En Guayaquil se constata peligro y alegría,   calor y locura. Ciudad portuaria que desde la rivera de su gran río se aproxima al mar. Tiene evidente sobredosis de libertad, muy propicia a la anarquía en su gente. Se vive a veces   una caricatura existencial y esa experiencia se   ensaya mirando furtivamente a un poeta, a aquel de verbo extraño que por doquier camina o a ese otro terrorista auténtico de la no convencionalidad.