Una peligrosa institucionalización de la violencia oficial se está implantando en el país. Y no solo por el último llamado de la alcaldesa de Guayaquil a que los policías desenfunden sus pistolas alegremente. Esa aspiración no tiene nada de novedoso. En efecto, el proyecto socialcristiano se ha basado siempre en la exaltación del Estado policiaco: la única posibilidad de conservar un sistema que produce delincuencia en cantidades industriales es el uso de la fuerza.

Ni de creer ¿Sí se dieron cuenta que desde hace unos días los adalides de la moral pública y la libertad de expresión: los pelagatos, se mandan unos artículos donde le dan durísimo a su ex amigo y aliado de la paz, la concordia, el anticorreismo y la libertad de expresión entre panas? Si son unos bellos, unas almas dolidas del periodismo criollo. Unas ganas de abrazarles con toda mi libertad de expresión. Deverasmente que son es lo máximo.

Durante  la década precedente y lo que va del periodo gobernante, el daño sostenible más evidente fue y es la implantación del paradigma dominante de la meritocracia, sobre todo porque el escenario de saña es el sistema educativo.  Elevado a discurso reparador,   la meritocracia encubrió y afirmo  desigualdades  en las políticas de acceso al sistema de educación superior, deteriorando a su paso todos los niveles del sistema formativo del país.

Entre desigualdades coyunturales y estructurales[1]

 Joseph Schumpeter llamó al capitalismo la “civilización de la desigualdad” (1949, p.419)[4]. Pero, si refinamos el análisis, vemos que el capitalismo no posee una sola desigualdad, sino múltiples desigualdades de diferentes dimensiones (económicas, étnicas, de género, políticas, regionales, etc.) que tienden a entrecruzarse. En particular, dentro del capitalismo encontramos desigualdades estructurales que muchas veces quedan ocultas tras el inmediatismo de las desigualdades coyunturales.