Las mejores malas

Camila Sosa, Las malas, Tusquets editores, 2020, 229 págs. FOTO: Feminacida

Por Natalia Enríquez*


Tapa y contratapa: Camila Sosa Villada, (Argentina, 1982) Estudió Comunicación Social y Teatro. Ha actuado en varias obras importantes, es autora del libro de poesía La novia de Sandro (2015) y de un ensayo autobiográfico El viaje inútil (2018). Fue prostituta, mucama por horas y vendedora ambulante.


Las malas es la historia de la vida travesti, se puede leer como una novela y como una autobiografía colectiva. La autora tiene dos cosas claras en este libro: hacer literatura y testimoniar.

Lo que atraviesa el libro desde los pies a la cabeza es una electricidad que toma forma desde la oscuridad de las calles en las madrugadas y contrasta con el neón enceguecedor de cada uno de los personajes. No solamente porque la figura travesti es irreverente y excesiva en la estética que perfila su figura, además, porque estas travestis van cargadas de luz que brilla por su misticismo y ternura abrumadoras.

Es un relato poético, a pesar de llevarnos hacia un espacio íntimo a través de algunos recursos como la memoria del cuerpo que está fuertemente marcado por la realidad cruda y dura. La historia alcanza su mejor tono con el enojo, sin aspavientos, con el que se dirige al detestable mundo que las excluye y las violenta; y, con el gesto sensible con el que ellas, las malas, pueden hacerse cargo de aquello que ese mismo mundo se resiste a acoger como un bebé abandonado en una zanja.

En Las Malas, todo detalle importa, cada línea no está demás. La autora parece condensar en dos ejes su vida y la historia: la invisibilización social y la interpelación al lector.

Sobre el cuerpo, la tía Encarna, el personaje principal, señala: “el cuerpo es nuestra única patria”, lo dice a pesar de los golpes, del maltrato. El cuerpo que necesita estar narcotizado para sobrevivir, desde el hecho de ser travesti y jugarse la vida, no por las noches como un juego de niños bien, confiesa, no manteniendo los límites claros; al contrario, poniendo el cuerpo, arriesgando y perdiendo.

El deseo se construye a pesar de las rupturas y de las negaciones, pero sobre todo en las prohibiciones, aquellas que crecen en la niñez y adolescencia, que tienen sobre la base del amor y del ideal prefabricado de buena persona en una sociedad.

El miedo a caminar, a amar, a ser ellas mismas, en un contexto de violencia todo el tiempo. Pero, al final, el miedo impulsa y moviliza, se transforma en el escudo de la travesti valiente.

“Todo puede ser tan hermoso, todo puede ser tan fértil, tan imprevisible,  cuesta creer que sea obra de un dios. El lenguaje es mío. Es mi derecho, me corresponde una parte de él. Vino a mí, yo no lo busqué, por lo tanto es mío. Me lo heredó mi madre, lo despilfarró mi padre. Voy a destruirlo, a enfermarlo, a confundirlo, a incomodarlo, voy a despedazarlo y a hacerlo renacer como sean necesarias, un renacimiento por cada cosa bien hecha en este mundo”.

–Camila Sosa, Las malas

*Natalia Enríquez es comunicadora social, máster en Estudios de la Cultura – Políticas Culturales. Es madre de un niño de 6 años, tiene un gato negro y ama la literatura, tanto que piensa que su vida es una ficción.