¿Quién era Luis Sepúlveda? ¿Un hombre de mil libros y un millón de lecturas? ¿O quizás un poeta que alentaba con sus palabras a que muchos se quiten el ropaje de sus miedos y emprendan el vuelo que los hará libres? ¿Era un gato gordo y negro o una gaviota agonizante o un cascarón de esperanza? Tuvo que ser escritor, periodista y cineasta para hacer una radiografía fiable del mundo. Se descubrió marxista y agnóstico con el fin de ser más creyente en sus ideas y convencerse que dios es inaccesible, aunque esté en la boca de todos, aleluya, amén.

En tiempos de pandemia, cuando todos los esfuerzos están encaminados en pensarnos y re-pensarnos el ahora y el después de una peste que no sabemos en qué desencadenará; es importante plantearnos diversos escenarios. Sobre esto se han escrito numerosos artículos científicos, políticos, económicos. etc., en donde se indica que esto será irremediable y catastrófico.

¿Cómo concebir un proyecto político desde el arte como potencia creadora de ideología contrahegemónica?

Tratando de rastrear la respuesta a esta interrogante hay que dar una mirada a los estudios culturales en América Latina, dando un salto a los años 60 y 70, donde autores como José Carlos Mariátegui (1928), José María Arguedas Arguedas (1940), Antonio Cornejo Polar (1950) y Agustín Cueva (1970) retornan la mirada hacia la construcción de una ‘teoría de la heterogeneidad’, advirtiendo que para explicar la cultura deben entenderse las dialécticas heterogéneas.