Los diseños y estilos eran de las más diversas afecciones, la necesidad convertida, una vez más, en la producción insaciable del deseo expresado en estilosos cubrebocas.
La violencia contra mujeres y niñas violadas, proveniente tanto de los violadores directos como del Estado que las somete, es inconcebible e inaguantable.
Hasta 1938, en Ecuador la penalización del aborto estaba sujeta a la moral pública y a la honra de la familia. En ese año, el entonces nuevo Código Penal tenía como su centro de protección jurídica, en casos de aborto, a la vida. En este código penal se despenalizó el aborto en caso que corra riesgo la salud o vida de la mujer embarazada, y también, en el caso de que la mujer tenga alguna discapacidad mental[1].
Será una década sin lograr un COS satisfactorio para los derechos a la salud. El infructuoso diálogo liderado por los gobiernos lleva a algunas conclusiones: los intereses contrapuestos en el sector salud son significativos y difícilmente reconciliables, a tal punto que no han hecho viable una perspectiva común. No es cuestión exclusiva de las personas y equipos que han dirigido o dirigen el MSP, responsable gubernamental del diálogo, sino del desajuste estructural entre los actores del sistema sanitario existente, sus intereses específicos, sus posturas ideológicas y una rectoría que resulta no pertinente. Las personas son importantes pero la estructura lo es más. El harakiri es patético para la institucionalidad, pero abre una puerta para otro sendero.
Sucumbíos es una mucho más que verde y húmeda provincia en el norte de Ecuador. Colinda con el Departamento de Putumayo, sur de Colombia, una zona históricamente azotada por conflictos armados, y con otras cinco provincias de la Amazonía y Sierra ecuatorianas. Es una franja de territorio reconocida por su biodiversidad, única en el mundo, y –paradójicamente– por la industria del petróleo, a la cual debe su nombre su capital: Lago Agrio. En 1969, Texaco inició la explotación del oro negro y eso atrajo a miles de colonos inmigrantes del sur del país. En ese tiempo nadie imaginó que la migración podía suponer un problema.
Lo digo de frentón: los trabajadores no deben renunciar a su dignidad a pretexto de la crisis económica y política que afronta el país en toda su institucionalidad. Tampoco pueden estar sujetos a la volatilidad emocional de sus superiores, quienes en algunos casos normalizaron la verbalización de la violencia como rutina cotidiana de relacionamiento, pero también de discriminación entre una élite intelectual y sus simples operarios, quienes habitan a la sombra del anonimato laboral.
Por Indira Huilca* / Tomado de Jacobinlat.com
Perú vive días agitados e inciertos. La vacancia contra Vizcarra redundó en la asunción del gobierno por parte...
Aunque la actividad de las ciudades se detuvo con la expansión de covid-19, no ocurrió lo mismo con el trabajo del campo. Sí, los campesinos e indígenas quedaron más aislados que nunca de la atención pública y mediática, pero no se acomodaron en el lamento y la queja, continuaron labrando la tierra que da el sustento al campo y a la ciudad.
La realidad y la ficción se parecen tanto que, en estos tiempos profundamente mediáticos, es muy dificil distinguir las líneas que la separan. Esto aconteció en estos días, ante nuestros ojos, en las últimas elecciones presidenciales realizadas en los Estados Unidos, donde triunfó el demócrata Joe Biden, enterrando al fascista republicano Donald Trump.
En el 2016, la elección de Donald Trump como Presidente de los Estados Unidos tomó a los medios de comunicación de todo el país por sorpresa; a raíz de eso se comprometieron a incluir en sus redacciones a las distintas comunidades que conforman esta nación. Esto supone a conservadores, aquellos en áreas rurales (un grupo complejo por sí mismo) y, sí, a los latinos.
Las comunidades en Cotopaxi celebran a sus muertos de la manera más fiel que pueden. Ha pasado ya mucho tiempo desde que el sincretismo entre el ser indígena y las religiones de occidente se juntaron, con esto las nuevas maneras de vivir la presencia de los muertos a través de la religión, a veces, se divide entre iglesias, pero con una misma idea de conservar lo indígena, y al parecer los alimentos resultan ser parte de la ofrenda más ancestral para los que ya no están en este mundo.
Varios de los cartuchos de gas lacrimógeno que la fuerza publica empleó en Ecuador durante el Paro Nacional de octubre 2019, habían pasado la fecha de vencimiento indicada por el fabricante. Durante nuestra investigación encontramos cartuchos fabricados en 2010 y expirados en 2015, es decir con más de cuatro años de vencimiento. Para María Fernanda Poveda, abogada de la Comisión Ecuménica de Derechos Humanos, esto es un crimen. “Por algo [los cartuchos] tienen una fecha de vencimiento”, afirmó.
Ni la pandemia ni la crisis económica han sido obstáculo para quienes quieren gobernar este pequeño país del sur de América durante los próximos cuatro años. Las aspiraciones presidenciales son un disparate: 12 candidaturas admitidas y tres en trámite hasta la fecha de este informe. La campaña para las elecciones de febrero de 2021 será en condiciones peculiares: sin tarima ni multitudes o grandes concentraciones por la emergencia sanitaria y en un escenario de descontento social, corrupción y hastío, caldo de cultivo para la demagogia y el populismo. Todo indica que las redes sociales serán el caballo de la batalla en estas elecciones y que los candidatos echarán mano de ejércitos de trolls, las noticias falsas, cadenas de desprestigio y descalificación, memes y cadenas de mensajes por whatsapp. Se prevé mucha campaña sucia y menos debate de ideas y propuestas para sacar adelante al país.
Fueron cuatro décadas y en ellas pasaron muchas cosas. El fin de la Constitución de 1980 marca un hito en varios aspectos: cierra la transición pactada de un modelo administrado por la clase política y abre un nuevo período en la historia con un fuerte componente ciudadano. Un hecho inédito en nuestra vida republicana, que desató celebraciones en todo Chile.
En tiempos en los que nos acecha el capital a través de su violencia neoliberal, miles de mujeres y hombres con temple de páramo y vestidos de tierra, irrumpieron en aquella indignación popular condenada al silencio, la liberaron. Son los hijos del levantamiento indígena y de las resistencias al ALCA de fines del siglo XX, son de agua y semilla pero también de asfalto y redes sociales.