¿Cuánto cuesta tener un troglodita en el gobierno? ¿Cuánto le cuesta al país soportar un ignorantón con ínfulas de sabio? ¿Cuánto le cuesta a Moreno y a María Paula una declaración a los medios de un tal Santiago? ¿Cueste lo que cueste hay que mantenerlo en Carondelet? ¿Sus pensamientos en cuesta y sus acciones en bajada qué representan para este gobierno, gobiernillo, gobiernucho?

Una de las mayores preocupaciones ciudadanas a propósito de la conformación del Consejo de Participación Ciudadana (CPCCS) definitivo era la calidad y el nivel de formación política de los candidatos. En efecto, durante la campaña fue evidente que la mayoría de los aspirantes no sabían a qué iban; y quienes sí tenían alguna intención oculta tampoco sabían cómo ponerla en práctica.

Cuando escucho a connotados “constitucionalistas” decir que con una consulta o reforma constitucional se puede suprimir una función del Estado como el Consejo de Participación Ciudadana, no puedo más que notar su relación directa con el régimen. Hace pocos año, estos mismos profesionales decían que la única forma de hacer cambios de la estructura del Estado era el camino constituyente.

La década perdida dejó como legado la exportación del odio y la ruindad en los más fieles seguidores del correísmo. Los cobardes de carne y hueso como Graciela Mora y Fausto Ortuño, así como los que encubren sus rostros tras una red social, difamaron hasta la saciedad a Julio César Trujillo, en la ceremonia de cierre de gestión del Consejo de Participación Ciudadana y Control Social – Transitorio (CPCCS-T), que presidió desde marzo de 2018 hasta el 19 de mayo de 2019.