Martes 19 de noviembre de 2019, a las 21:00 o 22:00, suena fuertemente la puerta de madera. Desde la ventana de mi habitación alcanzo a observar la calle, un policía de operaciones especiales con armamento de guerra y otro vestido de civil, me hacen señas. No tengo idea si es para que les abra la puerta, o están alertando al equipo que se encontraba apostado en la puerta para que actúe.

En Guayaquil se constata peligro y alegría,   calor y locura. Ciudad portuaria que desde la rivera de su gran río se aproxima al mar. Tiene evidente sobredosis de libertad, muy propicia a la anarquía en su gente. Se vive a veces   una caricatura existencial y esa experiencia se   ensaya mirando furtivamente a un poeta, a aquel de verbo extraño que por doquier camina o a ese otro terrorista auténtico de la no convencionalidad.

El 15 de enero de 2019 se deberá recordar por un fallo histórico a favor de las demandas de las organizaciones campesinas en el Ecuador: frente a una pequeña sala de la Casa Judicial de Quevedo, que se llena con unos veinte espectadores que traen banderas rojas y visten sombreros, un juez constitucional declara que los cultivos de soya transgénica encontrados en la provincia de Los Ríos a finales del año 2018 son inconstitucionales, “violan el derecho a la vida, a la tierra, la salud, la alimentación y atropellan los derechos de la Pachamama”.

Todo el mundo conoce el dicho ‘pueblo chico, infierno grande’, pero esta frase significa algo distinto en la Vía Auca. Aquí, como dice Manuel Méndez, uno de los líderes jóvenes de las recientes paralizaciones en la zona, el dicho refiere a un fenómeno que define el lugar: ‘Casi no hay nadie, parece que no pasa nada, pero somos gente brava y hacemos la lucha grande’.

En la pasada “Fiesta de las luces” en Quito, más allá de ser una plantilla endosada en cada edificio significativo del centro histórico con rellenos de imágenes animadas, algunas intentando calzar en las estructuras, como la de San Francisco, y otras proyectadas por proyectar, como en la Plaza Grande y Santo Domingo; más allá de unas atrocidades, como los paraguas colgando en una calle o la esfera gigante de alguna discoteca de los 80; hubo ciertas novedades, como esa especie de ballenas voladoras en la 24 de Mayo; y otra, que me atrapó por su sencillez: el homenaje a los desaparecidos, en la Mejía y García Moreno.

29 agosto 2018

Pierdo el bus de las siete de la mañana y no hay otro hasta las once. Me toma por sorpresa dado que es día de feria y la feria de Simiatug, ubicada en el cantón Guaranda, provincia Bolívar, es grande, importante. Pero hay otro bus, me explica un chofer evidentemente ansioso por llenar su vehículo. Sale en cinco minutos, dice y me va a dejar cerca.