El destino impostor de Jutta Hipp

Por Jorge Basilago*

El destino suele ser un gran impostor. A menudo finge estar escrito de antemano y tenerlo todo previsto; pero apenas un instante después nos desorienta con enmiendas o tachaduras de principiante, giros inesperados y oportunidades que semejan condenas. Cuando niña Jutta Hipp soñaba, en su Leipzig natal, con un futuro entre lienzos y paletas; hasta su nombre, una variante de Judith –“la alabada”-, parecía augurarle éxitos y reconocimiento en el camino elegido. 

Claro que el destino, como tantas otras veces, tenía planes diferentes. Le puso por delante un piano, como arma de supervivencia tras la Segunda Guerra Mundial, y durante más de una década postergó su ilusión de trazos y acuarelas al ritmo del jazz. Incómoda, Jutta buscó en la bebida la forma de aislarse hasta que pudo escapar de verdad. “Huir de ese mundo me salvó la vida”, repetiría hasta el cansancio, cuando el hado trágico de la música volvió a alcanzarla, y acabó con un anonimato voluntario de casi cinco décadas, muy lejos de su tierra.

Encuentro en Nueva York

Las paredes de una casa hablan acerca de su dueño. Cuentan parte de su historia, sus sueños y sus pasiones. Y las de este modesto departamento en Queens, son sin duda la voz de una mujer mayor. Aficionada a la pintura y a la fotografía, y a las escenas cotidianas de una ciudad que adoptó como propia. Nieve en el Central Park, patos en una playa enferma de progreso, el parque de diversiones de Coney Island, muñecas de paño. La mirada sensible de una vecina que llegó desde muy lejos. Entre las imágenes, un cuadro manuscrito con varias fechas; destaca la del 18 de noviembre de 1955: arribo a la Gran Manzana en el USS New York. Los muebles imprescindibles, algunos libros. Una voz suave, de claro acento alemán, ofrece pastel y café.

No hay, en la pequeña estancia, ningún indicio de interés en la música. Pero Tom Evered, el gerente general del sello Blue Note, lleva en su bolsillo un cheque por regalías acumuladas durante más de cuarenta años. Va a nombre de una pianista, Jutta Hipp, que se escurrió de la fama y de los escenarios sin dejar rastros. Ni siquiera en su propio hogar: en el sitio donde debería haber un piano, se ve una máquina de coser, carretes con hilos de diferentes colores, moldes y retazos de tela. “¿No ha vuelto a tocar, Jutta? Sí que tuvo usted una buena época en los 50”, comenta Evered, al pasar, tratando de romper el hielo. La respuesta cortante de la anfitriona lo descoloca por completo: “Esos fueron tiempos miserables. No quiero hablar de ellos”. Es la primavera de 2001 y ella prefiere mostrarle sus pinturas. Y las muñecas de paño que fabrica.

Mantienen una charla no muy extensa, cordial pero elusiva. Jutta agradece el cheque, sonríe entrecerrando sus ojos miopes y su puerta vuelve a cerrarse. No hay promesas en la despedida. Nada de homenajes, regreso a los escenarios o nuevas grabaciones. La música es, para ella, parte de un pasado remoto. Fragmentos de imágenes cada vez más distantes en el mapa de su memoria. Un juego. Una herramienta. Unos pocos amigos. Pero no su vida. Y mucho menos –jamás se resignará a ello- su destino.

Arte bajo las bombas

Leipzig, 1934. En el barrio residencial de Markham, una niña de 9 años se divierte sobre el piano. La guía el organista de la iglesia luterana local, y la rodean los fantasmas de Richard Wagner, Johan Sebastian Bach y Felix Mendelssohn, quienes nacieron o murieron en la más musical de las ciudades alemanas. La pequeña Jutta disfruta sobre las teclas, conforme avanza en sus lecciones hacia el encuentro con los clásicos. Pero en el centro de su mundo está la vocación por los pinceles, acuarelas y óleos, que la llevan a ingresar en la Academia de Artes. Será pintora, mientras la Segunda Guerra Mundial salpica frescos de horror sobre la tierra.

Obligados por las alertas de bombardeo, como muchos otros alemanes, los Hipp pasan incontables horas refugiados en el sótano de su casa. Allí, la única forma de mitigar el aburrimiento entra por la ventana sonora de una vieja radio. La que permite asomarse al exterior del régimen nazi para escuchar, entre chisporroteos de estática e interferencias, emisoras prohibidas como la BBC de Londres o Radio Hilversum de Holanda. A la jovencita de la familia no le interesan las noticias de último momento: es el jazz -eso que el nazismo censura por considerarlo “música degenerada”- lo que cautiva sus oídos. De la radio al pentagrama, transcribe todas las canciones que puede. Y aprende a tocarlas imitando a Fats Waller y Teddy Wilson.

“Ustedes no son capaces de entenderlo porque nacieron en los Estados Unidos –explicará mucho después a los medios de aquel país-, pero para nosotros el jazz es casi una forma de religión. Tuvimos que pelear por él y recuerdo algunas noches en que no bajábamos a los refugios antiaéreos por escuchar discos de jazz. Solo teníamos la sensación de que ustedes no eran nuestros enemigos, y aunque las bombas explotaban a nuestro alrededor, nos sentíamos seguros”. 

Cuando por fin se extingue el tableteo de las ametralladoras, no es momento de paz. Es momento de huir. Los rusos toman Leipzig y pretenden que Jutta diseñe afiches propagandísticos para su ejército. Ella y los suyos pasan al lado occidental del país, dominado por los estadounidenses. Allí, en medio de las ruinas y el hambre, nadie necesita una pintora. Buscan prostitutas. Acorraladas, viudas con hijos que mantener, muchas mujeres se someten a esa única salida. Pero a ella le queda, todavía, el piano. Para entonces ya sabe de Bud Powell y del bebop, que la apasiona. Bastante a su pesar, se vuelve pianista profesional. 

Decepciones y demonios

Su nuevo oficio la recibe con una bofetada decepcionante: “Queríamos compartir con los soldados americanos nuestro gusto y nuestra forma de tocar el jazz, pero la mayoría de ellos prefería la música country”, descubre con amargura. Aun así la contratan para tocar en clubes militares y civiles, en un circo, en salones de baile; con ingresos lamentables, casi sin descansos y con el miedo atenazándole el estómago y las manos, siempre, antes de cada presentación. Por eso detesta el escenario: “Con la pintura, los demás miran tu trabajo, no a ti”, dirá luego. Solo la bebida y el tabaco moderan su proverbial timidez, ese temor a ser vista. Pero a la vez liberan (o convocan) a otros demonios.

“Creo que Jutta sufrió un síndrome de estrés postraumático por el que no recibió tratamiento”, aventura su biógrafa Katja von Schuttenbach, como posible explicación de sus dificultades. De hecho, durante sus primeros 23 años de vida, la artista atraviesa la opresión nazi, los bombardeos aliados y la ocupación soviética, junto con la angustia de haberlo perdido todo, salvo la vida. 

Pero le resta sobreponerse, todavía, a una nueva experiencia traumática motivada en parte por la música. En esos días conoce a un soldado afroamericano, Red Allen, que toca el saxofón en uno de los clubes donde ella trabaja. De la mutua atracción, la pianista resulta embarazada. El ejército estadounidense tiene leyes segregacionistas no escritas (acaso por estúpidas o vergonzantes), que determinan que ningún soldado de color puede asumir la paternidad del hijo de una mujer blanca. La joven madre queda sola, sin demasiados recursos para subsistir, a expensas de las habladurías y la discriminación; hacia ella y hacia su hijo mestizo. Cuando nace el niño lo bautiza Lionel en homenaje a Lionel Hampton, el primer vibrafonista del jazz, y poco después lo da en adopción. En el futuro, llevará el apellido Gräser y ya no tendrá relación con Jutta.

La fama y su reverso

El reloj se acelera en los ’50. La escena jazzística europea crece y se diversifica. De nuevo en los sótanos, surgen cada vez más clubes, donde se presentan más y mejores músicos. Jutta evoluciona con el mismo vértigo: en pocos años abandona la rigidez del principiante para deslumbrar con una técnica fresca, melódica y creativa en las improvisaciones, pero a la vez nada presuntuosa, de cierto parentesco con la de Lennie Tristano. Toca con los mejores del continente –Hans Koller, Albert y Emil Mangelsdorff, Joki Freund, Attila Zoller, Roland Kovac y varios más-, con visitantes ilustres como Dizzy Gillespie, se luce en el Festival de jazz de Frankfurt y, en 1953, supera a Paul Kühn en la elección como mejor pianista de jazz de Alemania. 

Llega incluso a liderar su propio quinteto –aunque la idea de ser la “cara visible” de un proyecto compartido la aterroriza- y se impone como instrumentista en un momento en que las mujeres parecían condenadas a ser cantantes. Pero no es feliz. No está siquiera cerca de serlo, porque no hace lo que desea. Mientras otras personas hallan motivación en la fama, ella anhela su reverso: el anonimato que no posee. El alcohol le da coraje por algunos momentos pero le deja, como secuela, cada vez más profundas depresiones.

De todas maneras, la celebridad y el destino se empecinan en hacerle otro guiño musical. Desde los Estados Unidos llega el afamado crítico, productor y compositor Leonard Feather. En sus maletas carga una cinta que alguien le envió unos meses antes, donde se escucha a Jutta y su quinteto. Feather le propone viajar a Nueva York, le asegura que puede hacer carrera allí, y para comprobarlo realiza una jugada publicitaria a dos puntas: mueve sus contactos para conseguirle una sesión de grabación en Frankfurt y, a su regreso a América, habla con su amigo Alfred Lion para que edite la placa en su sello, Blue Note. 

Así, en febrero de 1955 aparece New Faces – New Sounds from Germany, que la presenta ante el público neoyorquino: el disco incluye varias interpretaciones del Jutta Hipp Quintet, como Mon Petite –dedicada a su hijo Lionel-, Blue Skies y Cleopatra, entre otras. Para cuando ella arriba a la ciudad, con apenas 50 dólares en el bolsillo y un compromiso matrimonial con el guitarrista Attila Zoller que pronto romperá, se sorprende de ser conocida por allí. 

Sin embargo, su promotor la presenta como “la primera dama del jazz europeo” y logra que la contraten por seis meses como artista estable en The Hickory House. La acompañan varios notables: el baterista Ed Thigpen y el bajista Peter Ind, en ocasiones reemplazado por Ahmed Abdul-Malik. También conoce a varios de los grandes, como su admirado Horace Silver -de evidente ascendencia sobre su propio estilo- y Charles Mingus, quienes incluso la invitan a participar en diferentes jam sessions. 

Muy pronto se convierte en la primera mujer blanca –y que además no canta- en firmar para Blue Note, con quienes graba tres discos hasta agosto de 1956: At The Hickory House Vol. 1 y 2; y Jutta Hipp with Zoot Sims, considerado por amplio margen como su mejor trabajo. “Una de esas pequeñas joyas del hard-bop”, lo define el crítico Hans Koert. Luego de lucirse en el Newport Jazz Festival de ese mismo año, muchos auguran su despegue definitivo y la consolidación de su talento. Pero ella no está de acuerdo. 

El silencio absoluto

Leonard Feather no la ha dejado en paz desde su llegada a los Estados Unidos. Tal vez como “recompensa” por su ayuda, quiere que sea su amante –aunque para esa época está casado y es padre de un niño- y que grabe sus composiciones. Jutta rechaza ambas condiciones, lo que equivale a labrar su propia lápida musical: antes elogioso, el crítico pasa a ser destructivo; afirma que la influencia de Horace Silver arruinó su estilo y deja de gestionarle actuaciones. 

Se suma a todo ello su propio miedo escénico y el hartazgo causado por el machismo imperante en el círculo jazzero local. Un cruel ejemplo: cierta noche, en el Café Bohemia, el baterista Art Blakey la invita a tocar con su grupo, solo para arremeter con un ritmo endiablado que Jutta es incapaz de seguir. “¡Ahora pueden ver por qué no queremos que estos europeos vengan aquí y se queden con nuestros trabajos!”, le dice entonces Blakey al público, mientras la pianista abandona el lugar hundida en el mar de la vergüenza y la indignación.

Jutta no tiene demasiados contactos, pero tampoco está dispuesta a ceder a las presiones. No se lamenta ni reclama: después de todo, ni siquiera le interesa mucho hacer carrera en la música. Se encierra en sí misma, se aparta lentamente del centro de la escena y se despide, sin anunciarlo, con una gira por los estados del sur junto al grupo del saxofonista Jesse Powell. La paga es poca y el recorrido agotador, pero disfruta de una libertad artística que jamás había sentido. Y que no volverá a sentir. 

Otra vez en Nueva York, desaparece de todos los lugares habituales. Por un tiempo se limita a tocar en conciertos pequeños, los fines de semana. Luego, el silencio absoluto. Apenas un puñado de amigos muy cercanos, los pocos que supo cosechar en su nuevo país, están al tanto de su historia anónima. Esa que el resto solo descubrirá casi medio siglo después. Ni siquiera su familia en Alemania sabe qué fue de ella. Tampoco el sello Blue Note tiene un teléfono de contacto o una dirección para entregarle los cheques por las ventas de sus discos. 

Una mujer invisible

 Tal como siempre había deseado, a partir de entonces, Jutta es una más entre los millones de neoyorquinos desconocidos. Consigue un trabajo de confección en una fábrica de prendas masculinas, con un salario modesto pero seguro que le dará de comer por los siguientes 35 años. Alquila un departamento pequeño en Queens, donde cose su propia ropa y hace muñecas de paño. Puertas afuera, recorre las calles en busca de inspiración para sus pinturas o fotografías. 

Jutta Hipp, jazzpianista, pintora y compositora alemana. FOTO: WDR

Aprovechándose de su invisibilidad, se acerca también a los clubes de jazz para retratar a los nuevos artistas o realizar caricaturas de los consagrados: muchos de esos trabajos se publican en la revista alemana Jazz Podium, cuyo editor en jefe, Dieter Zimmerle, es de los pocos que conocen su paradero. Alejada de la exposición y las exigencias, deja la bebida y siente que renunciar para siempre al piano fue su mejor decisión.

Poco después del encuentro con Evered –promovido por un amigo común, el saxofonista Lee Konitz-, en el verano de 2002, llega a visitarla su hermano Hajo, quien aún reside en Alemania. No se ven desde 1955 y no volverán a verse: en la primavera de 2003, un cáncer de páncreas se lleva a la mujer europea que mejor comprendió el bebop. Jutta parte sin aclarar ninguno de los puntos oscuros de su historia. La homenajean obituarios imprecisos y colmados de presunciones porque no hay más remedio. Sin dinero para funerales, ni testamentos en disputa, su última voluntad es legarle sus restos a la Universidad de Columbia. En esos claustros obtienen detalles sobre su muerte y poco más. El destino, ese gran impostor, tampoco aparece en las autopsias.

“Ustedes no son capaces de entenderlo porque nacieron en los Estados Unidos, pero para nosotros el jazz es casi una forma de religión. Tuvimos que pelear por él y recuerdo algunas noches en que no bajábamos a los refugios antiaéreos por escuchar discos de jazz. Solo teníamos la sensación de que ustedes no eran nuestros enemigos, y aunque las bombas explotaban a nuestro alrededor, nos sentíamos seguros”.

–Jutta Hipp

*Jorge Basilago, periodista y escritor. Ha publicado en varios medios del Ecuador y la región. Coautor de los libros “A la orilla del silencio (Vida y obra de Osiris Rodríguez Castillos-2015)” y “Grillo constante (Historia y vigencia de la poesía musicalizada de Mario Benedetti-2018)”.