¿Es posible un diálogo de izquierda y movimientos sociales vs. “progresismo”?

Por Hugo Noboa Cruz

No creo que sea posible un diálogo franco y constructivo entre “progresismo” vs. la izquierda y los movimientos sociales en Latinoamérica. Al menos en el Ecuador puede ser muy difícil. Muchas brechas se han abierto, a veces irreconciliables. Examinemos a grandes brochazos algunos escenarios.

El denominado “progresismo latinoamericano”, que se alimentó de algunas fracciones de los partidos de izquierda, pero también de corrientes populistas e incluso de políticos de derecha y empresarios que apuntan a un proyecto supuestamente innovador (que en teoría espera superar el neoliberalismo, o al menos desmarcarse de EE.UU. y abrir nuevos mercados en China y otros polos de desarrollo económico), se ha afincado de manera más clara sobre todo en Venezuela, Ecuador, Bolivia y Argentina, en cada país con su respectivo matiz.

En Nicaragua ni siquiera es posible caracterizar al proceso como “progresista”. Más que en cualquier otro país, está claramente centrado en los intereses personales de Daniel Ortega, su familia y algunos trasnochados que traicionaron un sueño, los mismos de “la piñata”, que luego del triunfo del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) en 1979 pensaron más en apropiarse de los bienes de Somoza antes que en construir la revolución. El régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo, que llegó al poder gracias al pacto con el político y empresario,Arnoldo Alemán, es de corte claramente fascistoide. Que lo digan sandinistas históricos y dignos como Ernesto Cardenal, Gioconda Belli, Carlos Mejía Godoy o Sergio Ramírez, la intelectualidad del sandinismo que marcó claramente distancia con el tirano. Que lo diga el pueblo nicaragüense que cayó en las barricadas de Monimbó defendiendo el verdadero legado de Sandino. 

En otros países como Brasil o Uruguay, la presencia de partidos y organizaciones políticas de larga trayectoria, marcaron un rumbo diferente y en general no se separaron del curso regular de las respectivas políticas nacionales convencionales. Incluso con la presencia de un exguerrillero tupamaro como José Mujica en Uruguay o de un dirigente obrero como Lula en Brasil. En Brasil y Uruguay lo que hubo fue un progresismo más light.

En Chile, el proceso fue más tibio aún, ni siquiera es posible enmarcar a los gobiernos de la expresidenta Michelle Bachelet dentro de la corriente progresista. Pero, por ello mismo, la izquierda y los movimientos sociales chilenos están más limpios, descontaminados de progresismo, por lo que podrán afrontar de mejor manera el proceso constitucional y lo que puede venir a futuro

En Paraguay, el momento de gobierno de Fernando Lugo fue tan efímero, que casi no cuenta.

Otros procesos como el salvadoreño han tenido un curso indefinible, con un Nayib Bukele que esporádicamente apura políticas de amplia simpatía popular, populistas (rasgo común con el progresismo), con arrebatos autoritarios como la invasión con fuerzas armadas al recinto legislativo. No entra El Salvador en la clásica caracterización del progresismo latinoamericano.

En México, el proceso más reciente del gobierno de López Obrador, nunca fue reivindicado como parte de la corriente progresista, trata de no ponerse membretes y procura tener empatía tanto con los refugiados del progresismo latinoamericano a los que acoge, como con las diversas corrientes sociales y de izquierda que sabe existen en Latinoamérica. El Ejército Zapatista de Liberación Nacional no está contento con el gobierno de López Obrador, tampoco otras corrientes democráticas.

En Sudamérica, solo Perú y Colombia no han incursionado en gobiernos que, aun cuando sea en el discurso, se vislumbren como antagónicos al modelo de desarrollo impuesto por el capitalismo mundial, de USA y Europa en particular. En Colombia, ello a pesar de la larga historia de movimientos guerrilleros. Sin embargo, en ambos países, los movimientos sociales han demostrado fortaleza, y resisten.

Cuba, el único país de corte socialista en el continente, se mantiene vigilante de este panorama y actúa según sus propias necesidades. No siempre sus decisiones son acertadas cuando se trata de apoyar o establecer alianzas con gobiernos de países hermanos. El error de haber apoyado incondicionalmente a regímenes como los de Maduro, Correa u Ortega, le está pasando factura. Prefirió el régimen cubano el inmediatismo de unos dólares para poner una balsa a su maltrecha economía, antes que respetar los procesos de cada país, a los partidos y movimientos sociales que antes fueron claramente sus aliados. Me pregunto ¿qué habrían pensado de esta deriva Fidel y el Che en los momentos más dignos de la revolución cubana?

El mapa latinoamericano es muy variable y complejo. Ningún modelo es replicable. Pero al parecer, un rasgo común es que la izquierda ha renunciado a la vía armada para la toma del poder, ensaya otros caminos. Cuba fue el primer y único ejemplo exitoso de una revolución que comenzó con una insurrección armada, y que aún se mantiene. El largo proceso armado de Colombia termina en fracaso y ya no tiene la amplia simpatía popular de la que antes gozaba. Con el triunfo del FSLN en Nicaragua en 1979 y la posterior traición de Daniel Ortega y su camarilla, así como en el infructuoso intento del FMLN en El Salvador, quedaron sepultadas las últimas esperanzas de esa vía hacia la revolución para quienes creían en ella, esperanza que ya había sido fracturada con la muerte del Che en Bolivia, en 1967.

La revolución latinoamericana debe ser repensada. Ya Allende ensayó otra vía con la toma del poder usando las reglas de juego de la democracia burguesa. Ensayo que tomó por sorpresa al imperio, que no dudó en mover todos los hilos para liquidar esos intentos, no solo en Chile, sino en toda América Latina, especialmente en el Cono Sur. Los gorilas fueron el instrumento más útil y sucio, pero no el único.

Ya entrado el siglo XXI, nuevos procesos surgen. En un momento, el mapa latinoamericano, sobre todo de Sudamérica, comenzó a teñirse de un color optimista, queríamos creer que era rojo (o rojo y negro), pero en realidad fue variopinto y a veces más conservador de lo esperado. Muchos confiaron, confiamos, en la buena nueva, pero en seguida se desvanecieron las esperanzas, la impronta autoritaria y corrupta se evidenció rápidamente en algunos de los procesos “progresistas”, que inclusive desterraron el “socialismo del siglo XXI” de su discurso; aunque la derecha (maniqueamente) utilizó ello para posicionar en amplios sectores de la población una imagen corrupta de lo que supuestamente es el comunismo y el socialismo. Tremendo daño le hicieron los ensayos progresistas a la izquierda y a la revolución, sobre todo, ideológicamente.

De todas maneras, están marcados de forma resumida estos dos caminos (aunque en realidad son múltiples):

  • El del progresismo que en general se reconoce a sí mismo como la necesaria modernización capitalista (“izquierda posible” según algunos progresistas), en la línea de los viejos partidos comunistas reformistas, pro soviéticos y estalinistas, estatistas; y
  • El de la izquierda y movimientos sociales que no se han sometido al entusiasmo progresista, y que están en una permanente búsqueda de otros desafíos, que contemplen respuestas no solo a la lucha de clases, sino al feminismo, el ecologismo, a la interculturalidad y a todas las diversidades que implica una revolución repensada. Tiene su sustento en el marxismo y en el anarquismo -entre otras corrientes- pero no deja que esos sean sus límites.

En cada país y a nivel de toda Latinoamérica, ha habido un fuerte enfrentamiento entre esas dos tendencias.

La imagen del bonachón Pepe Mujica, que es esgrimida por todos, incluso por la derecha, como el modelo del buen gobernante: no logra apaciguar en Uruguay a quienes lo denuncian por haber extranjerizado un millón de hectáreas, afectando a pequeños agricultores y ganaderos; hay quienes incluso lo señalan como traidor por su cristiana visión del perdón.

Los Derechos Humanos no se negocian, compañero Mujica, ello es sagrado. No se puede andar perdonando a los dictadores y represores asesinos, ni siquiera porque ahora son unos viejitos inofensivos. Con esa misma lógica, habría estado por demás el juicio que Baltazar Garzón planteó contra Pinochet, a quien le salvó un infarto. Según Rubén Bouvier Galeano, uno de los ex guerrilleros tupamaros detenidos luego de la arremetida de las Fuerzas Armadas de 1972:

“La Dirección del MLN presa y varios de sus comandos,  inician conversaciones con los militares de alto rango.

Los tupamaros ‘negociadores’ pasan a tener un trato especial.

Se para la tortura, desaparecen las capuchas, baño con agua caliente todos los días y buena comida.

Mientras tanto nosotros, los jóvenes tupamaros que éramos detenidos en otros cuarteles de Montevideo e Interior, sufríamos la tortura en su máxima expresión.

Para nosotros no solo que no existió ‘la tregua’, sino que tampoco fuimos informados de nada como había ocurrido siempre por parte de la dirigencia tupamara.

A 50 años de aquellos hechos, yo afirmó que las conversaciones y negociaciones en los cuarteles solo favorecieron a los dirigentes máximos del MLN.”

Episodios como éste, dejan heridas difíciles de sanar y contradicciones casi insalvables. Pero sobre todo obliga a tener siempre presente, que la izquierda, en ninguna de sus corrientes, puede negociar con la sangre de los caídos, con los desaparecidos, los encarcelados y torturados.

Los Derechos Humanos deberían ser la principal línea roja que no se puede atravesar en un supuesto proceso de conciliación entre progresismo e izquierda.

Si ello ocurrió en Uruguay, en los otros países donde incursionó el progresismo, ocurrieron también hechos antiguos o recientes que dificultan los acercamientos, si no se ponen reglas claras.

En Venezuela, Bandera Roja, la organización marxista leninista que se formó en 1970 a partir de una fracción del MIR venezolano, estuvo firmemente desde el inicio en la oposición al gobierno de Hugo Chávez, pero sobre todo asumió un papel más activo de resistencia con el madurísimo desde el 2014, impulsando el “Congreso de los Ciudadanos”. Una oposición al madurismo desde la izquierda militante.

Muchos ex colaboradores del chavismo, son hoy sus críticos, piensan que el camino se desvió hace rato. Consideran con tristeza que Maduro y el gobierno actual de Venezuela tienen un discurso extremadamente contradictorio, en apariencia nacionalista y antimperialista, pero con una ejecutoria neoliberal al servicio del gran capital. Además, profundamente corruptos.

Para nadie es desconocido que Evo Morales enfrentó la oposición no solo de la derecha y la oligarquía boliviana, sino que en los últimos años de su gobierno sufrió la disidencia de sectores importantes de las propias organizaciones indígenas que fueron parte del proyecto del Movimiento Al Socialismo (MAS-IPSP). Ello fue evidente por ejemplo en el Consejo Nacional de Ayllus y Markas del Qullasuyu (CONAMAQ) y en la Confederación de Pueblos Indígenas de Bolivia (CIDOB). Lo acusaron de encubrimiento de problemas, descuido de valores ancestrales y promesas incumplidas. Dentro de ello, hubo críticas por su opción por el extractivismo; expulsó a la Coca Cola, pero afectó a territorios de pueblos ancestrales y ecológicamente muy vulnerables, como en el Departamento del Beni. A pesar de ello, el año 2020 Luis Arce y David Choquehuanca lograron nuevamente consolidar un amplio frente político y popular para vencer a los candidatos de la derecha. Esperamos que el nuevo gobierno tenga un rumbo consecuente y exitoso.

En Argentina, “un estilo más cerrado y menos atento a la construcción territorial y a las alianzas sociales” debilitó las bases del kirchnerismo; ello, más los juicios por corrupción que debió enfrentar Cristina Fernández de Kirchner, permitieron el ascenso de Macri. Si bien Alberto Fernández pudo recuperar el poder para el “progresismo” después de la gestión impopular de Macri, hay que considerar que en Argentina el proceso está muy ligado al peronismo y que éste tiene un espectro que va desde la extrema derecha (herencia de la supuesta identidad y colaboración del General Juan Domingo Perón con el nazismo), hasta la extrema izquierda encarnada en la Tendencia Revolucionaria del Peronismo y los antes jóvenes hoy viejos Montoneros, pasando por la religiosidad alrededor de la figura de Evita (mito que tan bien describe Tomás Eloy Martínez en su novela histórica “Santa Evita”). Lo cual da lugar para todo. Organizaciones como el Partido Comunista de Argentina, no pueden mantenerse al margen del peronismo y se suman en general al kirchnerista Frente de Todos, con muy pocas disidencias.

La ruptura de izquierda frente al peronismo y el kirchnerismo es muy débil, casi solo reducida a algunas fracciones anarquistas y otros frentes pequeños. Con la herencia de Malatesta, el anarquismo fue un actor clave en el sindicalismo argentino, hasta que finalmente el peronismo le arrebató sus bases obreras. Sin esa fuerza de masas, las críticas resultan muy tibias y suceden desde fuera y dentro del Frente de Todos, como los “apoyos críticos” desde el interior de la coalición de gobierno. En Argentina parece dominar una sola ola. Por ello es que no se presenta como un buen escenario para el debate.

En Brasil, el poderoso Partido Comunista Brasileño nunca se alió totalmente con el Partido de los Trabajadores para apoyar a Lula y a Dilma Rousseff, hubo posiciones diferentes a su interior. Incluso muchas de las bases del PT y del Movimiento de los Sin Tierra, fueron críticos al modelo que se instauraba, se sintieron traicionados o no representados. Los habitantes de muchas favelas les dieron también las espaldas.

En el caso del Ecuador, la gran mayoría de organizaciones sociales y políticas de izquierda se agrupó en el 2006 en torno a la candidatura de Correa y el proceso constituyente, hay que reconocerlo. Incluyendo Pachakutik y la CONAIE. Igual que lo hicieron antes en torno a otro supuesto mesías, Lucio Gutiérrez, llevándolo al poder, aunque después el mismo pueblo lo derrocara.

Pero la luna de miel entre el correísmo y amplios sectores de la izquierda y movimientos sociales, pronto terminó, cuando en el caudillo afloró su impronta autoritaria y anti derechos, represiva; le hubieran perdonado otros pecados, pero no esos.

Un sector de la izquierda se quedó por migajas y construyó el “progresismo” ecuatoriano con aliados nada convencionales, procedentes de grupos de poder, del social cristianismo y la democracia cristiana, incluso grupos delincuenciales de diverso nivel.

La oposición popular y de izquierda a Correa, empezó desde varios frentes. Desde los ecologistas anti mineros y las feministas, desde los médicos, los maestros y las centrales sindicales históricas, desde el movimiento indígena y muchos otros diversos sectores.

Arrancó esta oposición apenas concluyó el proceso constituyente y tuvo sus gestas más importantes y sostenidas, no en la avenida de Los Shyris o el Malecón de Guayaquil y sus respectivas banderas negras y blancas; sino en las comunidades indígenas; en las carreteras, de la Sierra y la Amazonía especialmente; en las calles de Quito; en los focos de resistencia de los colegios Mejía, Montúfar y Central Técnico (porque las universidades casi se habían silenciado); en las zonas que pretendían ser penetradas por la gran minería, desde Imbabura hasta el Azuay y la Amazonía. La resistencia estuvo en los cuerpos de las mujeres y los jóvenes, costó valiosas vidas.

Y se marcaron bien los rumbos distintos. De esa resistencia al correísmo-morenismo surgieron claramente las figuras de nuevos dirigentes como Yaku Pérez o más tarde Leónidas Iza. De esa resistencia surgió la actual fuerza de Pachakutik y sus aliados.

Ahora, con la coyuntura electoral del 2021 y la diferente composición del legislativo, independientemente de quien llegue a la presidencia de la república, se presenta un nuevo desafío, que probablemente obligue al diálogo entre organizaciones y dirigentes que se mantuvieron muy distanciados en los últimos doce años. Probablemente los diálogos sean sobre temas y acuerdos puntuales; difícilmente serán de más amplio alcance, mucha agua ha corrido bajo el puente.

Sin embargo, de esas dificultades, Ecuador es uno de los países que se presenta como escenario favorable para un posible diálogo entre diversas corrientes. Los otros son, Chile por su proceso constituyente y la gran movilización social de los años 2019 y 2020; y Bolivia, que siempre ensayó un proceso diferente, muy particular, y que, con Arce en la presidencia y la derrota contundente de la derecha, tiene posibilidades de alcanzar nuevos niveles, que incorporen fuertemente la interculturalidad, la identidad andina.

En cualquiera de los casos, para que el diálogo y los supuestos acuerdos sean fructíferos y sobre todo alineados con las aspiraciones populares, se deben respetar líneas rojas que no deberán ser violadas. Me atrevo a sospechar que de darse algún diálogo en el Ecuador entre el correísmo por un lado y la izquierda y los movimientos sociales por otro lado (liderados por la fuerza de Pachakutik y la CONAIE), algunas de esas líneas rojas pueden ser (aunque no las únicas):

  1. El pleno respeto de los Derechos Humanos, en todas sus dimensiones.
  2. Eliminar definitivamente la corrupción, sancionando ejemplarmente a los corruptos al interior de las organizaciones, independientemente de las acciones judiciales.
  3. No aliarse con la derecha y sus intereses. Decisión que para el correísmo será muy difícil.
  4. Respetar la autonomía de las organizaciones populares y sociales, así como la integridad de sus dirigentes y miembros.
  5. Sepultar el racismo y la xenofobia. Dar cabida a todas las diversidades y hacer efectiva la ciudadanía universal en el territorio ecuatoriano.
  6. Respetar plenamente los derechos de las mujeres, incluyendo temas muy sensibles como la soberanía del cuerpo, los derechos sexuales y reproductivos; unir fuerzas por la despenalización del aborto, al menos en los casos de violación.
  7. Poner freno al extractivismo minero y petrolero; y, crear otras alternativas de desarrollo ligadas a la pequeña y mediana producción agrícola, ganadera y la pesca, en torno a la soberanía alimentaria; turismo, artesanía, pequeña y mediana industria, con participación comunitaria.
  8. Acuerdos mínimos en defensa del ambiente, de la Pacha Mama, incluyendo la defensa del agua como derecho y bien común, así como el desarrollo de energías alternativas a los combustibles fósiles.
  9. Regulación fuerte de la banca, incluyendo la disminución de las tasas de interés y poniendo tope a la especulación de los banqueros.
  10. Repatriar los capitales desde los paraísos fiscales.
  11. Racionalización del sistema tributario, que disminuya los impuestos regresivos como el IVA y aumente el impuesto a la renta (IR) a los grandes capitales, recuperando los impuestos evadidos. 
  12. Priorizar la salud y la educación, con enfoque intercultural; avanzar hacia la seguridad social universal como responsabilidad del Estado, pero también de los empleadores y empleados. Defender el IESS, que debe ser conducido por los trabajadores y el pueblo; oponerse firmemente a su privatización.

El del progresismo se reconoce a sí mismo como la necesaria modernización capitalista (“izquierda posible” según algunos progresistas), en la línea de los viejos partidos comunistas reformistas, pro soviéticos y estalinistas, estatistas.


Fotografía principal: Jonatan Rosas