Por Natalia Enríquez*

En la realidad, por dentro y por fuera, incluso en sus hilos más finos que la componen, perder para a veces ganar, es una acción subversiva, peligrosa, por solidaria y amorosa. Sí, una acción amorosa que rompe la manera en que comprendemos la competición, en la dimensión del deporte, del juego y de la vida. Un espacio naturalizado para la disputa, para la exhibición y la ganancia siempre. El pez grande se come al pequeño y así, nadie está preparado para dejarse ganar.