Elecciones 2021: se impusieron el poder económico y mediático

Por Samuel Guerra Bravo*

Claudia era una jovencita de bien que eligió casarse con William Munny, un pistolero, asesino, ladrón, díscolo y borracho. La madre de Claudia, que nunca pudo entender cómo su hija pudo casarse con un tipo de esa calaña, esperaba que cualquier día le llegara la noticia de su muerte a manos del asesino. Después de diez años de matrimonio, Claudia murió efectivamente…, pero no por su marido sino a causa de la viruela. Munny, que había sido regenerado por su esposa y se había vuelto un hombre común, tuvo que volver al crimen por algo de dinero para la educación de sus hijos. Cuando aparecen los créditos finales de la película, sobre el trasfondo del crepúsculo se le ve a Munny poniendo flores en la tumba de su esposa. Suena a la vez el bello y estremecedor tema principal de la banda sonora (Claudia´s Theme), escrito por alguien que no es músico, que es un gran director y un excelente actor (Clint Eastwood), pero que no es músico, que pudo sin embargo componer una pieza conmovedora porque conocía a fondo el alma de Munny. “Los imperdonables” (Unforgiven), así se titula esta película que superó en la década de los noventa del siglo pasado la vieja dicotomía de buenos y malos de los western clásicos. Los bandos que se enfrentan en el filme tienen malos antecedentes e historias oscuras, a pesar de que uno de ellos representa a la ley. Unos y otros no tienen perdón.

Recordé esta película a propósito de las elecciones del 11 de abril en la que se enfrentaron dos candidatos que habían basado sus estrategias electorales en las luces y sombras que los adornaban, en lugar de las visiones racionales y confiables del país que querían gobernar. No hubo, al menos explícitamente, un proyecto-país que sustentara su lucha política, ni se discutieron las visiones-de-país que guiaban sus actos de campaña. Todo se redujo, en último término, a estratagemas publicitarias basadas en vituperaciones y descréditos repetidos miles de veces por todo medio (visual, auditivo, escrito, digital, etc.) posible. Ganó el que alcanzó más impacto mediático y pudo sembrar las desacreditaciones y vituperios de su rival en la mente poco crítica de la gente. Con ello, se impusieron el poder económico y el poder mediático. 

El haber privilegiado el sacarse los cueros al sol en lugar de exponer sus visiones acerca de cómo pretendían conducir el país en el futuro inmediato, convierte a ambos bandos en imperdonables.  El país cayó en las redes de la desacreditación, el odio y la revancha y eligió, no al menos malo ni al más demócrata ni al más patriota, sino al que la propaganda logró posicionar como supuestamente trabajador, conciliador, esforzado. 

Y bien, ya está. Ya está elegido el que la propaganda posicionó como el idóneo en las actuales circunstancias, impidiendo que el país pensara en el sistema político que traía en sus espaldas. Al no pensar en ello, el país también se volvió imperdonable porque cayó tontamente en las trampas mediáticas que permitieron que la derecha le pasara por la galleta la continuación de un sistema político (el neoliberalismo,  el capitalismo salvaje) depredador y empobrecedor que se guía por la lógica del dinero y de la reproducción del dinero y no por las lógicas de las necesidades sociales insatisfechas, y menos por las lógicas de la equidad y justicia social.

Tales trampas mediáticas siguen generando sofismas como, por ejemplo: que “ha sido derrotado el correísmo, no la izquierda”, o que la suma de los votos nulos y el ausentismo (un 17% del electorado total) configuran “una tercera fuerza política” que haría pensar en una alternativa futura a los enfrentamientos tradicionales entre izquierda y derecha. Opiniones, ilusiones, sin sustento real.

En el juego de odios y revanchas, el anticorreísmo ha marcado ciertamente la última contienda electoral. Pero reducir esta a una lucha entre correístas y anticorreístas significa pensar, como otros analistas ya lo han señalado, que la historia del país empieza en 2007, cuando Rafael Correa accedió al poder. Este reduccionismo histórico explica que, no solo las burguesías, sino también sectores de las clases medias, de las clases bajas, del indigenado y de los grupos marginales, han olvidado el neoliberalismo sanguinario de Febres Cordero/Nebot, o el depredador de Sixto Durán Ballén/Dahik, o el hambreador de Jamil Mahuad/Lasso. 

No se entiende cómo el país ha elegido un sistema político que lo endeudará más, lo empobrecerá más, lo subyugará más, lo colonizará más. Los efectos de tal elección ya han empezado a verse (disminución de sueldos, despidos laborales, no pago de utilidades, alza de combustibles que encarece la vida toda, etc.) porque el gobierno que llega no es otra cosa que la continuación del que termina. Lasso lleva cogobernando cuatro años con el traidor que aplicó en su gobierno el programa del banquero. 

Es verdad: una mayoría de ecuatorianos no tenemos una lectura correcta del presente, ni del pasado, y mucho menos del futuro. Creemos que todo se reduce a un anticorreísmo enceguecedor que, manipulado por la derecha mediante eficaces recursos mediáticos, le ha permitido vendernos veneno neoliberal como medicina política. 

¡Ya está! El país se ha suicidado política y económicamente y no hay vueltas que darle. Prosperarán ciertas élites: oligarquías en el poder, banqueros, grandes empresarios… El país de las mayorías perderá. La izquierda ya ha perdido. El indigenado ha perdido. Las clases medias han perdido. La educación, la salud, la infraestructura, el progreso, han perdido. Los derechos, la democracia, han perdido. La juventud ha perdido. Y ya hemos empezado a sentir el sabor amargo de las equivocaciones. 

Tendremos cuatro años más de lo mismo, pero agravado, profundizado. Y no hay vacuna para eso. O mejor, la vacuna para eso debe salir de los mismos enfermos que en un gesto heroico de lucidez y valentía podrían cambiar su dolor y abatimiento en esfuerzo constructor que lo saque poco a poco de sus propios errores.

Espero despertarme algún día con la noticia de que las mayorías que a pesar de su lucha diaria no han podido salir desde hace décadas del atraso y la miseria, han aprendido por fin de la experiencia y se sienten capaces de levantarse y darse un destino distinto.  

“El país cayó en las redes de la desacreditación, el odio y la revancha y eligió, no al menos malo ni al más demócrata ni al más patriota, sino al que la propaganda logró posicionar como supuestamente trabajador, conciliador, esforzado”. 

*Samuel Guerra Bravo es investigador independiente. Ha sido profesor de la Escuela de Filosofía de la PUCE. Autor de libros y artículos de su especialidad. 

Fotografía: Primer encuentro entre el Presidente saliente, Lenín Moreno, y el Presidente entrante, Guillermo Lasso. Foto: TW/GuillermoLasso