Acabo de estar en Estocolmo, 24 horas después de la concesión del premio Nobel al escritor chino Mo Yan, casi un desconocido en Occidente, y aún resonaba el eco de la polémica sobre su silencio al negarse a pedirle a su Gobierno la libertad del también premio Nobel —de la paz— Liu Xiaobo, detenido y condenado a 11 años de cárcel por pedir reformas democráticas. Un silencio que provocó un aluvión de críticas que le aguaron un poco la fiesta.