El Buen Vivir o una salida del laberinto unidimensional del desarrollo

El Buen Vivir es una propuesta civilizatoria que plantea un horizonte de salida al capitalismo, la civilización dominante. ILUSTRACIÓN: lobosuelto.com

Por Alberto Acosta*

La Humanidad se encuentra en una encrucijada. La promesa hecha hace más de cinco siglos, en nombre del “progreso”, y “reciclada” hace más de siete décadas, en nombre del “desarrollo”, no se ha cumplido. Y no se cumplirá. De modo que, tarde o temprano, el surgimiento de las críticas al “desarrollo”, es algo inevitable.

Lo que destacamos entonces es que quedan atrás aquellas promesas del desarrollo, nutridas de la idea del progreso que emergió con la Modernidad. Sobre todo, cada vez más se desvanecen las ilusiones que aparecieron con inusitada fuerza a raíz del discurso del presidente Harry Truman de los Estados Unidos frente a la nación, el 20 de enero de 1949Este mandatario, en el Punto Cuarto de su alocución, propuso un objetivo: el “desarrollo”, sintetizado -según él- en el american way of life, cargado de una cantidad enorme de valores de la ilustración europea. En consecuencia, fue un llamado a superar la situación contraria: el “subdesarrollo”, presente -de acuerdo a su visión- en amplios ámbitos del planeta, teniendo como horizonte movilizador el “desarrollo” de los grandes países industrializados. Así se desató una de las cruzadas más amplias y sostenidas de la historia del Humanidad: conseguir dicho “desarrollo”, pensándolo sobre todo desde posturas estado-céntricas, donde el mercado siempre está presente como gran institución organizadora de la economía (y de la misma sociedad).

A pesar de que los cuestionamientos surgieron casi al inicio mismo de esta cruzada y que se intensificaron en décadas recientes, la búsqueda del “desarrollo” aún es incesante y hasta desesperada. Se oscila desde las versiones más economicistas que igualan “desarrollo” y crecimiento económico a las más complejas del “desarrollo” a escala humana o del “desarrollo” sustentable, por citar apenas un par de ellas. Sin embargo, a medida que el desencanto se expande por el mundo, emergen con creciente fuerza discusiones y propuestas que han ido configurando un escenario post-desarrollista.

Lo que interesa ahora es criticar al concepto mismo de “desarrollo”, transformado en una entelequia que norma y rige la vida de gran parte de la Humanidad, a la que perversamente le es imposible alcanzarlo. No solo eso. En este empeño por “desarrollarse” se ha sacrificado en gran medida la posibilidad de transitar caminos propios, diferentes a la modernización y el progreso que en el mundo se han adoptado casi como una religión.

Esta crítica al “desarrollo” no solo busca, entonces, caminos propios, sino que también es una forma de supervivencia: hay que evitar caer presos en las trampas del progreso, como les sucede a los países “desarrollados”. Hay señales inequívocas de que el “desarrollo” encierra graves contradicciones, conflictos y dificultades visibles, por ejemplo en los Estados Unidos, Europa o Japón, como son, entre otras: las crecientes brechas que separan a ricos y pobres; la insatisfacción inclusive en aquellos segmentos poblacionales beneficiarios de una mayor acumulación material; la creciente violencia expresada en múltiples dimensiones (que van desde la segregación racial hasta el neofascismo); la incapacidad de responder a una crítica situación de desempleo que no se supera con las herramientas tradicionales y menos aún en el esquema civilizatorio vigente; la creciente soledad alentada por el individualismo a ultranza que se transforma en una enfermedad social; mientras, en paralelo la destrucción de la Naturaleza continúa imparable y todo sin que se hayan superado las graves berchas sociales provocadas por la inequidad. Incluso aquellos países, que aparecen como “exitosos” en los últimos años, también transitan la misma senda; veamos la situación de China; país que al efectivizar “su derecho al desarrollo” está arrasando con los recursos naturales del planeta, convertido ya en el mayor emisor de gases de efecto invernadero, al tiempo que aparecen crecientes brechas sociales. 

De lo anterior se desprende, como una primera gran síntesis, que aquellos países que se asumen “desarrollados” muestran cada vez más señales de su maldesarrolloY eso en un mundo, en donde, por lo demás, se ensanchan permanentemente las brechas que separan a los ricos de los pobres, al tiempo que los problemas ambientales estallan de manera cada vez más preocupante en todo el planeta. Y en ese mundo, como corolario de ese maldesarrollo, las frustraciones afloran por todos los costados.

Este maldesarrollo, ciertamente no aqueja por igual a todos. Es mucho más notorio en la periferia que en las metrópolis capitalistas. En esta compleja situación, los países empobrecidos siguen dependiendo de las lógicas de acumulación del capital transnacional, en las que juegan un papel preponderante los extractivismos, cada vez más violentos y voraces. Y en este complejo escenario, la cuestión de la dependencia, que dio lugar a interesantes debates en América Latina, sigue vigente.

Todo lo antes expuesto explica por qué afloran cada vez más concepciones alternativas en diversas partes del planeta, incluyendo regiones con sociedades que han alcanzado mejores niveles de vida. Sin embargo, lo destacable y profundo de estas propuestas alternativas es que muchas provienen desde grupos tradicionalmente marginados, y permanentemente explotados; surgen desde las periferías de las periferias. Son sobre todo los pueblos indígenas los que, en condiciones adversas, procuran mantener sus valores, sus experiencias y sus prácticas consideradas como ancestrales. 

“Lo que interesa ahora es criticar al concepto mismo de “desarrollo”, transformado en una entelequia que norma y rige la vida de gran parte de la Humanidad, a la que perversamente le es imposible alcanzarlo”.

–Alberto Acosta

El desarrollo en su laberinto

En especial desde la década de 1960 aparecieron posiciones y visiones críticas al “desarrollo”, en el terreno económico, social y más tarde ambiental. América Latina aportó con potentes lecturas contestatarias: el estructuralismo y las teorías de la dependencia, por ejemplo. 

Sin embargo, estas posturas heterodoxas y críticas no cuestionaron seriamente los núcleos conceptuales de la idea de “desarrollo” convencional. Las críticas, que no siempre vinieron acompañadas de las correspondientes propuestas, no lograron transformarse en una herramienta superadora del statu quo. Su mayor debilidad, podríamos anticipar es haberse mantenido dentro de las lógicas antropocéntricas; y por lo tanto fueron simples alternativas al “desarrollo”.

Viendo la persistencia de la masiva pobreza y el aumento imparable de las inequidades en el mundo, es decir viendo el fiasco del “desarrollo” en tanto gran teoría y objetivo global, se comenzó incluso a repensar las herramientas y los indicadores utilizados, pero no el concepto mismo. Igualmente afloraron, una tras otra varias teorías del “desarrollo”, en una desenfrenada y desesperada carrera por crear un marco conceptual que permita su realización. La lista de aproximaciones teóricas es larga, muy larga. Aquí se menciona apenas un par de aportes, sobre todo vistos desde los índices construidos usando algunas de las distintas visiones teóricas propuestas, a fin de refrescar la memoria, al tiempo que se destaca el permanente esfuerzo realizado en este campo. 

El concepto de Desarrollo Humano, basado sobre todo en las ideas de Amartya Sen, fue propuesto en los años noventa. Este planteamiento dio paso al Índice de Desarrollo Humano de Naciones Unidas, que fue uno de los primeros indicadores de diversa índole -al que se expresa con el Producto Interno Bruto (PIB) y sus variantes- orientados a ampliar las lecturas del “desarrollo”. Apegado al planteamiento de Sen, se busca medir el “desarrollo” humano de una manera compleja, entendido como un proceso de ampliación de oportunidades y de capacidades de las personas y no solo como un aumento de la utilidad y de la satisfacción económica. Ya no se contabilizó solo el crecimiento económico, sino que aparecieron otros elementos dignos de valoración: salud, educación, igualdad social, cuidado de la Naturaleza, equidad de género y otros. Sin duda estas valoraciones multicriteriales (incluso con el diseño de cuentas patrimoniales alejadas de las visiones de capital natural, por ejemplo) enriquecen el debate sobre la calidad de vida y los temas ambientales, pero no superan las raíces depredadoras y concentradoras del “desarrollo”.

Otro aporte sustantivo fue el Desarrollo a Escala Humana. que propuso una matriz que abarca nueve necesidades humanas básicas axiológicas: subsistencia, protección, afecto, comprensión, participación, creación, recreo, identidad y libertad; y, cuatro columnas con las necesidades existenciales: ser, tener, hacer y estar. Desde la lectura de esta matriz se propone construir indicadores subjetivos que permitan diagnosticar, planificar y evaluar la relación entre las filas y columnas. Y desde esta perspectiva el “desarrollo” y su cristalización cobraron nuevas y vigorosas dimensiones, pero siempre dentro de la esencia del “desarrollo”.

En este empeño también se construyeron otros índices, buscando revitalizar el “desarrollo”. Por ejemplo, el Índice de Capacidades Básicas (ICB), de la organización Social Watch, que propone una forma alternativa no monetaria de medir la pobreza y el bienestar, basada en capacidades básicas indispensables para la supervivencia y la dignidad humana. El índice se calcula como el promedio de tres indicadores: 1) la mortalidad de los niños menores de cinco años, 2) la salud reproductiva o materno-infantil (medida por el número de partos atendidos por personal especializado), y 3) la educación (medida combinando la matrícula en la enseñanza primaria, la proporción de niños que llegan a quinto grado y la tasa de alfabetización de adultos). Y todo para conseguir el “desarrollo”.

Otro ejemplo muy interesante es el Índice de Bienestar Económico y Social (IBES-ISEW), el cual corrige el PIB por desigualdades, trabajo doméstico y depreciación del capital natural, particularmente. Sus supuestos, como en muchos otros índices, son algo arbitrarios. De todas formas, este índice muestra una tendencia al deterioro del bienestar socioeconómico en muchos países desde 1970, justamente muchos de aquellos que muestran cifras crecientes de su PIB. 

Incluso la felicidad encontró un lugar en estos esfuerzos. Su discusión se expande aceleradamente por el mundo. El Índice del Planeta Feliz (Happy Planet Index), creado por la organización británica The New Economics Foundation, se construye con tres indicadores: esperanza de vida al nacer, satisfacción con la vida (bienestar subjetivo) y la huella ecológica. Con este Índice del Planeta Feliz se trata de identificar cómo la dotación y el consumo de los recursos naturales interviene en el bienestar de las personas. Una de sus más destacadas conclusiones es que no necesariamente el país con mayor consumo posee el mayor bienestar social y que se puede tener altos niveles de bienestar subjetivo sin excesivo consumo. En otras palabras, tener más, no nos hace más felices.

En 2008, el gobierno francés creó la Comisión para la Medición del Desempeño Económico y el Progreso Social, conformada por Joseph Stiglitz, Amartya Sen y Jean Paul Fitoussi. Esta comisión recomendó construir indicadores que estimen el progreso social, agrupándoles en tres grandes segmentos: bienestar material, calidad de vida, medio ambiente y sostenibilidad. 

No podemos dejar de mencionar el Índice de Felicidad Bruta de Bután, país en donde se hacen esfuerzos dignos de conocerse y analizarse para enriquecer el debate. Detrás de este índice hay toda una concepción de vida que merece ser adecuadamente comprendida, puesto que estaría inspirada en conceptos que podríamos asumirlos próximos al Buen Vivir (un tema que abordaremos más adelante).

Antes de concluir este brevísimo listado de indicadores, que nos sirven para graficar los esfuerzos por darle viabilidad al “desarrollo”, cabe recordar que los indicadores muchas veces terminan por encarcelar ideas innovadoras. Así, de alguna manera, las Naciones Unidas, al institucionalizar en un indicador el “desarrollo” humano mataron lo transformador de esta visión. Algo similar podría suceder con el indicador de la felicidad. 

Sin negar la necesidad de indicadores, debe quedar absolutamente establecido que eso conlleva muchos riesgos. Cuántas veces dichos indicadores han denevido en los objetivos, desvirtuando de punta punta su función referencial. Así vemos como la creación de indicadores del Buen Vivir en manos de Naciones Unidas conduce a incorporar a estas propuestas -claramente postdesarrollistas- dentro de la lógica de la economía verde, por lo pronto uno de los últimos eslóganes con que se comercializa el capitalismo.

Lo cierto es que, en el camino, cuando los problemas comenzaron a minar nuestra fe en el “desarrollo” y cuando sus teorías hicieron agua por los cuatro costados, se empezó a buscar alternativas… de “desarrollo”. Como un hijo sin padre que lo reconozca, le pusimos apellidos al “desarrollo” –como acertadamente acotó Aníbal Quijano- para diferenciarlo de lo que nos incomodaba. Pero aun así, seguimos en la senda del “desarrollo”: “desarrollo” económico, “desarrollo” social, “desarrollo” local, “desarrollo” global, “desarrollo” rural, “desarrollo” sostenible o sustentable, “ecodesarrollo”, “etnodesarrollo”, “desarrollo” a escala humana, “desarrollo” endógeno, “desarrollo” con equidad de género, “codesarrollo”, “desarrollo” transformador… “desarrollo” al fin y al cabo. 

El “desarrollo” -devenido en una creencia nunca cuestionada- simplemente se le redefinió destacando tal o cual característica. Y las críticas nunca fueron contra el “desarrollo”, sino contra los caminos a seguir para alcanzarlo. Incluso América Latina jugó un papel importante en generar revisiones contestatarias al “desarrollo” convencional, como el estructuralismo o los diferentes énfasis dependentistas, hasta llegar a otras posiciones más recientes, como el neoestructuralismo. Sus críticas fueron contundentes, sin embargo, sus propuestas no prosperaron ni tampoco se atrevieron a ser más que alternativas de “desarrollo”.

A la postre sabemos que todos los esfuerzos por mantener vivo al “desarrollo” no dieron los frutos esperados. Es más, la confianza en el “desarrollo” en tanto proceso planificado para superar el “atraso”, se resquebrajó en los años ochenta y noventa. Esto dio espacio a las reformas de mercado neoliberales donde, en estricto sentido, la búsqueda planificada y organizada del “desarrollo” de épocas anteriores debía ceder paso a las “todopoderosas” fuerzas del mercado. Así pasó a dominar una suerte de política no planificadora del “desarrollo”, donde éste debía surgir por generación espontánea siempre que el Estado “perniciosamente” no interfiera ni limite la libertad del mercado; una propuesta que obviamente devino en entelequia, en la medida que el Estado asomó, una vez, más como la mano visible del sistema, es decir del mercado. Esto no implicó superar la ideología del progreso -de raigambre colonial-, sino todo lo contrario: el neoliberalismo reprodujo y reproduce una mirada remozada de las viejas perspectivas hegemónicas del Norte global.

Cabe destacar que el neoliberalismo encontró pronto sus límites en América Latina, antes de lo previsto por sus defensores. Una vez más, desde fines de la década de 1990, los cuestionamientos al “desarrollo” convencional, sobre todo neoliberal, afloraron con fuerza. Las posturas neoliberales, para las cuales el “desarrollo” no se construye ni planifica, sino que es un resultado espontáneo del libre mercado, naufragaron. Su estruendoso fracaso económico en América Latina -y otros países- agudizó los conflictos sociales y los problemas ambientales, exacerbando las desigualdades y las frustraciones. Entonces se redobló la búsqueda de alternativas como reacción frente al reduccionismo de mercado. 

A pesar de esos esfuerzos de cambio y reajustes -muy difíciles de analizar en estas páginas por falta de espacio- en los albores del siglo XXI, el agotamiento del “desarrollo” fue más acelerado que en décadas precedentes. En esto influyó el neoliberalismo y su ya mencionado fracaso, lo cual no quiere decir que el neoliberalismo esté definitivamente derrotado. 

De todas maneras el fracaso neoliberal en el tornasiglo sirvió de impulso a varios recambios políticos en algunos países latinoamericanos, cuya expresión más nítida fue la llegada al poder del progresismo sudamericano. Como anota Eduardo Gudynas, estos gobiernos, sin ser conservadores o neoliberales, no son de izquierda en estricto sentido, por lo que mejor sería asumirlos como regímenes  progresistas. Sin duda los procesos en juego son diversos, y los tonos de cada gobierno progresista también son distintos, pero en todos ellos se compartía un rechazo al reduccionismo neoliberal. Se buscaba el reencuentro con los sectores populares, la defensa del protagonismo del Estado y acciones más enérgicas para reducir la pobreza. Y todo para alcanzar el “desarrollo”.

Así las cosas, varios países latinoamericanos comenzaron a transitar paulatinamente por una senda post-neoliberal, destacando el retorno del Estado en el manejo económico. Sin embargo, dicha senda ni en broma se ha acercado a un post-desarrollismo y, mucho menos, a un post-capitalismo. Los progresismos no transformaron la “matriz productiva” de sus países, por el contrario, se ahogaron en nuevos y masivos extractivismos. Tampoco dejaron definitivamente atrás el neoliberalismo. En algunos casos, como Ecuador, el progresismo terminó retornando a prácticas neoliberales e incluso se reencontró con visiones aperturistas y liberalizadoras; basta anotar que, en el país mencionado, su gobierno progresista firmó un TLC: tratado de libre comercio, con la neoliberal Unión Europea, similar al tratado que alcanzaron los gobiernos neoliberales de Colombia y Perú.

A la postre, más allá de los discursos progresistas y “revolucionarios”, los gobiernos progresistas latinoamericanos mantienen la modalidad de acumulación extractivista de origen colonial, dominante por lo demás en toda la época republicana. Lo que sí podría anotarse es una convergencia de gobiernos neoliberales y gobiernos progresistas en un neo-extractivismo, que no cuestiona a la matriz de acumulación colonial existente desde hace más de quinientos años, manteniendo comunes muchas de las práctivas y las violencias. Y, por cierto, tampoco contradice las ideas fundamentales del “desarrollo”.

Es evidente que esta vía extractivista conduce a un camino sin salida.  Poniéndolo en palabras de Albert Einstein, “nada es un signo más real de necedad que hacer lo mismo y lo mismo una y otra vez, y esperar que los resultados sean diferentes”.

Por lo tanto, para escapar del fantasma del “desarrollo” habrá que construir o reconstruir tantas utopías como sean necesarias. Esta es, a no dudarlo, la gran tarea, recuperar y construir utopías, cuya posibilidad y viabilidad deberá construirse, dando a paso a procesos de transición coherentes con las metas propuestas. La tarea, si somos coherentes, se enmarca en el post-capitalismo como horizonte, no solo en el post-neoliberalismo.

“La flecha del progreso está rota y el futuro ha perdido su brillo: lo que nos depara son más amenazas que promesas”.

–Wolfgang Sachs (1992)

*Alberto Acosta es economista ecuatoriano. Profesor universitario; sobre todo catedrático de “teorías del desarrollo” en varias universidades del Ecuador y del exterior. Ministro de Energía y Minas (2007), presidente de la Asamblea Constituyente (2007-2008), candidato a la Presidencia de la República (2012-2013). Compañero de luchas de los movimientos sociales dentro y fuera de su país. Miembro de la Comisión Consultiva de Problemas del Desarrollo – Revista Latinoamericana de Economía del Instituto de Investigaciones Económicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), que se edita desde 1969.

DESCARGA EL TEXTO COMPLETO ⤵️

El texto fue publicado originalmente en Cuadernos de Cultura Crítica y Conocimiento

Editorial Siglo XXI 

BIEN-ESTAR HUMANO/Segunda Parte

Octubre-diciembre 2020 

Número coordinado por: 

Julio Boltvinik, 

El Colegio de México (México)