El coronavirus no desnudó un país sobre cuyas intimidades ya teníamos amplio conocimiento; desnudó la inviabilidad de un futuro concebido desde una serie de premisas convencionales. Por ejemplo, que la desigualdad puede ser atenuada dentro del sistema capitalistas; que la informalidad es un terreno propicio para los emprendedores; que la privatización de los servicios incrementa la eficacia del sistema de salud; o que las fuerzas políticas persiguen el bien común cuando de enfrentar una tragedia colectiva se trata. La pandemia levantó el velo de las apariencias.

Después del levantamiento de octubre, el movimiento indígena se ha convertido en monedita de oro electoral. El que menos quiere arrimarse a la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (Conaie) o a Pachacutik para conseguir una candidatura. Poco importa la fuerza social demostrada en octubre o el potencial del proyecto plurinacional, o los cuestionamientos concretos a las viejas formas de poder o los eventuales cambios civilizatorios que subyacen a las luchas indígenas. Como tantas otras veces en el pasado, la política termina desleída en las urnas.

Pandemia es el capitalismo, no el coronavirus. No obstante, la Organización Mundial de la Salud (OMS) acaba de emitir una alarma que someterá al mundo entero a esa perversa ecuación comercial entre pánico y consumo. Como tantas otras veces en la historia, las gigantescas corporaciones médicas harán su agosto vendiendo mascarillas, medicamentos, tratamiento e insumos de laboratorio.

Una peligrosa institucionalización de la violencia oficial se está implantando en el país. Y no solo por el último llamado de la alcaldesa de Guayaquil a que los policías desenfunden sus pistolas alegremente. Esa aspiración no tiene nada de novedoso. En efecto, el proyecto socialcristiano se ha basado siempre en la exaltación del Estado policiaco: la única posibilidad de conservar un sistema que produce delincuencia en cantidades industriales es el uso de la fuerza.

08 enero 2019

Las coincidencias entre socialcristianos y correístas son cada día menos disimulables. La última perla apareció en la concha del Consejo Nacional Electoral: la resucitación del partido de bolsillo de Iván Espinel será recompensada –muy probablemente– con la absolución de Diana Atamaint en la Asamblea Nacional gracias a los votos correístas.