¿Quién era Luis Sepúlveda? ¿Un hombre de mil libros y un millón de lecturas? ¿O quizás un poeta que alentaba con sus palabras a que muchos se quiten el ropaje de sus miedos y emprendan el vuelo que los hará libres? ¿Era un gato gordo y negro o una gaviota agonizante o un cascarón de esperanza? Tuvo que ser escritor, periodista y cineasta para hacer una radiografía fiable del mundo. Se descubrió marxista y agnóstico con el fin de ser más creyente en sus ideas y convencerse que dios es inaccesible, aunque esté en la boca de todos, aleluya, amén.

Cualquier parecido con los Ruptura de los 25 o los 30 o más es pura coincidencia. Como es coincidencia que justo en este gobiernucho de morenos, cuestas y michelenas, los susodichos hayan alcanzado ser lo que ahora son. Nadies. Así, con ese al final para que resuene en todos los rupturas que en el Ecuador han sido, son y serán.

¿Qué soñaba Miguel cuando estaba despierto? ¿Cuántas horas dormía, Miguel? Esas ojeras parecían ser el testigo de algún insomnio inconfesable ¿Qué desayunaba, Miguel? ¿Qué noticiero miraba mientras decodificaba sus discursos empresariales? ¿Tuvo algún credo, alguna cábala, un ciempiés en el florero, una herradura en la puerta, un libro de Marx debajo de la almohada?

Dicen los que lo han visto, sobre todo iluminado en las noches, que el centro histórico es una maravilla, guapeza de iglesias, lindura de calles, maravilla de tejados, y ya mismo de soplar velitas: 40 años hay que celebrarlo a lo grande, tirar la casa por la ventana, contratar chivas ambulantes, hacerse una selfie con la Virgen de El Panecillo de fondo, etc., etc.