La renovación etaria de los liderazgos políticos no conduce en sí misma a un cambio en la cultura política del país o al interior de los partidos y movimientos; así como tampoco asegura mejores prácticas para la consolidación de una democracia moderna, totalmente distinta al membrete que se usa en Ecuador. Por ello, resulta contradictorio que varios analistas consideren que la formación política de nuevos liderazgos sea – por antonomasia – la panacea que hará a esta nación más democrática o menos corrupta.

La minga, concepto de la cosmovisión andina cuyo enfoque paradigmático implica una relación de paridad, complementariedad y reciprocidad en comunidad; ha sido vaciado en toda su esencia por un discurso netamente utilitario y un performance multicolor que lo redujo a su condición de palabreja folklórica instrumentalizada por quienes de forma grosera intentan revestir de decencia los acuerdos contra-natura y los amarres políticos entre la partidocracia de Mocolí y la “Década perdida”, para dejar en impunidad la estela del tráfico de influencias, los indicios de fraude, la pérdida de derechos ciudadanos y la invisibilidad de los resultados electorales.

¿Novelería o integración consciente al convivir democrático?

En Ecuador, la democracia ha sido secuestrada por las vorágines populistas y los cálculos electorales de algunos “comedidos” que en ejercicio del poder impulsaron al grado de derecho propuestas engañosamente cautivadoras bajo los slogans de la inclusión, la equidad, el “progresismo” y la reivindicación no excluyente de la ciudadanía; propuestas que en muchos casos no fueron planteadas por sus ahora beneficiarios.

Es probable que en la república de la farándula estas palabras no sean las “políticamente correctas”, sobre todo para un segmento de la sociedad caracterizado por su cinismo y por lidiar a placer con las dádivas de la corrupción arrojadas por el ‘Arroz Verde’, así como también para el feminismo e indigenismo sectario y bravucón.

Los debates periodísticos sobre la violencia contra la mujer tienden a visualizar en la disyuntiva de género la ecuación perfecta para la promoción de la coerción y el odio en sus distintas manifestaciones físicas y psicológicas, cuyas consecuencias pueden ser letales: mujeres violentadas sistemáticamente en distintas etapas de su vida que terminan en decesos lamentables.