lo que los indígenas le hicieron a nuestro Quito”. Como diciendo “los indios, cosa aparte”. 

Los trabajadores podrían hacer una diferencia en ese sentido, pero retomando la organización que había antes, cuando el FUT (Frente Unitario de Trabajadores) era realmente temido por los gobiernos. Cuando se decretaba una huelga y se sabía que era algo sólido a nivel nacional.

La gente ahora no está dispuesta a que la aplasten tan fácilmente: quiere salir y de alguna forma se une, hay empatías que aparecen por ahí… como los indígenas, que desde siempre tienen esa forma de actuar en comunidad. Eso está surgiendo también en las ciudades.

-Jaime Guevara, trovarockero ecuatoriano.

Arte y militancia

Como tantas otras veces, en octubre del año pasado, Jaime Guevara estuvo en las calles, comprometido con las manifestaciones en oposición a la política económica y represiva del gobierno: “Hay que ser descarados para llamar ‘Ley Humanitaria’ a ese paquetazo que presentaron”, cuestiona. Pero, a la vez, celebra el compromiso que mostraron muchas otras mujeres y hombres del sector artístico durante las jornadas de lucha.

P: ¿Cómo viviste la participación de los artistas –individual y colectivamente- en el Paro Nacional de 2019?

R: Vi grupos de muchachos tocando tambores, no en el sentido de “toco tal marcha” sino como algo más organizado, con su ritmo y su consigna… eso me impactó bastante. También hubo amigos teatreros que llevaron disfraces alegóricos a las intenciones del gobierno; recuerdo por ahí a un personaje que se había disfrazado de Fondo Monetario Internacional (risas), y desde atrás lo perseguían para herirlo. Vi gente de danza que bailaba mientras los tambores hacían lo suyo. Y los compañeros indígenas fueron también con sus propios músicos. Yo me llevé un tambor y una guitarra, el primero es ideal para las marchas; y, la guitarra para los plantones, las paradas… Pero esta vez no se dio la llegada, como en esas marchas que derivan en un plantón; en general, a la gente no se le permitió expresarse de ninguna manera: nos expresamos a la brava, a contracorriente.

P: Así como muchos artistas confirmaron su militancia personal, en aquellos días, hubo quienes señalaron que faltó una presencia más orgánica. ¿Cuál es tu opinión sobre eso?

R: Los artistas siempre intentamos unirnos en determinadas agrupaciones, y a veces lo hemos conseguido. Al filo del año 78 me sumé a un colectivo llamado Artistas Inéditos Criollos (AIC), que derivó en La Pedrada Zurda, todavía vigente. En los años 80 estuvimos muy involucrados en las luchas sociales con la Coordinadora de Artistas Populares (CAP), y también fueron muy activos los grupos académicos y artísticos de distintas disciplinas.

Ahora tengo el gran gusto de colaborar con un grupo de jóvenes en un proyecto llamado Voces de Libertad. Es una agrupación grande, que se expresa al mismo tiempo artística y políticamente. Estos chicos le ponen a todo una garra y un ají que te hace vibrar. Verles a ellos, lanzados, arriesgando la vida por los trabajadores autónomos de la calle, es emocionante.

P: ¿Compusiste canciones sobre aquellos momentos, o sobre la coyuntura ecuatoriana actual? 

R: Hay algunos fetos –como llamo a las maquetas primarias de mis canciones- por ahí. En octubre me tocó incluso improvisar coplas al instante, en torno de los francotiradores, de toda la gente herida… A los que cantamos de esta forma más directa se nos llama panfletarios, como si fuese un pecado, pero yo tengo el gusto de haberlo cometido un montón de veces. En octubre vi demasiada sangre, vi cantidades de abusos y vi cosas que no quiero volver a ver en nuestra tierra, ni en general en el planeta. Por eso canto contra ellas.

Un rugido contra las injusticias. La voz del “trovarockero”, siempre del lado correcto de las barricadas. FOTO: Jonatan Rosas

De aquí y de todas partes

La mención del Ecuador y el mundo que lo rodea, revela la inquietud del “trovarockero” –denominación que prefiere antes que la de cantautor- por cuanto viven y padecen los pueblos de aquí y de todas partes. “No creo que la gente esté esperando en absoluto mi opinión sobre un tema puntual, pero siempre me gusta tomarle el pulso a lo que sienten los oprimidos”, subraya.

P: ¿Cómo ves lo que sucedió alrededor de las elecciones en Bolivia y Estados Unidos?

R: Ojo, que el tipo que ganó en Bolivia ya advirtió que a Evo Morales lo tiene de lejitos, por favor. Eso me suena a Morenazo, loco (risas). Porque además tiene a la OEA vigilándolo de cerca: “¿Quieres gobernar mismo?” (más risas).

En cambio, en Estados Unidos, la cosa siempre se resuelve entre dos partidos. Naturalmente los republicanos han tenido fama de ser más duros, lo que no significa que los demócratas sean unos ángeles. Pero, por supuesto, prefiero que no gane Donald Trump, porque lo suyo es fascismo abierto, con un discurso antiinmigrante, racista, totalmente oprobioso contra los pueblos.

P: ¿Cuál fue la utilidad política de la pandemia, para aplacar esa furia popular?

R: Es una realidad que existe la enfermedad aunque hay quienes, extremando las cosas, dicen que es una confabulación de los illuminati o los reptilianos (risas). Pero fue totalmente funcional: la covid, a estos tipos, les cayó redonda. Les sirvió de pretexto para despedir gente, cerrar muchos negocios… si no llegaba la pandemia, a este gobierno lo botaban antes de terminar.

P: ¿Y qué expectativas te despiertan las próximas elecciones en Ecuador?

R: Yo me defino como anarquista, o más precisamente como anarco-comunista, aunque debo admitir que tengo cierta empatía y he cantado para todas las organizaciones de la izquierda ecuatoriana. Pero expectativas, por el lado positivo, no tengo ninguna. Mis esperanzas pasan por la organización del pueblo, de la gente, como pasó aquí y en otras partes del mundo. 

Siento que se está recogiendo una bronca multitudinaria de quienes han sido despedidos, de quienes tratan de trabajar en algo y les caen a palazos para quitarles sus pocas vituallas. Creo que toda esa bronca un día va a confluir en esa energía de la rebeldía, para luchar en contra de los opresores. Por ahí van mis expectativas, no por el señorito X o el señorito Y.

“En Ecuador no hay reunión sin cafecito”, ofrece Jaime Guevara mientras se aproxima la despedida. Cuando su puerta vuelve a cerrarse, han pasado seis horas de charla. En el exterior, Quito luce solitario, frío y oscuro como la noche. En el silencio forzado por la cuarentena parece sonar Señor prohibicionista

En octubre vi demasiada sangre, vi cantidades de abusos y vi cosas que no quiero volver a ver en nuestra tierra, ni en general en el planeta. Por eso canto contra ellas..

-Jaime Guevara, trovarockero ecuatoriano.

*Jorge Basilago, periodista y escritor. Ha publicado en varios medios del Ecuador y la región. Coautor de los libros “A la orilla del silencio (Vida y obra de Osiris Rodríguez Castillos-2015)” y “Grillo constante (Historia y vigencia de la poesía musicalizada de Mario Benedetti-2018)”.