ESPECIAL| Murales rebeldes y la disputa de espacios en la memoria colectiva

Por Jorge Basilago*

El humo se aplacó junto con las protestas de Octubre. Las mingas limpiaron calles y (bien dispuestas pero involuntariamente cómplices) borraron huellas. Cada roca de Quito volvió a su lugar, para alivio de ciertos “nervios patrimoniales” inflamados. El descontento masivo y creciente fue cubierto por un oportuno telón pandémico. 

Pero muchas alambradas, reales y simbólicas, siguen allí. Las vidas y ojos arrancados asedian a sus verdugos, y las voces acalladas aún buscan la forma de hacerse oír. Gargantas de roca y pintura gritan con ellas desde los muros. Persisten en la voluntad común de recordar lo que no debe ser olvidado. Resisten. Cuestionan.

La larga tradición del muralismo latinoamericano renueva su fuerza en distintos rincones de Quito. Y lo hace, como tantas otras veces, en momentos en que la agitación social y las injusticias reclaman una expresión directa y accesible. Según ha escrito Jacques Rancière, en tales circunstancias las imágenes del arte contribuyen “a diseñar configuraciones nuevas de lo visible, de lo decible y de lo pensable y, por eso mismo, un paisaje nuevo de lo posible”.

A partir del diálogo con la iconografía de antiguas luchas, los murales de hoy evocan el Paro de Octubre-2019 pero también avizoran un horizonte con batallas pendientes. Así la equidad de género, el respeto a las diversidades sexuales, los afrodescendientes y los pueblos originarios, reciben un tratamiento gráfico que en ocasiones remite a la Revolución Rusa o la Guerra Civil Española, entre otros hechos históricos. 

“Cuando se utilizan, se apropian o incluso se cuestionan estas representaciones del pasado, lo que se está interpelando son nuestras formas de recordar. Más allá de la materialidad de la imagen, disputamos los imaginarios culturales que sostienen esa representación”, razona la crítica e historiadora del arte Ana Rosa Valdez, curadora del proyecto Primera Línea e integrante del comité de selección que gestionó el mural Kaypimi Kanchik (Aquí estamos) en la sede de la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador, Conaie.

Intervención, resistencia, propuesta

Las formas de intervenir artísticamente sobre el espacio público, no solo definen nuestro modo de habitarlo y de convivir con las demás personas que lo comparten. En este sentido, el muralismo rompe además con la supuesta “sacralidad” de la obra y pone al artista en diálogo directo con el tejido social: las múltiples miradas y posibles respuestas, estampadas sobre sus trazos, cuestionan y hasta llegan a modificar su planteo original. 

“De alguna manera, nos pertenece el hecho de ocupar esos espacios, pero no el decidir ni imponer sobre ellos: podemos proponer ciertos murales o cuestiones que queremos que sucedan allí, pero no regular o mediar las formas de intervenirlos. Una vez que el mural está pintado, ya no es nuestro”, reflexiona Sofía Acosta, una de las artistas responsables de Kaypimi Kanchik, junto con David Sur.

Claro que esa posibilidad se torna más compleja en una creación comisionada. En principio, porque la línea discursiva no dependió solo de los autores sino del consenso entre estos, las organizaciones convocantes –Conaie y Land is Life, que posibilitó la producción del mural- y el comité de selección que fijó las pautas conceptuales para realizarlo: darle fuerza a la lucha y resistencia histórica del movimiento indígena; hacer una mínima referencia a Octubre; representar a las diversas nacionalidades y pueblos originarios del Ecuador; y, utilizar elementos simbólicos como la chakana (cruz andina) y el bastón de mando, entre otros.

El comité de selección que estableció las pautas para el mural Kaypimi Kanchik estuvo integrado por Ana Rosa Valdez, Apawki Castro (dirigente de comunicación de Conaie) y el artivista Leo Cerda. Foto: Archivo de los artistas.

“En nuestra primera reunión con Sofía, pasamos dos horas cuestionándonos por qué nos habían elegido para representar pueblos indígenas siendo nosotros mestizos; porque desde ahí ya se define un punto de vista externo”, recuerda Sur, quien ha compartido varios proyectos con Acosta. “Por eso planteamos la necesidad de incluir también a estudiantes o sectores de población urbana, además de evitar esa idea estetizante de que los indígenas siempre deben ser representados con sus trajes tradicionales”, agrega la artista.

A partir de aquel diálogo se modificaron algunos elementos y aparecieron otros que no figuraban en el boceto original. Dos de los cambios más notorios fueron la incorporación de la bandera de las diversidades sexuales –rasgo todavía poco representado en la iconografía de las movilizaciones sociales actuales- y el bastón de mando de la Conaie, que por primera vez en la historia aparece en manos de una mujer. 

“Hay una marcada presencia femenina en el mural y fuimos muy conscientes de eso; pero más allá de una representación pasiva, queríamos que hubiera una acción fuerte: por eso aparece el personaje de la mujer con el megáfono, que revierte el rol habitual del hombre que habla por todos”, revela Acosta, quien sin embargo alerta sobre el machismo y sexismo aún vigentes, no solo en la sociedad ecuatoriana sino también en el mundo del arte urbano.

Video de como se fue realizando el mural en los exteriores de la sede de la Conaie en Quito. La narración de fondo es la voz del dirigente de Cotopaxi, Leonidas Iza.

Realizado en diez intensas jornadas –con el apoyo de amigos y familiares que incluso registraron en video todo el proceso-, el mural de Acosta y Sur se inauguró el 12 de Octubre, como parte de los actos de memoria activa por el Paro Nacional de 2019. “La obra plantea dos grandes marchas que confluyen hacia la puerta de entrada de la Conaie, donde está la chakana; no tiene símbolos específicos de la movilización del año pasado, pero el contexto en el que fue pintada hace que la memoria colectiva los asocie enseguida con ella”, concluye Sur.

“Hay una marcada presencia femenina en el mural y fuimos muy conscientes de eso; pero más allá de una representación pasiva, queríamos que hubiera una acción fuerte: por eso aparece el personaje de la mujer con el megáfono, que revierte el rol habitual del hombre que habla por todos”

–Sofía Acosta, artista del mural Kaypimi Kanchik

Técnica milenaria, solidaridad y lucha

Otra de las características notables de los murales, es que suelen impulsar modificaciones en su entorno más inmediato. Así como Kaypimi Kanchik le dio “voz” a un muro en blanco, para evitar pintadas agresivas o discriminatorias hacia el movimiento indígena, el proyecto colectivo 883 impulsó la recuperación de un espacio descuidado en la Facultad de Artes de la Universidad Central del Ecuador (FAUCE).

“El ingreso posterior a la FAUCE estaba inhabilitado, pero gracias a la colocación del mural restauramos ese sector, lo pintamos, le pusimos esculturas y se lo rebautizó como Plaza de la Memoria”, sostiene Mónica Ayala, subdecana de la facultad y una de las docentes a cargo del proyecto, realizado mediante la milenaria técnica del mosaico cerámico.

Habitualmente, los estudiantes de sexto semestre de la FAUCE deben elaborar un mural como trabajo final para la asignatura Cerámica IV. Pero en octubre de 2019, los ecos de la rebelión popular impactaron de tal forma en las inquietudes y debates del grupo de jóvenes –muchos de los cuales participaron en las marchas y en tareas humanitarias dentro de la sede académica-, que acabaron convirtiéndose en la temática elegida para esa actividad: “Se formaron cuatro grupos, que presentaron sus propuestas teóricas y gráficas sobre lo que consideraban importante conservar como memoria histórica de esos acontecimientos”, detalla la entrevistada.

Con la coordinación de los profesores Mónica Ayala y Víctor Purcachi, la clase completa encaró el desarrollo del diseño seleccionado. Se trata de un collage de imágenes que representan la solidaridad con las comunidades indígenas, con énfasis en la zona de paz que se constituyó en la FAUCE. Los protagonistas, de rostros y rasgos anónimos pero reconocibles –mujeres, trabajadores de la salud, afroecuatorianos-, subrayan la lucha de todo un pueblo por medio de la labor artística de algunos de sus miembros.    

“También reflexionamos mucho acerca de la importancia de la participación femenina en las manifestaciones, en especial de las mujeres indígenas pero también de las madres de familia, las campesinas y muchas otras que apoyaron o formaron parte de las marchas y están reflejadas en nuestro mosaico”, indica Ayala.

Si bien la idea original era que 883 fuese instalado en algún sector de la ciudad representativo de la rebelión de Octubre, como el Parque El Arbolito, ese objetivo no pudo concretarse por la imposibilidad de conseguir los permisos correspondientes. Con la autorización para ubicarlo en la sede de la facultad, que permitió revitalizar el área elegida, quedó claro que la revisión del pasado también contribuye a organizar el presente y el futuro.  

Junto a la obra principal –develada en febrero de este año, durante la XI Semana del Arte de la FAUCE, se montó asimismo un trabajo complementario titulado Somos el texto, elaborado con elementos recogidos de las calles quiteñas luego de las protestas. “Hubo un gran compromiso de todos los estudiantes para generar este conjunto mural, que nos demandó mucho trabajo y representa la memoria histórica de un hecho muy importante para el país”, enfatiza Ayala.

“Somos el texto” recupera elementos que cuentan “otra parte” de las marchas de Octubre. Fue realizado por los estudiantes Ney Ludeña, Esteban Alvarado y Alex Rogel, con la coordinación docente de Edison Vaca y Luis Montenegro. Foto: Archivo Mónica Ayala.

  

                     

Memoria y arte, para morir un poco menos

En tiempos de posverdad, mientras los hechos se estiran y retuercen para forzarlos a encajar en un discurso determinado, solo la muerte sigue tan rotunda y poco tergiversable como siempre. Marco Oto fue una víctima de la ciega represión de Octubre, pero su familia y un grupo de militantes sociales mantienen vivo su recuerdo en el barrio de San Roque, con una biblioteca popular que lleva su nombre. 

Un mural para resistir y evocar la rebelión de Octubre. Segunda y tercero desde la izquierda: Himelda Rivera (madre de Marco Oto) y Darío Caiza (autor del mural). Foto: Archivo Darío Caiza.

“Cuando conocí a las personas que organizaron esa iniciativa, y a la madre de Marco –que sigue en la lucha a pesar de todas las trabas que le ponen a su reclamo de justicia-, me pareció muy importante colaborar con ellos para convertir un espacio estéril en una biblioteca, donde el arte y la cultura se vuelvan actos de resistencia”, analiza Darío Caiza, autor de una pintura que respalda esa convicción desde uno de los muros interiores del lugar.

Un mural para resistir y evocar la rebelión de Octubre. Segunda y tercero desde la izquierda: Himelda Rivera (madre de Marco Oto) y Darío Caiza (autor del mural). Foto: Archivo Darío Caiza.

Según Caiza, el muralismo o el cartelismo –técnicas de alto impacto visual y accesibles a todo público- cobran una mayor relevancia a partir de sucesos como los de Octubre: “La forma tan rápida y violenta en que se suceden los hechos, en esos casos, da lugar a expresiones artísticas que se puedan desarrollar también en poco tiempo”, opina, para agregar que “el campo de la memoria está en disputa, y muchos artistas somos conscientes de la necesidad de generar un discurso alternativo a la visión oficial”.

De hecho, el caso de Marco Oto y de las demás víctimas mortales del paro, se encuadra dentro de la estrategia dual de negación-criminalización utilizada por el gobierno. Cuando la fase “no lo mató la represión” pierde efectividad, se activa el recurso de transformar a los asesinados en peligrosos delincuentes que merecían ese destino. “Ya no estamos para ese tipo de discursos politiqueros, de sesgo cristiano, ‘blanco’, burgués y heteropatriarcal: soy de una generación que se resiste a eso y lo cuestiona, en mi caso mediante este tipo de gráficas muy directas y asertivas”, relata Caiza.

El conjunto del militante urbano respaldado por la chakana, busca expresar el sincretismo entre el campo y la ciudad que se dio en la revuelta de Octubre de 2019. Foto: Archivo Darío Caiza.

Para concluir el mural en la Biblioteca Popular Marco Oto, el entrevistado necesitó de apenas tres días con la ayuda de una sola persona –su primo Richard Sepa-, quien lo asistió en la mezcla de colores y el fondeo. Pero Caiza destaca también el trabajo en equipo y compromiso de los administradores del espacio, que todavía no está abierto al público. 

“Creo que lo que estamos haciendo se enmarca dentro de los artivismos –arte y activismo–, pero sin encasillarnos ni perder la criticidad: el arte descarta las formas de pensar muy tradicionales, busca nuevos medios, y el artista debe darle aquellos que mejor le convengan para su desarrollo”, aventura Caiza. A su alrededor, que es el nuestro, cada vez más paredes quiteñas rememoran jornadas de lucha. Tal vez, de tanto pintar en ellas la memoria colectiva, las y los muralistas acaben por encender los trazos del futuro. 

“El campo de la memoria está en disputa, y muchos artistas somos conscientes de la necesidad de generar un discurso alternativo a la visión oficial”

–Darío Caiza, autor de la pintura sobre Octubre en la Biblioteca Marco Oto

*Jorge Basilago, periodista y escritor. Ha publicado en varios medios del Ecuador y la región. Coautor de los libros “A la orilla del silencio (Vida y obra de Osiris Rodríguez Castillos-2015)” y “Grillo constante (Historia y vigencia de la poesía musicalizada de Mario Benedetti-2018)”.