Miriam Makeba: Mama África, la voz de todo un continente

Por Jorge Basilago*

En la región noreste de Sudáfrica, el Transvaal, viven los Bapedi. Son un pueblo paradójico: uno de los grupos étnicos más castigados por la discriminación y la violencia racial institucionalizada, tiene sin embargo una música tradicional festiva y alegre. Cuando Zenzile Miriam Makeba los conoció, siendo apenas una adolescente, se enamoró de ese rasgo que ella compartía desde pequeña, en un país donde las rejas y los golpes oscurecían los sueños de la inmensa mayoría. “Cuando niña, me gustaba trepar a los árboles y ponerme a cantar. Me imaginaba que era un pájaro y volaba…”, recordaba.

Toda ave cautiva anhela abandonar la jaula y canta para salir de allí, no porque disfrute la vista a través de los barrotes. Así era nacer mujer y con la piel oscura como Miriam, en aquella Sudáfrica de principios del siglo XX. Vivir con el deseo de flotar más allá del encierro, las penurias y las prohibiciones; y, de alzar la voz con la alegría de los Bapedi, para dejar en claro que sus pueblos estaban marginados, no vencidos. “De haber podido elegir, de seguro habría preferido ser lo que soy: una de los oprimidos, en lugar de un opresor. Pero no tuve esa opción. Y en este triste mundo, donde hay tantas víctimas, estoy orgullosa de ser también una luchadora”. 

La lucha y el canto

Nacida en las afueras de Pretoria en 1932, Makeba fue a la cárcel por seis meses, con apenas 18 días de vida. La encerraron junto con su madre, que se dedicaba a la elaboración de una especie de cerveza tradicional llamada umqombothi, prohibida para los negros pero fabricada industrialmente por la minoría blanca. Poco tiempo después su padre cayó víctima de una enfermedad nada catastrófica, ictericia, dejando una viuda y dos huérfanos al borde del hambre. Así de injusta era la vida y la muerte de la mayoría de los sudafricanos de entonces, cuando la lucha no solo era un camino sino el único destino posible.

Pocos años después se instauró además el régimen de apartheid, que llegó a restringir o prohibir hasta lo que no tenían tiempo de imaginarse: desde circular libremente por el país o alojarse en cualquier hotel, hasta su lengua, sus prácticas culturales o el uso en soledad de sus nombres tradicionales, que debían ser acompañados por uno occidental. “¿Qué otra raza fue forzada a vivir así? Tal vez los judíos en Alemania y la gente en los países ocupados por los nazis”, solía reflexionar con amargura Miriam, ya en su madurez. 

Nomkomndelo Christina, su madre, era una isangoma –sanadora y mística tradicional cuyas prácticas, vaya novedad, no estaban permitidas- del pueblo xhosa. Hablaba en sueños con los espíritus de sus antepasados, que le anunciaron un destino de grandeza para su hija menor, pero lejos de su tierra y su gente. La clave parecía ser el talento de la niña para el canto: cantaba al compartir mesa y crianza con sus veinte primos y en sus cinco viajes diarios para recoger agua; cantaba al oír la radio y los discos de jazz de su hermano mayor, Joseph; cantaba al ayudar a su madre en la limpieza de casas ajenas y en los rituales que conducía. Y también cantaba en el coro de su escuela, en el de la iglesia metodista local y al jugar en las calles… 

“Eso le traerá problemas”, decían algunos de sus familiares, convencidos de que el arte no era para los negros pobres en Sudáfrica. “Esa chica será algo grande”, se ilusionaban otros. Algo similar pensaba un joven abogado que conoció a Miriam por aquellos días: Nelson Mandela, dirigente del Consejo Nacional Africano y uno de sus primeros admiradores. Nomkomndelo decidió escuchar a estos últimos y a los mensajes ancestrales, y envió a su hija a casa de su prima Sonti en Johannesburgo, para perseguir su vocación.

La fama que escandaliza

Apenas pasados los 18 años, Zenzile ya tenía varias luchas personales en su haber. Se había casado y divorciado por primera vez, harta de la violencia y el maltrato de su esposo; había sido madre de una niña llamada Sibongile –“Bongi”, para los íntimos-; y había superado un cáncer de seno sin tratamiento médico: quisieron operarla, pero ella prefirió aplicarse unas milagrosas cataplasmas de cactus que le recomendó su madre. 

Luego de obtener un permiso para viajar a Johannesburgo y dejar a Bongi al cuidado de Nomkomndelo, se instaló en la capital y consiguió algunos trabajos como niñera y mucama para sobrevivir. Un hijo de su prima la conectó con los Cuban Brothers, un grupo vocal amateur. Y casi enseguida la convocaron los integrantes de los Manhattan Brothers, que eran profesionales y uno de los números más célebres de Sudáfrica por esos años. Con ellos registró sus primeros éxitos para el sello Gallotone, que con la excusa del bloqueo comercial por las políticas racistas, solo les pagaba las sesiones de grabación, sin acceso a regalías ni otros beneficios.

A instancias de la disquera, dejó de usar el nombre Zenzile para ser conocida de allí en más como Miriam Makeba. Y también le propusieron crear y dirigir una agrupación vocal femenina, The Skylarks. El suceso, inmediato, las transformó en “unas verdaderas creadoras de tendencias, con armonizaciones que no se habían oído nunca antes”, escribió el historiador Rob Allingham. Por impulso de Miriam, fueron pioneras en la fusión de los ritmos y lenguas ancestrales sudafricanas con el jazz. 

Con The Skylarks realizó numerosas giras nacionales y algunas a países limítrofes, donde recibían el cariño del público… a la vez que prohibiciones y maltrato por su color de piel. En uno de aquellos viajes, el vehículo del grupo chocó con otro ocupado por varias personas de raza blanca. Hubo heridos y muertos por ambos lados. La ambulancia tardó en llegar, pero dejó a Miriam y los suyos librados a su suerte: solo atendió a las víctimas blancas. “Ví al genocidio a los ojos”, contaba ella sobre el accidente y el abandono, luego de salvar su vida por milagro una vez más.

Convertida muy pronto en la cantante sudafricana más celebrada –razón de sobra para alarmar a quienes no soportaban que alguien de raza negra tuviese éxito-, mantuvo una relación de pareja que escandalizó a la moral racista y represiva imperante en Sudáfrica. Su compañero era otra estrella, el también vocalista y saxofonista de origen indio Sonny Pillay, con quien no solo vivió en unión libre, sino que además fueron las primeras celebridades de distinta ascendencia étnica en mostrarse juntas públicamente. También sufrió un colapso causado por un embarazo extrauterino del cual la salvaron in extremis en un “hospital de negros”, a casi 20 kilómetros de su casa, porque ningún otro centro de salud quiso atenderla. Pillay no la apoyó demasiado en ese trance: soñaba con una carrera solista en Inglaterra, y pronto abandonó a su compañera para marcharse a Londres.

Una voz de sur a norte

Makeba no tuvo tiempo de deprimirse por la ruptura. Casi enseguida un cineasta estadounidense, Lionel Rogosin, la invitó a participar de su película contra el apartheid “Come back, Africa” (1959), filmada en la clandestinidad. Para el público y la crítica, fue verla y enamorarse. Pocos meses después, Rogosin le envió un boleto aéreo y un permiso de viaje para acompañarlo en la premiere del filme en el Festival de Venecia. La autorizaron a volar con la exigencia de ser “discreta”, como para evitar que se multiplicase el “mal ejemplo”. Pero fue imposible, y no por su responsabilidad: no solo era la única negra en el avión, sino que el resto del pasaje exigió ser reubicado para no sentarse a su lado.

Al llegar a Europa descubrió otra realidad. También allí existía la discriminación pero su palabra, como figura pública, tenía un peso y un valor inexistentes en su país. Pudo por fin levantar su cabeza y mirar a los ojos de sus interlocutores, sin que eso se considerase falta de respeto y causal de represión. En todas partes le preguntaban por su vida y la de los suyos, y sus testimonios se volvieron una primera versión de la historia: “No soy una cantante política –repitió innumerables veces, aunque pocos la oyeran-. No sé lo que eso significa. Yo canto sobre mi vida, y en Sudáfrica siempre cantamos acerca de lo que nos sucede, especialmente las cosas que nos lastiman”.

Su decisión de actuar sin maquillaje, descalza en ocasiones, con un vestuario diseñado por ella misma y el cabello sin alisado artificial, le mostraron al mundo que la estética también podía ser política. El look “afro” que muchos adoptarían por su influencia, no era otra cosa que la forma libre y natural que su pelo tomaba al crecer. ¿Qué sería de su propio pueblo, si tuviese las mismas y justas libertades para desarrollarse? Solo preguntarlo era una ofensa para las autoridades sudafricanas. Y ella, ahora, lo preguntaba en cada sitio que pisaba.

Mama África, Miriam Makeba, nació en 1932 en Sudáfrica y murió en noviembre de 2008. Ilustración: Autora desconocida.

De Italia pasó a Londres, donde se reencontró con Sonny Pillay: en un aparente rapto de inconciencia, se casó con él de inmediato. Pero lo abandonó con la misma rapidez que él lo había hecho antes, cuando conoció al cantante y activista por los derechos civiles Harry Belafonte, quien le abrió las puertas de los Estados Unidos en 1960. El “Sr. Calypso” fue por un tiempo su agente y casi un hermano mayor; le ofreció sus contactos y sus músicos para acompañarla, y gestionó para ella actuaciones y entrevistas en distintos medios. Hasta logró que la RCA comprara su contrato discográfico a la sudafricana Gallotone por 45 mil dólares. Aunque, para que la empresa pudiera “recuperar la inversión”, Miriam no recibió un centavo de regalías por el primer disco editado en tierras norteamericanas: tuvo que trabajar otra vez como niñera para poder salir adelante y costear el traslado de su hija hasta Nueva York.

Las compensaciones llegaron bajo la forma de la admiración del público, la crítica y sus colegas. En su debut estadounidense estuvieron presentes Nina Simone –quien sería una de sus grandes amigas y compañera en todas las luchas humanitarias por venir-, Miles Davis, Duke Ellington y el actor Sidney Poitier, entre muchas otras luminarias artísticas. La revista Newsweek comparó los tonos y fraseos de su voz con los de Ella Fitzgerald, y su “íntima calidez” con la de Frank Sinatra. Desde las páginas de Time, la consideraron como “el más excitante nuevo talento de la canción”.

Cantar el sufrimento y la memoria

Al enterarse de la muerte de su madre intentó asistir al funeral, pero descubrió que el gobierno sudafricano había cancelado su pasaporte y revocado su nacionalidad. Por las siguientes tres décadas fue una exiliada más; era el precio que la injusticia le cobraba por decir la verdad sobre el apartheid: si despreciaban sus triunfos como cantante, su voz política les resultaba del todo intolerable. Pero jamás se lamentó ni dejó de mostrarse firme. “No hay lugar hacia donde correr. Debemos quedarnos donde estemos y luchar para liberarnos”, sostenía. Con el tiempo, la solidaridad internacional la cobijó con otros nueve pasaportes y diez nacionalidades honoríficas diferentes.

Desde mediados de los años sesenta, su fama se proyectó hacia el resto del mundo y fue, en más de un sentido, pionera y referente para todo el continente africano, no solo para su país. Ella fue la primera en obtener un premio Grammy –por su disco “An evening with Belafonte/Makeba”, de 1965-, en hablar ante el plenario de las Naciones Unidas sobre la situación de Sudáfrica y, junto con Nina Simone, ayudó a alumbrar el soul. Hasta consiguió un éxito tan universal como impensado con la canción “Pata-Pata”, que ella siempre minimizó como “la más insignificante” de su repertorio.

Superó todavía otro cáncer, esta vez de útero, y estuvo entre las primeras en ser clasificadas como parte de la “world music”, una etiqueta que le parecía despreciable: “¿De dónde vienen las otras músicas? ¿De Marte? Vaya estupidez. Si alguien me dice que lo que hago es world, le doy las gracias por reconocer que nosotros también somos parte del mundo. Aunque lo que realmente está queriendo decir es que nuestra música es del Tercer Mundo, igual que nuestro continente. Así que, por favor, no nos insulten”, cuestionaba.

Luego de casarse con el activista Stokely Carmichael –líder del movimiento de los Panteras Negras- comenzaron a cancelarle actuaciones, contratos de grabación y sufrió la vigilancia de la CIA y el FBI. Se exilió en Guinea y más tarde en Bélgica. Cantó por los derechos y la liberación de su gente, por la independencia de todos los países de su continente y por cada causa que consideró justa en inglés, en francés, en portugués y en varios de los dialectos africanos excepto el afrikaans, por ser la lengua del gobierno despótico y racista de su país. Aunque también tuvo tropiezos, como cierto almuerzo con Idi Amín Dadá, en 1973, cuando ya las sospechas sobre los crímenes del dictador de Uganda empezaban a confirmarse.

Recién en 1987 regresaría a los Estados Unidos, como invitada de Paul Simon para su gira mundial “Graceland”. Tres años más tarde, tras la liberación de su amigo Nelson Mandela –quien pasó en la cárcel casi tantos años como ella en el exilio-, pudo por fin volver a Sudáfrica. Creó un hogar para niñas en Johannesburgo, escribió dos libros autobiográficos y continuó cantando, aunque a menudo fantaseaba con el momento de retirarse. Pero la decisión final no sería suya: en noviembre de 2008, luego de actuar en un festival en Italia contra la Camorra napolitana, fue su corazón el que dijo basta.

            “Era la madre de nuestro combate y de nuestra joven nación –dijo entonces Mandela-. Sus melodías obsesivas hicieron sentir el dolor del exilio y la distancia que ella padeció durante 31 años. Al mismo tiempo, su música nos dio a todos un profundo sentimiento de esperanza (…). Ella era el alma sudafricana y con mucho, merecedora del título de Mama África. ¿Qué más puedo decir? Siento un gran vacío en el alma pero ella vive, sé que es cierto porque lo afirma su ejemplo, que es legado para la humanidad”. 

Al igual que los Bapedi, Miriam Makeba fue –y es todavía- la voz alegre y cuestionadora de un multitudinario pueblo sufriente. Ese mismo pueblo cuya cultura ancestral le impide perder la memoria sin importar cuánto pesen las ausencias: “La muerte no nos aparta de nuestros ancestros. Sus espíritus están siempre presentes. Les hacemos ofrendas y pedimos su consejo y su guía. Ellos nos responden en sueños o a través de un médium como la curandera o curandero que llamamos isangoma”, anotó en una de sus autobiografías. Solo le faltó agregar que también los discos hacen hablar a los antepasados, sobre todo cuando canta Mama África.

“Ella era el alma sudafricana y con mucho, merecedora del título de Mama África. ¿Qué más puedo decir? Siento un gran vacío en el alma pero ella vive, sé que es cierto porque lo afirma su ejemplo, que es legado para la humanidad”

–Nelson Mandela

*Jorge Basilago, periodista y escritor. Ha publicado en varios medios del Ecuador y la región. Coautor de los libros “A la orilla del silencio (Vida y obra de Osiris Rodríguez Castillos-2015)” y “Grillo constante (Historia y vigencia de la poesía musicalizada de Mario Benedetti-2018)”.