En las academias, cumpliendo con el pronunciamiento de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) sobre el Año de las Lenguas Indígenas, se ha comenzado a discutir los problemas  que  enfrentan esos idiomas.  Es un hecho que la situación lingüística se caracteriza por el entrelazamiento de relaciones económicas, políticas, ideológicas, étnicas, sociales, culturales.

Ahora que la Organización de las Naciones Unidas ha proclamado el 2019 como el Año Internacional de las Lenguas Indígenas y que la Unesco (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura) ha asumido la labor de sensibilizar a la opinión pública mundial sobre los riesgos que aquellas enfrentan, se constata con gran consternación que el quichua ha ido retrocediendo más y más en las últimas décadas.

Uno de los elementos por el que el movimiento indígena ha luchado desde sus inicios es la educación. Lo que en principio se puede concebir como una demanda de atención del Estado a los pueblos y nacionalidades indígenas en términos de alfabetización, se fue convirtiendo, con la reflexión y praxis colectiva al interior de las organizaciones, en la necesidad y deseo simultáneo de un proyecto educativo propio que acompañe el andar del movimiento indígena y sea un pilar fundamental en la transformación radical de las condiciones de dominación y explotación de los pueblos indígenas.