¡Nosotros, “los hijos de la chingada”!

La Diablada de Píllaro es una fiesta donde se expresa el sincretismo cultural. FOTO: GoEcuador

Por Samuel Guerra Bravo*

En Ecuador y en América Latina vivimos un racismo solapado que anida en el alma de ciertas élites, particularmente de las que nos gobiernan. Pretendemos demostrar que todos, incluso los que han preservado sus rasgos originarios, pertenecemos de algún modo a una única raza: la nuestra, la latinoamericana, la de los hijos de la “chingada”, la de los mestizos. Conclusión: si todos somos los mismos, tenemos iguales derechos frente a la vacuna y demás aspectos del Estado. Pero ¡no es así!

Una elemental autoconciencia

¿Quiénes son/somos los hijos de la chingada? Nosotros, los hijos del mestizaje. No solo los que resultamos de la mezcla blanco-india y sus posteriores mutaciones étnicas: cholos,  chagras, longos, chullas, zambos, pardos, mulatos, morenos, quarterones…, sino –sobre todo– los que detentamos un inocultable mestizaje cultural, económico, religioso, en la indumentaria, en la habitación, en la alimentación, en la cosmovisión. Es decir, todos. Todos –incluidos los que han conservado sus rasgos originarios– hemos adoptado, sin quererlo o sin saberlo, lenguajes, religión, conceptos, valores, modas, usos y costumbres occidentales y cristianos. Eso nos convierte a todos en mestizos raciales y/o culturales y convierte al mestizaje en identidad etno-cultural e ideológica. Todos, desde el más empingorotado hasta el más pata al suelo, somos, por la gracia de Dios y del demonio, animales mezclados física o culturalmente, que resultamos del cruce de razas o tipos distintos, descendientes de padres que pertenecieron a etnias y culturas diferentes, cualesquiera que hubieren sido. Los de pelo liso, los de pelo ensortijado, los de pelo en pecho, los sin pelo, todos los que nacimos en tierras americanas en los últimos cinco siglos, somos hijos de algún tipo de  mestizaje que nos convierte en achinados, cuicos, euroamericanos, judíoamericanos, afroamericanos, ladinos, chilangos, gurises, ñapangos…

Los autoconsiderados blancos, los indios, los negros, que han conservado sus especificidades raciales están, como todos, irremediablemente mestizados. Otro tema es que indios y negros busquen ahora, con todo derecho, recuperar, revalorizar o reconfigurar sus culturas ancestrales. Son sus derechos étnicos, pero no deben olvidar los hechos coloniales que los arrastraron también al mestizaje, del tipo que haya sido. El hecho real es que no quedan culturas tan bien preservadas e incontaminadas -salvo los pueblos en aislamiento voluntario-, que puedan señalar límites infranqueables con otras culturas. Todos, individuos y culturas, razas y naciones, somos el resultado de conquistas y violaciones históricas, de violencia sexual y mezclas raciales y/o culturales, de sometimiento, sincretismo y silencio. 

Esta condición racial-cultural no significa que seamos lo peor, ni lo mejor, que haya parido este planeta. Somos lo que somos y esta realidad histórica es la identidad primera, la determinante socio-histórica que nos define. Después de esto, podremos mirar hacia atrás (los orígenes) o hacia adelante (los proyectos) y ensayar viejas o nuevas definiciones, diversidades étnicas, pertenencias de clase, eufemismos racistas o culturales. Nada cambiará la condición histórica que nos identifica: ¡la de hijos de la chingada!

Esta autoconciencia elemental y autovalorativa es la que no hemos querido asumir en todo su significado engañándonos con lo que no somos, con lo que no tenemos, con lo que no hacemos, con lo que no pensamos, con lo que no sentimos, con lo que no creemos. Hemos vivido siglos de llevar el mestizaje “como un pecado mortal en las entrañas”, extrapolando permanente nuestro ser y estar, nuestro sentir y pensar, nuestro vivir, esperar y morir. Esa fuga esencial nos ha llevado a glorificar supuestas genealogías raciales o culturales para ocultar y menospreciar lo mestizo. Hemos privilegiado lo castizo, lo europeo, lo inglés, lo francés, lo norteamericano, y hemos ocultado sistemáticamente lo indígena, lo negro, lo asiático, de que estamos hechos. ¿El resultado? El desgarramiento y la contradicción interna, la esquizofrenia (de ser a la vez –por ejemplo– indios raciales y mestizos culturales, ó, mestizos raciales y “blancos” culturales), el olvido y el menosprecio que han alimentado y siguen alimentando nuestro propio sometimiento, dependencia,  subalternidad. 

El sistema educativo, las convicciones sociales, las creencias religiosas, las costumbres, los valores, las mentalidades, heredadas o tomadas de Occidente han abonado para que busquemos lo que no debemos buscar e imaginemos permanentemente lo que no somos ni seremos. ¿Y qué es lo que debemos buscar? Pues, esa intuición fundamental, ese bautismo racial e histórico que nos permita asumir sin remilgos nuestra condición mestiza y extraer de ese hecho todas sus consecuencias y beneficios. 

Todos, individuos y culturas, razas y naciones, somos el resultado de conquistas y violaciones históricas, de violencia sexual y mezclas raciales y/o culturales, de sometimiento, sincretismo y silencio. 

La tarea histórica de “los hijos de la chingada”

Si somos hijos de la chingada, es decir, si somos hijos del colonialismo y el mestizaje, de la violencia, la exclusión y el desprecio, hagamos de esta certidumbre histórica nuestra primera verdad. Y desde este autoreconocimiento  busquemos los pasos siguientes, los que nos beneficien, los que correspondan al tiempo que vivimos y nos hagan avanzar en el camino de la autonomía y superación de la condición subalterna. A estos “pasos siguientes” los especialistas han llamado “independencia mental”, “descolonización”, “liberación”. Su necesidad fue intuida por el mismo Bolívar y teorizada hacia 1840 por la generación siguiente (Alberdi, Bello, Bilbao, Lastarria…) a la que logró la independencia de España. Desde entonces, hemos abierto caminos y hemos dado grandes batallas, sobre todo las relacionadas con la tarea de apropiación, mediante adaptaciones y reformulaciones, de las múltiples armas de los mismos colonizadores, entre ellas las del pensamiento, para redirigirlas contra sus mecanismos de dominio y avanzar un milímetro en nuestra descolonización mental o material. Las últimas grandes batallas, de las que deberíamos enorgullecernos, son por ejemplo la teoría de la dependencia, la teología de la liberación, la pedagogía del oprimido, el realismo mágico, el pensamiento decolonial… Pero  la lucha no ha concluido: necesitamos librar más batallas en el plano de nuestra independencia mental y nuestra autoconciencia. 

La subalternidad se expresa de diversas maneras en las diferentes clases y estratos sociales. Las burguesías y oligarquías la viven en la alienación absoluta que emana de vender su alma al capital transnacional y al imperialismo; las clases medias la viven en su nacionalismo “light”, su arribismo y desvergonzada imitación de lo que no sale de sí mismas; las clases bajas, en su precariedad e insuficiencia lacerante en lo económico, político, cultural. Todos, todos los estratos sociales, las instituciones y los individuos, el Estado y la sociedad tienen/tenemos la subalternidad a cuestas. Frente a ella, no hay un Dios que nos salve, lo que cabe es reconocerla y decodificarla desde una visión y una  crítica intelectual que responda a intereses y necesidades de regeneración histórica e igualdad de derechos. 

Esto es fundamentalmente un asunto socioeconómico-político, por supuesto. Pero también es mental y cultural. Tiene sentido hablar de una independencia mental afincada en el mestizaje. Y aquí no se trata de homogeneizar nada: que cada individuo, grupo, clase o nación identifique cómo y en qué aspectos reproduce la colonialidad y luche contra ella. De lo que se trata es de convertir esta lucha en nuestro horizonte común de pensamiento y acción. Requerimos dar un paso, dos pasos, tres pasos…, en un camino de mil pasos. Eso asegurará una base para los siguientes pasos, en distintos planos, con distintas urgencias, pero con el mismo objetivo de ser coherentes de una buena vez con nuestra identidad y caminar de su mano, sin avergonzarnos de ella, con la mirada puesta en su potenciación, desarrollo, y realización histórica. 

Pero esto no se va a dar si no nos indignamos por haber sido tan indolentes con nosotros mismos, y no haber hecho posible el abrazarnos con nuestros propios acontecimientos y situaciones espacio-temporales, terrenales, corporales, sensibles, que configuran nuestras propias certidumbres: aquellas con/por las cuales nosotros, los hijos de la chingada, podamos comprometer nuestro destino y hacer de la condición mestiza –frente a un Estado exclusivista y entregado a los poderes fácticos– una fuente de derechos y un mecanismo de superación/liberación. 

“Somos lo que somos y esta realidad histórica es la identidad primera, la determinante socio-histórica que nos define. Después de esto, podremos mirar hacia atrás (los orígenes) o hacia adelante (los proyectos) y ensayar viejas o nuevas definiciones, diversidades étnicas, pertenencias de clase, eufemismos racistas o culturales. Nada cambiará la condición histórica que nos identifica: ¡la de “hijos de la chingada”!

*Samuel Guerra Bravo,investigador independiente. Ha sido profesor de la Escuela de Filosofía de la PUCE. Autor de libros y artículos de su especialidad.


Bibliografía

Adoum, J. E. (1998). Ecuador: señas particulares. Quito: Eskeletra Editorial.

Donoso, M. (1998). Ecuador: identidad o esquizofrenia. Quito: Eskeletra Editorial.

Espinosa Apolo, M. (1995). Los mestizos ecuatorianos y las señas de la identidad cultural, Quito: Tramasocial Editorial. 

Espinosa Apolo, M. (2003). Mestizaje, cholificación y blanqueamiento en Quito, primera mitad del siglo XX, Quito: Universidad Andina Simón Bolívar, Abya Yala-Corporación Editora Nacional

Hurtado, O. (2007). Las costumbres de los ecuatorianos, Quito, Editorial Ecuador.

Ibarra Dávila, A. (2002). Estrategias del mestizaje. Quito a finales del siglo XVIII. Quito: Ediciones Abya Yala. 

Paz, O. (1970), El laberinto de la soledad. México: Fondo de Cultura Económica.