UN 2020 PARA OLVIDAR| La perplejidad del tiempo en el año de la pandemia

Por Tomás Rodríguez León*

El tiempo, dijo el filósofo, es  “imagen móvil de la eternidad inmóvil”, nos somete en sus manecillas a revisar el movimiento según el antes y el después.  Problema de un etéreo fugitivo que  nos despierta sobrevivientes  en el augurio existencial que  consuela diciendo que, a fin de cuentas. el tiempo pasa. Sin haber llegado al fin de una peste mundial, todos llegamos a la sentencia 2020: el año terrible.

A lo largo de la historia del pensamiento, reconocemos nuestra levedad y en un rito anual  deseamos  buena suerte a todo el mundo, pero el deseo prolífico empieza a estrellarse al día siguiente. Con el pasar de los siglos, el discurso de la historia es el del tiempo.  Sus siluetas marcan el paso sutil de la dimensión fundamental del existir humano.

Aristóteles pone en duda la existencia del tiempo,  porque el pasado ya no es; el futuro todavía no es; y, el presente es y no es. San Agustín dirá: “pasado y futuro, ¿cómo pueden existir si el pasado ya no es y el futuro no existe todavía? En cuanto al presente… si el presente para ser tiempo es preciso que deje de ser presente y se convierta en pasado, ¿cómo decimos que el presente existe si su razón de ser estriba en dejar de ser?  Así pues,  el tiempo no soporta que lo marquen ni que lo clasifiquen, es verdad. 

Pero historiadores y geólogos insisten en el “tiempo profundo”, médicos en “relojes biológicos”, y cuánticos  verdaderos  nos hablan de  otras dimensiones.

Dijo (Martín) Heidegger:  “si Dios fuera la eternidad, entonces la manera de considerar el tiempo inicialmente propuesta habría de mantenerse en un estado de perplejidad mientras no se conozca a dios”, y él mismo sucumbió a la temporalidad del demonio nazi.

Para Marx, el devenir histórico-natural sucederá  como redención humana  y los luchadores  creen en la posibilidad y en la obligación de  acelerar al tiempo de cambios y se nos están muriendo hasta los sobrevivientes

Qué diré yo,  humilde  soñador, que  desde niño es sobreviviente de sueños cuasi guerrilleros, que es  técnico jubilado en epidemias,  aún  vivo, aún después de  haber enfermado y ser testigo de  la muerte de muchos. Quiero desear a todos mejor suerte y no me atrevo sobre todo porque a vísperas de esta Navidad,  un nuevo caso de femicidio espanta: una madre embarazada es asesinada por el atrevimiento de ser mujer.

“A lo largo de la historia del pensamiento, reconocemos nuestra levedad y en un rito anual  deseamos  buena suerte a todo el mundo, pero el deseo prolífico empieza a estrellarse al día siguiente”.

*Tomás Rodríguez León, máster en gerencia de salud pública, especialista en salud y educación; magíster en epidemiología. Docente universitario.