Por Jorge Basilago*

El destino suele ser un gran impostor. A menudo finge estar escrito de antemano y tenerlo todo previsto; pero apenas un instante después nos desorienta con enmiendas o tachaduras de principiante, giros inesperados y oportunidades que semejan condenas. Cuando niña Jutta Hipp soñaba, en su Leipzig natal, con un futuro entre lienzos y paletas; hasta su nombre, una variante de Judith –“la alabada”-, parecía augurarle éxitos y reconocimiento en el camino elegido. 

Por Jorge Basilago*

Domingo 5 de febrero de 1967. Un par de horas después del mediodía, en el municipio de La Reina –un alejado suburbio de la ciudad de Santiago de Chile-, suena con fuerza la música de algún festejo familiar. Tal vez por eso, el eco solitario de un disparo tarda en causar alarma entre los pobladores. Solo algunos momentos más tarde advierten que Violeta Parra, vecina del lugar y una de las creadoras más notables de la historia chilena, acaba de suicidarse. Cuando su hijo Ángel recibe la noticia por teléfono, lo atraviesan sensaciones contrapuestas: “(…) alegría por su liberación, tristeza por su ausencia que pensé definitiva. Error, desde ese día, su presencia no ha dejado de acompañarme”, anota en su libro Violeta se fue a los cielos.

Por Jorge Basilago*

En la región noreste de Sudáfrica, el Transvaal, viven los Bapedi. Son un pueblo paradójico: uno de los grupos étnicos más castigados por la discriminación y la violencia racial institucionalizada, tiene sin embargo una música tradicional festiva y alegre. Cuando Zenzile Miriam Makeba los conoció, siendo apenas una adolescente, se enamoró de ese rasgo que ella compartía desde pequeña, en un país donde las rejas y los golpes oscurecían los sueños de la inmensa mayoría. “Cuando niña, me gustaba trepar a los árboles y ponerme a cantar. Me imaginaba que era un pájaro y volaba…”, recordaba.

Por Jorge Basilago*

La puerta está abierta en espera de los visitantes. A simple vista, el ordenado espacio interior no parece la vivienda de un músico de rock: cada libro en su lugar, posters con bastidores y colgados prolijamente… La delgada figura de Jaime Guevara asoma de pronto, como para confirmar que sí es su casa. Detrás de la obligada mascarilla, su boina negra y su cabello larguísimo saludan con una reverencia a distancia prudencial, como marcan estos tiempos pandémicos.

“Tenía el pelo más tupido, pero en octubre me lo jodieron, igual que el ojo derecho”, relata sin preámbulos, bien predispuesto para la entrevista con La Línea de Fuego. “Nos acorralaron en la caseta del parque El Arbolito y nos dieron bomba en ese recinto cerrado. Se perdió todo escrúpulo: en mis años de militante de la guitarra nunca he visto tal represión, ni siquiera en los tiempos de la bestia de (León) Febres Cordero”, agrega. 

Habla, por supuesto, de lo que vio y vivió durante el violento accionar estatal de octubre de 2019; y lo compara con otras situaciones similares de los últimos 50 años, de las que también fue testigo, protagonista y narrador –guitarra en mano- al mismo tiempo. Rememora alegrías y desilusiones. Se entusiasma con el renacer de la rebeldía popular, en igual medida que descree de las soluciones políticas partidarias. Canta y cuenta, que de eso se tratan su vida y su arte.