La década perdida dejó un andamiaje – hasta la fecha – difícil de desmontar: el tráfico de influencias, el manejo clientelar de la institucionalidad del Estado y el derroche faraónico de recursos para disfrazar la crisis con bonanza a pretexto de cualquier mejora o compra técnica, tecnológica y de infraestructura; pero también, el deseo perverso por convertir a los funcionarios públicos en trabajadores particulares y mercenarios al servicio irrestricto de las autoridades de turno cuyos intereses no siempre son los mismos que los del país

Con la primavera de las movilizaciones latinoamericanas también se configuró el fascismo. Así como una cárcel se construye de varios materiales, el fascismo fue aliando los microfascismos existentes en las sociedades: élites y clases autoritarias, machismos, racismos, militarismos, violencias paramilitares, mafias, xenofobia, sectas religiosas ultraconservadoras, ignorancia y partidos de ultraderecha, con la consabida persecución ideológica y manipulación mediática de masas.

Una peligrosa institucionalización de la violencia oficial se está implantando en el país. Y no solo por el último llamado de la alcaldesa de Guayaquil a que los policías desenfunden sus pistolas alegremente. Esa aspiración no tiene nada de novedoso. En efecto, el proyecto socialcristiano se ha basado siempre en la exaltación del Estado policiaco: la única posibilidad de conservar un sistema que produce delincuencia en cantidades industriales es el uso de la fuerza.

Ni de creer ¿Sí se dieron cuenta que desde hace unos días los adalides de la moral pública y la libertad de expresión: los pelagatos, se mandan unos artículos donde le dan durísimo a su ex amigo y aliado de la paz, la concordia, el anticorreismo y la libertad de expresión entre panas? Si son unos bellos, unas almas dolidas del periodismo criollo. Unas ganas de abrazarles con toda mi libertad de expresión. Deverasmente que son es lo máximo.

Durante  la década precedente y lo que va del periodo gobernante, el daño sostenible más evidente fue y es la implantación del paradigma dominante de la meritocracia, sobre todo porque el escenario de saña es el sistema educativo.  Elevado a discurso reparador,   la meritocracia encubrió y afirmo  desigualdades  en las políticas de acceso al sistema de educación superior, deteriorando a su paso todos los niveles del sistema formativo del país.

La minga, concepto de la cosmovisión andina cuyo enfoque paradigmático implica una relación de paridad, complementariedad y reciprocidad en comunidad; ha sido vaciado en toda su esencia por un discurso netamente utilitario y un performance multicolor que lo redujo a su condición de palabreja folklórica instrumentalizada por quienes de forma grosera intentan revestir de decencia los acuerdos contra-natura y los amarres políticos entre la partidocracia de Mocolí y la “Década perdida”, para dejar en impunidad la estela del tráfico de influencias, los indicios de fraude, la pérdida de derechos ciudadanos y la invisibilidad de los resultados electorales.

Los microorganismos del correísmo se propagaron por clones y derivaron en la cepa del Morenovirus. No es complicado auscultar el conjunto de síntomas: la improvisación más descuajeringada, la ignorancia en la administración pública, los embelecos con la burguesía, los amarres de parentesco en los cargos, la demagogia extrema, la corrupción desaforada, el discurso grandilocuente de echar la culpa al otro, las decisiones políticas anodinas tipo “tren playero”, la inhumanidad con los indígenas y trabajadores, la persecución judicial y mediática, la violación de la libertad de expresión, la enajenación perpetua de la soberanía, la xenofobia y el racismo infecciosos.