UN 2020 PARA OLVIDAR| El cortejo de los libros

Por Natalia Enríquez*

En este 2020, que empezó el 16 de marzo y no terminará, sino hasta cuando nos quitemos la mascarilla, no necesariamente leí más libros, pero sí los sentí más cerca, los aprecié de mejor manera, los supe míos. Un cortejo en el que me encontré con títulos que en el contexto despertaron más sensibilidades que certezas, volví a los que han sido seguridad emocional para soporte de la vida y la muerte.

Marzo: rutina de lectura, tan vital como la comida y los abrazos activa hasta el 16; luego de eso se abrió un abismo en el centro de la casa, como para todos.

Abril: mucho tiempo vacío, no libre, muy pocas ganas de leer.

Mayo: empezar a comprar libros a diferentes librerías pequeñas y locales independientes. ¿Cómo harán para sobrevivir un encierro si la cultura –y creo que aún más los libros– están al final de la pirámide de consumo?

Junio: asumida la condición de encierro, nuevos hábitos de lectura, otros espacios y tiempos, re acomodo de la vida resolviéndose en un metro cuadrado.

Julio: el presupuesto de los cafés no tomados y las no salidas al cine se concentró en los libros; así como su absoluto abrigo y amparo.

Agosto: el encierro del encierro, llevarse tres o cuatro libros imprescindibles. La soledad acompañada.

Septiembre: la vuelta lenta e insegura a los espacios físicos de interacción, una que otra vitrina de librería abierta, entrar y conseguir, mirar, tocar, empolvarse las manos… al fin!

Octubre: la televida girando alrededor del sedentarismo, horas sentada frente a la pantalla mirando pasar los días. Y dar con las ferias, los congresos, los eventos literarios, escuchar a los escritores favoritos en tiempo real.

Noviembre: escribir con furia pixelada, sacando los diablos de las lecturas y vivencias. Angustia.

Diciembre: la consigna leer parada aunque sea de cabeza, sillas, sofás, camas, mecedoras, gradas, todo agotado. El año esperando por ser quemado como una hoja de papel que llevaba un poema que ya no interesa.

“No leí más libros, que otros años, pero sí los sentí más cerca, los aprecié de mejor manera, los supe míos”.

–Natalia Enríquez

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Tres razones para no leer “Una mujer” de Annie Ernaux

Por Natalia Enríquez 

1.- Porque no vas a encontrar sosiego, ni calma.

2.- Hablar de una madre es un tema delicado.

3.- La muerte no es fácil de entender.

“Esto no es una biografía ni una novela, naturalmente, quizá algo entre la literatura, la sociología y la historia”, dice la autora pero en realidad te enfrentas como en una novela a un personaje con todas sus facetas de existencia. Ernaux te deja ver por una ventana cómo se atraviesa en las vidas la condición de clase, sus aspiraciones, límites y complejidades. 

Solo se puede hablar con tanta precisión de quien se conoce pero de quien te has alejado lo suficiente, Ernaux en esa distancia recupera el sentido de la ruptura, alimentada de una tensión arrulladora, del lazo, de los sentimientos que la unen y la separan de su madre. En ese trayecto hace la literatura más íntima y por eso universal.

Hay un filo y un hilo aunque no nos deja intuir su estructura, es la forma del recuerdo, con los desgastes y tonos escritos con precisión quirúrgica, así es Ernaux; no vale la pena leerla sin las condiciones precisas, es decir no esperar nada. Solo sabiéndote abandonado a la frialdad apasionada de su escritura, encuentras en la cercanía de su experiencia, transformada en relato, un pedazo de humanidad.

“Me avergonzaba su manera brusca de hablar y de comportarse, sobre todo porque me daba cuenta de cuánto me parecía a ella”.

–Annie Ernaux 

*Natalia Enríquez es comunicadora social, máster en Estudios de la Cultura – Políticas Culturales. Es madre de un niño de 6 años, tiene un gato negro y ama la literatura, tanto que piensa que su vida es una ficción.