Por Natalia Enríquez*


Tapa y contratapa: Fernanda Melchor (Veracruz, México, 1982). Ha publicado Falsa Liebre (2013) novela, y Aquí no es Miami (2013) crónicas. 


“Un grupo de niños encuentra un cadáver flotando en las aguas turbias de un canal de riego cercano a la ranchería de La Matosa. Es el cuerpo de la Bruja, una mujer que heredó dicho oficio de su madre fallecida, y a quienes los pobladores de esa zona rural respetaban y temían”.

Por Natalia Enríquez*


Tapa y contratapa: Ariana Harwicz (Buenos Aires, 1977), ha publicado: Matate amor (2012); La débil mental (2014); Precoz (2015); Degenerado (2019).


“Un proceso judicial que muestra a un hombre enfrentado a toda una sociedad, acusado de pedofilia quien decide pelear hasta el final”. Así reza la colorida banda de presentación del libro en contraste con la portada de una liebre desgarrada y en gesto vital de salto; guiño seductor, pues el libro toma varios riesgos. Es una historia contada desde otro lado, no el de la oficialidad, ni el de la legalidad; desde el inicio hay este gesto irreverente de la autora, con tres pilares que sostienen su carácter más literario y transgresor.

Desierto sonoro es una novela que se convierte en una suerte de collage literario, en el que se superponen texturas, recursos, espacialidades, puntos de fuga y de clímax, muchas cajas encierran, a su vez, otras más íntimas que guardan micro universos, relieves y bifurcaciones. Literariamente es un paisaje que combina capas y capas de ficción y sensibilidades.

Redacción Línea de Fuego

La primera transmisión radial de la historia cumplió 100 años el pasado 27 de agosto. Vista desde la perspectiva de su primer centenario, aquella no fue exclusivamente una iniciativa comercial o artística –aunque llegara serlo en el futuro- sino también política: ampliar el alcance y los horizontes de ciertas manifestaciones, democratizar el acceso a ellas, y pensar esa nueva herramienta tecnológica como un servicio cultural accesible a toda la población. Tal vez, por eso, sus responsables fueron conocidos, desde entonces y para siempre, como “Los locos de la azotea”.