Con el desarrollo biotecnológico, el coronavirus es parte de una familia de tecnologías de poder que han aparecido en los laboratorios desde el siglo XX. No es el primer virus donde se aplica la biopolítica y el discurso del pánico global. Las plagas bíblicas guardan estrechos sentidos religiosos y políticos para el control de las poblaciones dentro de los discursos del orden social.

Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía, afirma que sobre los países con grandes recursos naturales pende la maldición de la pobreza, porque su patrimonios, gestionados y apropiados por las transnacionales, no propician ni garantizan el desarrollo tan esperado, tanto más que el desempeño de sus Estados suele ser más  deficiente que el de muchas naciones con recursos más escasos.

La renovación etaria de los liderazgos políticos no conduce en sí misma a un cambio en la cultura política del país o al interior de los partidos y movimientos; así como tampoco asegura mejores prácticas para la consolidación de una democracia moderna, totalmente distinta al membrete que se usa en Ecuador. Por ello, resulta contradictorio que varios analistas consideren que la formación política de nuevos liderazgos sea – por antonomasia – la panacea que hará a esta nación más democrática o menos corrupta.

En estos momentos en Estados Unidos hay una gran tensión sobre la polarización en el proceso electoral, lo que además propicia la invisibilización del único candidato independiente indígena a la presidencia de los Estados Unidos de Norteamérica. Hay un apagón informativo sobre los actos de campaña, los fines y el programa de gobierno que propone Mark Charles.

Diversas son las teorías que pretenden explicar el origen del coronavirus o Covid-19: las que advierten una guerra biológica por la disputa de la hegemonía mundial, las que culpan a los excéntricos gustos gastronómicos de los pueblos asiáticos e incluso aquellas que especulan sobre la mutación premeditada de la cepa en manos de las farmacéuticas para lucrar con las correspondientes vacunas.

Sólo los odiadores de derecha e izquierda cierran los ojos ante la evidencia palpable de que el proceso político en el Ecuador tiene un antes y un   después de Rafael Correa Delgado. Las acusaciones de corrupción hechas a raíz de la traición de Lenín Moreno Garcés no pueden, ni podrán, negar el intento de “asaltar el cielo” hecho por Rafael Correa y la llamada Revolución Ciudadana.