Violeta Parra: un silencio que nunca llegó a ser ausencia ni olvido

Cantante, compositora, recopiladora, arpillerista, pintora y escultora. FOTO: Cuaderno Pedagógico, Violeta Parra, 100 años

Por Jorge Basilago*

Domingo 5 de febrero de 1967. Un par de horas después del mediodía, en el municipio de La Reina –un alejado suburbio de la ciudad de Santiago de Chile-, suena con fuerza la música de algún festejo familiar. Tal vez por eso, el eco solitario de un disparo tarda en causar alarma entre los pobladores. Solo algunos momentos más tarde advierten que Violeta Parra, vecina del lugar y una de las creadoras más notables de la historia chilena, acaba de suicidarse. Cuando su hijo Ángel recibe la noticia por teléfono, lo atraviesan sensaciones contrapuestas: “(…) alegría por su liberación, tristeza por su ausencia que pensé definitiva. Error, desde ese día, su presencia no ha dejado de acompañarme”, anota en su libro Violeta se fue a los cielos.

Cantante, compositora, recopiladora, arpillerista, pintora y escultora, Violeta se las arregló para ser y hacer la mayor parte de lo que no podía una mujer de origen humilde y rural, en aquel Chile de principios del siglo XX. Y sin embargo, cuando en una entrevista la tentaron a optar por apenas uno de sus múltiples intereses, respondió sin dudas ni elipsis, fiel a su modo de entender la vida: “Yo elegiría quedarme con la gente”, dijo. Allí donde comienza y termina la obra de una artista popular como ella, que cantó las mismas alegrías y gritó las mismas indignaciones de todos los chilenos. Aunque aprendieran a escucharla demasiado tarde.

A dentelladas

Violeta Parra nació enseñando dos dientes; así de infrecuente fue su llegada al mundo. Como si la vida le anticipara que todo lo que podría conseguir de ella debería arrancárselo a dentelladas. Luego su historia familiar, sus elecciones personales, sus canciones y la época que le tocó en suerte confirmaron el presagio: intuitiva y voraz, gozó, sufrió, cantó, escribió, bailó, investigó y viajó de esa manera. Rompiendo moldes y prejuicios con un hambre inagotable de hacer arte, de ser arte ella misma en cada sentido posible y sin ataduras. “Escribe como quieras, usa los ritmos como te salgan, destruye la métrica, libérate, grita en vez de cantar, sopla en la guitarra y tañe la corneta. La canción es un pájaro sin plan de vuelo que jamás volará en línea recta. Odia la matemática y ama los remolinos”, le aconsejó alguna vez a su amigo, el compositor y escritor Patricio Manns.

Los remolinos fueron la única e impredecible constante para los hijos de Nicanor Parra y Clarisa Sandoval, viuda y madre de dos hijas que se sumaron a los nueve que tendría con su nueva pareja. Pobres y nómades como solo podía serlo una familia numerosa de padre docente y madre costurera, con suerte llegaron a vivir dos años en un mismo sitio. Entre una y otra mudanza, al tiempo que su descendencia aumentaba –Violeta nació en San Carlos Ñuble el 4 de octubre de 1917-, don Nicanor perdió su empleo para nunca recuperarlo y se entregó a la guitarra y la bebida. Su esposa, analfabeta y también cantora aficionada, tuvo que hacer malabares con su oficio para sobrevivir malamente.

Quizás por eso ambos intentaron evitar que sus pequeños tomaran el camino de la música o la poesía, aunque sin éxito: todos ellos acabaron dedicándose al arte de una o varias formas. “Nací en una región pobre, pero donde se canta mucho. Se canta siempre, para los nacimientos, para los matrimonios, para la muerte, para las cosechas, para la vendimia. Entre nosotros, todo es canción”, solía recordar Violeta, que desde muy niña rechazaba jugar con muñecas. Prefería tomar a escondidas la guitarra paterna, que aprendió a tocar por su cuenta, apoyándola en el suelo hasta que pudo sostenerla en el regazo.

Sin zapatos, con ropa de retazos cosida por su madre, con pocas visitas a la escuela, los hermanos Parra pasaron gran parte de su infancia dándose modos para ganar algunas monedas. “Mi primera expresión de actuación en público fue un día en que yo me dí cuenta de que no había dinero para alimentarnos. Tomé mi guitarra (no tendría más de once años) y junto con mis hermanos menores salí a cantar al pueblo provista de una canasta. Cantamos en la calle recibíamos dinero, sino alimentos y frutas. Pasamos gran parte del día fuera del hogar, y ya tarde volvimos con la canasta llena de comida”, contó Violeta, entrevistada por el diario El Mercurio.

“Teníamos la garganta y las manos. Eso era todo”, supo evocar Hilda, una de las hijas mayores de la familia. Armados de su ingenio, los pequeños Parra conseguían guitarras prestadas que con frecuencia “olvidaban” devolver, fabricaban disfraces de papel cometa y recorrían calles y cantinas interpretando las canciones de moda. O se sumaban a los modestos circos itinerantes que visitaban la zona. Todo es oportunidad, cuando la alternativa es el hambre.

Huérfana de padre desde los 13 años, a los 15 los remolinos del destino y de su carácter se la llevaron a Santiago. Sin avisarle a nadie, una madrugada cualquiera, “La Viola” (como la llamaban) tomó sus escasas pertenencias y se marchó tras su hermano mayor, Nicanor, estudiante en la capital. “No te preocupes, traigo mi guitarra y puedo mantenerme sola”, dijo ante la sorpresa del futuro antipoeta, cuando logró encontrarlo. Buscaba nuevas posibilidades y estímulos, no limosna. Y eso, en aquel mundo machista y prejuicioso –¿muy distinto del actual?-, sonaba a exigencia desmedida en boca de una adolescente con faldas.

Rabia y amor

Está claro que era una mujer inusual para su época, y sus relaciones con los hombres no hicieron más que confirmarlo. Independiente, inquieta, explosiva y celosa, vivió de todas formas varios amores, que recorrieron el abanico de la frustración o el rechazo inicial al desencanto furioso, con todos los matices intermedios. “Hacíamos vida familiar y en general nos llevábamos bien, aunque de carácter era un poco violenta, siempre tuvo eso de salirse con la suya; en ese sentido era un poco dominante”, aseguró su primer esposo, el ferroviario Luis Cereceda, padre de sus hijos Isabel y Ángel

Aunque la vida de hogar que le proponía su compañero terminó por agobiarlos a ambos. A ella, porque no le interesaba resignarse a la rutina y dejar de lado la música; a él, porque el inútil esfuerzo para convencerla le indujo a pensar que no “llevaba los pantalones” en su propia casa. “No hacía nada yo cuando estaba con él, pero sentía que podía hacer algo. Él quería una mujer que hiciera el aseo, que cocinara, no es muy interesante”, fue el argumento de Violeta. “La única ventaja mía es que gracias a la guitarra dejé de pelar papas”, completaba. La pareja se separó en 1948, una década después de haberse conocido en El Tordo Azul, uno de los bares santiaguinos donde la cantora solía presentarse con su hermana Hilda. 

De su segundo matrimonio, con el tapicero Luis Arce, nacieron otras dos niñas: Carmen Luisa y Rosa Clara. Arce fue algo más comprensivo con las inclinaciones artísticas de su esposa y hasta formó parte de la compañía Estampas de América, que Violeta fundó y dirigió durante algún tiempo. Lo que acabó con esta unión fue una prolongada estadía de ella en Europa, invitada para participar del Festival de la Juventud de 1954, en Varsovia. De la capital polaca pasó a Viena, luego a la Unión Soviética y finalmente se afincó en París, donde los dos meses previstos se convirtieron en dos años. El golpe de (des)gracia fue la muerte de la pequeña Rosa Clara –que aun no había cumplido un año de vida y estaba al cuidado de su hermano mayor, Ángel- a causa de una bronconeumonía: como tantas otras veces, el dolor se le hizo letra y música bajo la forma de Verso por la niña muerta, en el primer LP de la serie El folclore de Chile, grabado en la capital francesa.

Pero sin dudas el amor de su vida fue el clarinetista y quenista suizo Gilbert Favre, “Run Run” (por su forma de pronunciar el castellano) o “el tocador afuerino”, como ella prefería llamarlo. Intensa, apasionada, despareja –además de las diferencias culturales, Violeta era dieciocho años mayor-, la relación entre ambos fue de todo menos apacible. No le faltaron siquiera las feroces discusiones y los alejamientos de una y otro, seguidos por las habituales sospechas de infidelidad por parte de la artista. “Estuve muy enamorado de ella. El problema radicó en la convivencia, nos peleábamos mucho. Violeta era muy celosa”, reconoció Favre. Un día de tantos, a mediados de los años 60, Run Run se fue pa’l norte y ella quedó sola con su rabia, su amor y sus canciones.

Moldes patas parriba

A decir verdad no estaba sola, tenía consigo la memoria sonora de todo un país, aunque pocas personas parecían valorarlo. También en eso Violeta Parra fue pionera y rompió los moldes: hasta su aparición, el folclore chileno no existía ante la consideración de su propia gente; porque también estaban ocultos los hombres y mujeres que mantenían vivo su canto y sus instrumentos tradicionales. Triunfaba por esos días un pintoresquismo vacío, inauténtico, de campesinos impecables, sonrientes y satisfechos cuando lo real era todo lo contrario. “Ella pone las cosas patas p’arriba –razona Horacio Salinas, director del grupo Inti-Illimani Histórico-. Muestra un país que lo que hasta entonces entendíamos por folclore no dejaba ver. (…) Violeta vio a ese nuevo sujeto popular y le cantó a su amargura, a su esfuerzo y a su condición. (…) Sin Violeta Parra es inconcebible la Nueva Canción Chilena”. 

Si bien comenzó cantando y componiendo las canciones de moda –valses peruanos, rancheras mexicanas, tonadas argentinas-, a poco andar comprobó que había todo un mundo más allá de ellas. Fue su hermano Nicanor quien la impulsó a recopilar canciones folclóricas y ella, siempre ávida de probarlo todo, se apresuró a ir en su búsqueda. “Cómo me iba a imaginar yo que al salir a recoger mi primera canción, un día del año 53, a la comuna de Barrancas (Santiago), iba a aprender que Chile es el mejor libro de folclore que se haya escrito”, recordaba Violeta. Sin apoyo ni reconocimientos oficiales –fuera del simbólico premio Caupolicán como Mejor Folclorista de 1954-, caminó buena parte de su país escuchando a los ancianos, cantando con ellos, anotando cada tono e inflexión de la voz para salvar del olvido una cultura completa. 

Por esa época la artista condujo también un espacio en Radio Chilena, al que invitaba a las personas que conocía en su trabajo de “desenterrar folclore”, para cantar en conjunto. “Yo recibí un impacto fuerte, inmediatamente, de que una cantante popular –una cantora, digamos- cantara ese tipo de cosas y que ese tipo de cosas pertenecieran al folclore de mi país, sin que yo jamás me hubiera percatado de ello”, observó el musicólogo chileno Gastón Soublette, director de programas de aquella emisora. Hacia finales de los años 50, además, en un proyecto compartido con la Universidad de Concepción, Violeta fundó el Museo de Arte Popular de esa ciudad.

La triste paradoja, para una creadora tan consustanciada con su tierra y su gente, fue advertir que el reconocimiento hacia su obra siempre resultó mayor fuera de Chile. De hecho, solo gracias a las regalías de una grabación estadounidense de 1957 –el pianista Les Baxter incluyó en uno de sus exitosos discos la música de su Casamiento de negros, rebautizada como Melodía loca – The Chilean Crazy Song– pudo comprar un terreno en el municipio de La Reina, a las afueras de Santiago, donde construyó una casa en la que aun hoy viven sus descendientes. Pero en general, su manejo. 

A comienzos de los 60 visitó de nuevo Europa junto con Favre, sus tres hijos y su nieta Tita (hija de Isabel). Grabó para el prestigioso sello Le Chant du Monde y editó el libro Poesía popular de los Andes, la única de sus obras impresa antes de su muerte. Pero en su maleta autodidacta cargaba además las artes plásticas: durante el reposo obligado por una hepatitis, en su viaje anterior había iniciado sus exploraciones en tapicería, bordado, pintura, modelado en papel maché y esculturas en alambre. Decidida, incapaz de rendirse, sin contacto alguno logró ser la primera latinoamericana en exponer sus obras en el Museo de Artes Decorativas del Louvre. “Cada una de sus arpilleras es una historia, un recuerdo o una protesta en imágenes”, definió la curadora y directora de esa institución, Yvonne Brunhammer. 

De regreso a su tierra, todo aquello no le abrió demasiadas puertas. Su último gran sueño, la creación de un centro cultural-folclórico llamado “La carpa de La Reina”, se apagó entre las dificultades de acceso a la zona donde estaba ubicado y el desinterés de las autoridades, que jamás la apoyaron. Tuvo tiempo sin embargo para grabar un disco formidable, Las últimas composiciones, donde dio Gracias a la vida antes de maldecir todo lo demás: “Maldigo luna y paisaje, / los valles y los desiertos, / maldigo muerto por muerto / y al vivo de rey a paje; / el ave con su plumaje / yo la maldigo a porfía, / las aulas, la sacristía, / porque me aflige un dolor; / maldigo el vocablo amor, / con toda su porquería” (Maldigo del alto cielo).

“Violeta Parra explicó Chile al resto del mundo”, la elogió Patricio Manns. Pero su país no supo verse reflejado en aquel espejo hasta que se hizo trizas. Sola y frustrada por la indiferencia, la cantora halló inspiración para un postrero gesto poético en la noche del 4 de febrero de 1967: “(…) adentro de mi cabeza, cortinas que me oscurecen / hasta mañana o pasado, porque hoy es sábado y llueve / mañana será otro día, veremos lo que acontece”. Sobrevino luego una historia conocida. Un domingo de fiesta interrumpido por un disparo desesperado. Y un silencio que nunca llegó a ser ausencia ni olvido.

Ella pone las cosas patas p’arriba Muestra un país que lo que hasta entonces entendíamos por folclore no dejaba ver. (…) Violeta vio a ese nuevo sujeto popular y le cantó a su amargura, a su esfuerzo y a su condición. (…) Sin Violeta Parra es inconcebible la Nueva Canción Chilena

–Horacio Salinas, director del grupo Inti-Illimani Histórico

*Jorge Basilago, periodista y escritor. Ha publicado en varios medios del Ecuador y la región. Coautor de los libros “A la orilla del silencio (Vida y obra de Osiris Rodríguez Castillos-2015)” y “Grillo constante (Historia y vigencia de la poesía musicalizada de Mario Benedetti-2018)”.

Fotografía principal: Violeta Parra, 100 años. Cuaderno Pedagógico.