La ausencia del Estado candidato fue un elemento diferenciador entre los procesos electorales de 2014 y 2019. Esto evidencia en el destape de las organizaciones políticas y los candidatos como participantes de la competencia electoral lo que muestra una profunda fragmentación por la multiplicidad de actores sin trayectoria política que intentaron de una u otra manera obtener la mayor cantidad de puestos de elección popular.

¿Juntos y revueltos?

La modernización del Estado correísta alteró el tejido social y organizativo de las expresiones sociales. Las primeras fracturas de la hegemonía correísta se pueden recoger empíricamente en los años 2010 y 2011, pero la primera gran crisis estalla en el 2013, la que se traduce en el revés electoral de 2014 y en grandes movilizaciones.

Hay muchos semblantes de las elecciones. Algunas alcaldesas ganaron ampliamente como Cynthia Viteri, en Guayaquil (52,76%) por Madera de Guerrero, y Lucía Sosa (44,9%), en Esmeraldas por Unidad Popular; o los alcaldes Agustín Casanova (43,77%) en Portoviejo en una alianza del Partido Social Cristiano; Abraham Freire (42,09%) en Lago Agrio en una alianza de Suma; Ricardo Ramírez (54, 6%) en una alianza de Unidad Popular; Javier Altamirano (44,1 %) en Ambato en una alianza de la Izquierda Democrática.

Los partidos políticos han contaminado la sociedad y dividido a los ciudadanos en todo el mundo y haciendo uso del poder ganado en el juego “limpio” de la “democracia”, se han atrincherando en el Estado, del que se han apropiado. Estos, han decidido dividir y alejar la ciudadanía, a la que ya no sirven con prioridad, con tal de mantenerse en el poder.

¡Qué se han de querer reelegir ahora los mismos! ¡Quince, veinte y hasta treinta años! Si no están los mismos, están las mismas familias. Como táctica Matusalén, ahí mismo calentando el asiento; con un negocio en un lado, hacienda en otro; radio en un cantón, televisión en otro; contratos con sobreprecio por aquí, compadre huido por allá, amigo hecho enemigo más allá, ¿cuál también será el gusto?

El filósofo ecuatoriano Bolívar Echeverría nos anticipó diciendo que los tejidos ampulosos de la modernidad capitalista suprimen, pero no absolutamente, la fiesta y por tanto la política como irreverencia. Es común hoy escuchar: “en Quito no se juega carnaval”. Lo profano ha sido sacralizado. Pero también ha sucedido al revés. La fiesta se ha recreado con objetivos enajenantes. Despidos y paquetazos se hacen previos a los feriados.