Viajar en taxi es siempre una oportunidad de intercambiar ideas o informaciones con un perfecto desconocido. En Quito, la experiencia es generalmente agradable: para los pasajeros experimentados, los habituales intercambios iniciales sobre el clima (en particular, sobre las posibilidades de lluvia) o sobre el estado del tráfico (variante ligada al estado del asfaltado de las calles), pueden llevar rápidamente a abordar temas que se pueden volver mucho más personales, como la política local o nacional (la huida de Houdini-Alvarado me ha dado personalmente material para varios viajes) o consideraciones de la utilidad de los feriados.

La construcción del primer subterráneo del Ecuador en el Distrito Metropolitano de Quito (DMQ) fue altamente cuestionada por la ciudadanía quiteña, inicialmente debido al elevado presupuesto destinado, a la posibilidad de poner en riesgo la declaratoria por parte de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), Quito Patrimonio Cultural de la Humanidad.

Cada año, el último sábado de junio, las calles del centro histórico de Quito, se cubren de colores, lentejuelas, encajes, maquillaje, pancartas y globos bajo un solo mensaje: igualdad de derechos a la comunidad LGBTI (lesbianas, gays, bisexuales, transgénero e intersex).

Llamar “Ecovía” a un sistema de transporte que propulsa  a 150 personas a 70 km por hora en un bus articulado, con motor diésel, por un carril exclusivo, parece un poco una exageración, a menos que se trate de ironía. ¿Será que el alcalde Roque Sevilla pensó en aquella época, a fines de los años 90, que no veríamos la diferencia, que no sabríamos qué era ecológico? ¿O que los catalizadores transformarían mágicamente las emisiones en vaporcito?