Esta es la sexta y última entrega del libro “La Dignidad de la Memoria” (2025, editores: Fausto Campaña y Arturo Campaña). Su protagonista es María Arboleda (Portoviejo, 20 de mayo de 1953 – Quito, 1 de mayo de 2020), socióloga, feminista, escritora, y sobre todo militante, que no necesita mucha presentación. El texto se elaboró en base a conversaciones con su hermana Virginia y su hija Suaky.
Quienes la conocieron desde su juventud, saben de su enorme compromiso con las luchas de los pueblos y nacionalidades del Ecuador, con las luchas sindicales, con el feminismo, y con toda causa justa que se presentaba por delante, como la lucha contra la corrupción; fue parte de la Comisión Nacional Anticorrupción (CNA), fundada por el Frente Unitario de los Trabajadores (FUT) en el año 2015.
María Arboleda fue amiga y colaboradora de La Línea de Fuego, que publicó algunos importantes trabajos suyos, como: “Cuatro tesis sobre escribir montubio” 2015 https://lalineadefuego.info/cuatro-tesis-sobre-escribir-montubio1-por-maria-arboleda/; “La patriarcalidad emergente. A propósito del nuevo gobierno en los Estados Unidos” 2017 https://lalineadefuego.info/la-patriarcalidad-emergente-a-proposito-del-nuevo-gobierno-en-los-estados-unidos-por-maria-arboleda/; o la conversación de Jorge Basilago con Raúl Borja, el compañero de María Arboleda, sobre uno de sus trabajos sociológicos muy importantes de su juventud “El indigenismo perdido” https://lalineadefuego.info/el-indigenismo-perdido-o-como-llenar-de-sentido-los-vacios/.
Pero quizá, una de las joyas más preciosas de María Arboleda, que publicó La Línea de Fuego en el quinto aniversario del fallecimiento de María (1º de mayo de 2020 / hasta en la fecha de su doloroso fallecimiento se identificó con los trabajadores), gracias a la generosidad de su compañero, Raúl Borja, es una carta íntima, poética, que recoge los pasos de la adolescencia de María en un Quito y en unos caminos que estaban por descubrirse: “LO MÁS AMADO” (María Arboleda V. a Raúl Borja, febrero de 1984) https://lalineadefuego.info/lo-mas-amado-carta-de-maria-arboleda/.
“Un peluche bajo sospecha”, describe otras facetas de la vida de María Arboleda, desde la memoria amorosa de su hermana Virginia y su hija Suaky; incluyendo su paso por Chile de la Unidad Popular y su salida precipitada ante el golpe militar. Con esta sexta y última entrega del libro “La Dignidad de la Memoria”, se cierra esta serie publicada por La Línea de Fuego; pero el libro (CEAS 2025, Fausto Campaña y Arturo Campaña editores) tiene otras treinta historias (36 en total) listas a ser descubiertas.
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UN PELUCHE BAJO SOSPECHA
Arturo Campaña Karolys
Con su pequeña Suaky, María y Osvaldo serían parte del grupo de jóvenes estudiantes ecuatorianos y chilenos que, habiéndose puesto a salvo de la persecución emprendida tras el derrocamiento del gobierno de Salvador Allende por la dictadura de Pinochet, planificada, ordenada y orquestada por el gobierno norteamericano, vendrían, repatriados unos, en busca de asilo otros, a Ecuador, el 24 de septiembre de 1973 en el DC6 de la FAE dispuesto para el propósito por el gobierno del General Rodríguez Lara.
Pero, en el quincuagésimo aniversario de este acontecimiento, María Arboleda Vaca, ecuatoriana ejemplar, imperecedera luchadora por los derechos humanos y la justicia social, ya no está físicamente para contárnoslo.
María Arboleda. Breve historia de vida
Conversando con Virginia, hermana de María, logro conocer aspectos importantes de su historia. De los amores de un próspero empresario con una mujer humilde de por allá, su padre había nacido en Manta. Su madre nació en Jaramijó fruto del matrimonio de una linda manabita de Tosagua con uno de tres hermanos quiteños que, atraídos a la provincia de Manabí por su alto potencial para el trabajo de pequeños emprendedores, la vida asociada con el mar y la pesca, la pequeña producción familiar campesina, las agriculturas y artesanías de exportación, terminarían asentándose en sus tierras y formando una de esas comunidades familiares tan bonitas y armoniosas entre ecuatorianos de la costa y de la sierra, que se irían dando a partir de los años veinte del siglo pasado.
De la unión de mis padres nacimos seis, tres hombres y tres mujeres -nos cuenta. Mi papá era una persona muy afectiva en el hogar. Pero igual muy exigente con nosotros en lo que respecta a los estudios y al cuidado personal. Con María y conmigo conversaba mucho. Las tardes solía llevarnos de caminata hasta un canal de agua cercano a la casa y nos sentaba una a cada lado a jugar lanzando piedritas para ver quién hacía más ondas mientras nos recomendaba muchas cosas. Recuerdo que nuestra condición económica era algo limitada. Alguna vez nos dijo… somos pobres, pero eso no significa que vayamos a andar sucios, ni que tengamos que salir a pedir limosna ni a robar. Si hay que lavar la camisa o la blusa todos los días para andar limpias pues hay que hacerlo, porque eso es dignidad…
María es la segunda en orden de edad -me dice Virginia. Era desde pequeña una mujer muy idealista, muy soñadora. Papá era así -continúa. Mi papi fue bombero muy querido en la ciudad. Llegó a ser segundo jefe de la Benemérita Institución como la llamaban. Él siempre se preocupó por los más pobres, perteneció a la Confederación Obrera, tenía contacto con la Confederación de Choferes y con muchas otras entidades sociales. Todas hablaban en esos tiempos de lo paradójico de la escasez del agua a pesar de tener tantos ríos … La gente se moría de sed junto a la fuente, esa era la triste realidad. Siempre se lo vio interesado y comprometido para que nuestro barrio, nuestra ciudad y nuestra provincia salieran adelante. En una de las últimas luchas por la formación del Centro de Rehabilitación de Manabí luego de largos años de sequía, él estuvo en primera línea y cuando los militares quisieron detenerlos, pues agarró la bandera y consiguió que la población se mantuviera caminando sin claudicar. Pero murió en 1965, joven aún, apenas a sus cuarenta y cinco años, unos meses después de que se lograra por fin fundar el CRM. Imagínese el dolor que eso representa para una familia… María quedó de doce años y yo apenas de ocho … Son cosas que una no las puede borrar de la mente. Más tarde se construiría Poza Honda, la represa que hasta ahora nos da agua y nos sustenta. Mi padre no llegó a verla, pero, para nosotros, tal como solía repetir mi mami, él está ahí.
¿Pues de qué murió nuestro padre? Éramos muy pequeños -como le dije. Lo que recuerdo es que se hablaba de unas como várices y unas manchas rojas que se le habían venido brotando en los pies, en las pantorrillas, incluso en las manos y en los antebrazos. Por ahí oíamos repetir unas palabras raras -sabañones, eritema y no sé qué. Nunca se supo con exactitud. Mucho después de su muerte, mamá nos contó que el diagnóstico presuntivo final para el registro de la causa de defunción había quedado en Cirrosis, enfermedad del hígado que se atribuía principalmente al vicio por el alcohol. Pero ¡qué raro…! si nuestro padre en su vida jamás había fumado ni tomado gota de trago. En fin … mamá alguna vez nos contó que, para una joven doctora de la Seguridad Social con la cual más tarde había tenido ocasión de hablar sobre este asunto y quien le preguntara en qué nomás había trabajado papá durante su vida, los daños de su hígado bien podrían haber sido causados por la exposición al frío y a posibles sustancias tóxicas como el amoníaco – un fuerte acelerador de la congelación del agua – durante sus años de actividad en calidad de técnico industrial a cargo de la fábrica de hielo La Sirena, en Manta, de propiedad de su padre, o sea de mi abuelo – añade con cierto tono de resentimiento.
A la muerte de papá – que para mamá resultó ciertamente un golpe de lo más penoso – ella se dedicó junto a nuestro primer hermano de dieciséis años, a seguir solventando y robusteciendo la tienda de comestibles que con papá habían adecuado en la casa para asegurar el sustento de la numerosa familia. Mamá asumió la responsabilidad y lo hizo con mucha inteligencia, más aún con mucho y muy sacrificado trabajo. Y es que, a la muerte de mi padre, ella haría las veces de papá y mamá para sacar con la mayor dignidad la familia adelante. Logró proveer al Portoviejo Alegre – que así de bonito se llamaba la tienda – con muchos productos necesarios para la vida de la ciudad, de los cuales aún se carecía. Viajaba mucho a Guayaquil y traía lo que era licores, galletas, confites, jamones, productos enlatados, y también cosas no comestibles, como materias primas para la confección de colchones, cosas de bazar y papelería, e incluso llegó a ampliarse a la distribución de oxígeno para fines médicos, artesanales e industriales. Si hasta llegó impensada y calladamente a convertirse en reconocida empresaria, que no es poco decir, como usted podrá entender, en medio de una cultura patriarcal y machista -me lo dice, señalando con el índice uno de los diplomas extendido a su madre por la municipalidad.
En cuanto a la continuación de los estudios, mamá debió al comienzo ampararse – en mi caso y en el de mi hermana menor Rocío-, al apoyo de la unidad educativa Estella Maris de Manta, en la que fuimos matriculadas como alumnas internas con salida trimestral a casa. María en cambio, consiguió ser enviada a estudiar el colegio -la educación secundaria- en Quito con miras a prepararse bien e ingresar luego a la carrera de Medicina en la Universidad Central del Ecuador, conforme era su sueño. Cuatro años después yo también fui a estudiar la secundaria en Quito y me junté con ella y con mi tía en cuya casa vivíamos y al cuidado de quien estábamos encomendadas. Allá me enteré de que mi hermana ya de diecisiete años, aparte de asistir al colegio, estaba involucrada en una intensa actividad extracurricular: cinefórums, brigadas de apoyo a las luchas sociales, alguna militancia política. Su vocación se había direccionado hacia las ciencias sociales, hacia las artes cinematográficas y hacia la práctica política. Un par de veces me inquietó y me llevó con ella a lo de los cinefórums, los diálogos y los debates. Pero, imagínese, yo era apenas una niña provinciana recién aterrizada en Quito. Le confieso que quedé tan gratamente sorprendida como asustada. Mas no duró mucho nuestro contacto, pues al poco tiempo “escapó” con su novio, formó familia y les nació una linda niña – para nosotros primera nieta, primera sobrina, primera todo, nuestra querida Suaky.
Ya ve usted. Hemos sido una familia de muchos valores. Y los mantenemos y los hemos llevado a través de mi madre y de nosotros mismos que se los inculcamos a nuestros hijos. Yo creo que así va a seguir la tradición familiar. No nos gustan las mentiras, ni las frases con doble sentido. Somos trabajadores todos; leales, dignos. Y podemos mirar – como nos lo repetían papá y mamá desde muy pequeños – con la frente en alto a cualquier persona. No hay nada que nos haga bajar la cabeza.
Y, volviendo a lo de la inteligencia de su hermana, concluye: María era – ya le digo -, mujer de una mente excepcional, le gustaba mucho la cultura. Papá era así, leía mucho… Mamá igual, si bien solo había alcanzado a estudiar hasta tercer año de colegio, seguiría auto- educándose, siempre estaba leyendo cualquier cosa, incluso hasta ahora lo hace, -¿sabe? María resultó muy inteligente, exageradamente inteligente lo dice enfatizando la palabra y recordando que su hermana, -en 1962, a sus escasos diez años de edad-, triunfara en el concurso inter-escolar del libro leído que, para sano orgullo de la familia, le haría merecedora a recibir públicamente el diploma de manos del doctor Carlos Julio Arosemena Monroy, Presidente del Ecuador, como consta en la fotografía del álbum familiar.
La enfermedad y la muerte de María
¿De cómo recibí la noticia de su cáncer? – Mi madre y yo hablábamos a diario desde hace muchísimos años -comienza respondiendo a mi pregunta Suaky. Y siempre hablábamos largo. Sea que llamara ella o yo, siempre estábamos en contacto. Pero aquel día no lograba comunicarme. No contestaba, no respondía a mis mensajes. Me angustié de tal modo que quedé como bloqueada. Ya por la noche me enteré que a mi papá le habían pedido acercarse al Hospital de los Valles, pues ahí la tenían hospitalizada. Finalmente logré conversar con ella y me pidió que hablara con mi papá. Y le dije no… Si hay algo que yo tenga que saber, lo tengo que saber por ti. Quiero que tú me lo digas. Entonces me contó que le agarró un dolor muy fuerte, que la llevaron al hospital y que los médicos le habían dicho que tenía cáncer terminal, que ya tenía metástasis y que estaban tomados varios órganos, que no le daban más de seis meses de vida, que realmente era inminente, que sólo les restaba hacer una biopsia confirmatoria por rutina, pero que, -de acuerdo a su experiencia diagnóstica, a las radiografías, el examen de sangre, etc.-, ya lo tenían todo claro.
Y yo, la verdad es que no supe, no supe qué contestar… lo único que le dije es que la quería mucho, que la amaba y que la haría examinar por otros médicos. Creo que nadie está preparado para este tipo de noticias… Figúrate… Yo que siempre pensé que mamá viviría por lo menos hasta los ochenta años, que me la imaginaba viejita, ya con todo su pelo cano, caminando lentamente, haciendo las cosas que le gustaban, disfrutando de la pensión sin tener que preocuparse de la subsistencia. Me la imaginaba leyendo, bordando. Yo que me la imaginaba esperando a tener una muerte tranquila.
Y mi papá que me preguntaba qué vamos a hacer… Nos pusimos a pensar en la urgencia de llevarla al Hospital HCAM del IESS para gestionar su derivación a SOLCA y emprendimos en eso, cosa que finalmente derivó en una indolente e inhuma demora burocrática de cuatro meses, que llevó a mi mamá a un deterioro impresionantemente rápido, violento. Y para colmo, la cirugía que se le había programado en el Hospital Carlos Andrade Marín para la extracción de sus tumores, fue suspendida por el personal médico a cargo, pretextando las dificultades de movilización producidas en esos precisos días por el paro nacional del 2019.
En fin. Pensando en el corto tiempo de vida que le quedaba a mamá, no sé de dónde saqué fuerzas y organicé un acto público en su homenaje. Pero era mi obligación de amor hacerlo, porque mi madre siempre fue una mujer con una vida pública muy potente, muy activa. Quería primero devolverle un espacio en que la gente se pudiera despedir de ella, y segundo que ella se sintiera reconocida, pues creo que su actividad política le fue ingrata. Creo entonces que muchas de las cosas por las cuales mi madre puso la vida en los últimos años y que fueron fuertes, muy fuertes, no tuvieron el debido reconocimiento. Considero incluso que, en el último período de su vida, ya con cáncer, sufrió acoso laboral. Y bueno, yo creo que las restituciones, por decir lo menos, se tienen que dar en el ámbito en el que suceden, que en este caso es el ámbito público. Ella salió feliz el día del homenaje, se le renovaron las ganas de hacer cosas. Yo también sentí de alguna manera que había que interesarle en cosas que le hicieran querer sujetarse a la vida. Y la invitaron a lugares, a unos asistió y a otros me pidió que yo fuera en su nombre.
En eso estábamos cuando a mediados de marzo de 2020 nos cayeron tan súbitamente la pandemia del COVID, la cuarentena y los decretos de inmovilización. Fue terrible porque se me cortó la posibilidad física de tenerla cerca, de abrazarla y besarla. La víspera de su muerte la soñé. No puedo recordar los detalles del sueño; sólo sé que me levanté con felicidad y estoy segura que en el sueño debimos haber tenido alguna comunicación, quizás un abrazo de despedida. Creo que mi felicidad estaría relacionada con que iba a parar su dolorosa agonía… que iba a emprender otro viaje ya libre de sufrimiento. Llamé y pedí hablar con ella, tuve que ponerme fuerte para poder hacerlo. Finalmente lo hice; ella ya casi no podía hablar, pero estaba lúcida. Sólo alcancé a decirle que la iba a amar toda mi vida, y me contestó … Y yo a ti, mi Suakita, mi compañerita del alma. Creo que tuve la suerte de tener a mi madre durante mucho tiempo. Pero hubiera querido tenerla mucho más.
Mamá murió el primer día de mayo. Fíjate que coincidencia… en el día del Trabajo, en el día de los trabajadores, con los cuales y por los cuales lucho toda su vida. Mamá quien había sido desde antes de su viaje a Chile apasionada jovencita, muy pero muy cercana a los movimientos de izquierda revolucionaria aliados a las luchas de los trabajadores y que, a la vuelta, ingresó a la Escuela de Sociología, pero a la par se volvió militante del naciente Movimiento Revolucionario de los Trabajadores, el MRT. Me acuerdo bien de esa militancia, porque yo también milité con ella. Vivíamos en la Villa Flora entonces y mi mamá solía llevarme a las reuniones, íbamos a la CEDOC porque ahí les prestaron un tiempo una sede… y hacía de todo, desde pegar afiches, asistir a las manifestaciones; y yo… yo chiquita le acompañaba a eso y a muchas cosas más. Te recuerdo Amanda. Esa canción de Víctor Jara para mí tenía y esas son las cosas que te digo no tienen una explicación objetiva, pero esa canción era mi MADRE – y rompe en lágrimas. Yo creo que llegó temprano a la vida y se nos fue temprano -concluye en medio de su amoroso llanto.
Suaky y los peluches
Le ofrezco a Suaky un pañuelo para que se seque, le consulto si quiere un café o un refresco, espero en silencio unos minutos y voy al grano con mi pregunta. ¿Me puedes contar algo de tu peluche?
—¿Sabes una cosa? – Me dice. Yo creo que al final llegué a sentirme la mamá de mi mamá. Y como que ella fuera mi hija… Es como que los roles se cambian. Tan maternal me sentía hacia ella que planteé la idea, mejor dicho, no la idea, sino la solicitud de que mi madre se viniera a vivir conmigo durante este período. Todos estaban de acuerdo menos uno y no se pudo concretar. También lo del miedo al COVID se interpuso en eso, la verdad. Si se hubiera dado, ten la seguridad de que mi osito hubiera sido para ella. Tú como psiquiatra bien sabes el significado que para una niña tiene un osito de peluche, o sea ese cuidado y ese amor que a veces te hacen falta…
Espera, espera – le pido. ¿De qué osito me estás hablando? Cuéntame más de él.
—Uyyy… Pero eso es una larga historia -empieza. El primer osito que tuve me lo regalaron mis papis en la Navidad, cuando yo tenía cinco años. Lo recuerdo bien, estábamos viviendo ya en una casita en el barrio de la Villa Flora. Antes vivíamos aún en la casa de mi tía abuela, en Conocoto, donde ella nos había acogido a nuestro retorno de Chile. Me acuerdo clarito que le quité el papel de regalo y lo abracé tan fuerte como si quisiera que no me lo apartaran nunca de él, y en eso mi tía abuela, que estaba invitada al festejo navideño porque era muy querida, teniendo en su mano una funda plástica intentó delicadamente quitármelo argumentando que ya era suficiente y que había que protegerlo a que no se dañe. Por suerte mamá y papá mediaron cariñosamente en el asunto y no se la permitieron y de ahí me encariñé con el osito de por vida. Y cuando me consultaron qué nombre ponerlo, jejeje, te vas a reír… Ay, no, mejor no te lo cuento -se espera un rato, se colorea y… Carlos Marx, así lo puse -termina. A este Carlitos lo tuve largo tiempo, pero se lo regalé junto con otros juguetes a unos niños necesitados, cuando iba entrando en mi adolescencia creo. Y sobre mi apego por los ositos, seguro te vas a reír también de esto otro. Poco después de que me divorcié me apropié del osito de peluche de uno de mis hijos y ahora caigo en cuenta de que lo tengo entre las almohadas de mi cama y que no me falta su abrazo. Es este -que aún no tiene nombre, por cierto- el que hubiera destinado a mi madre-niña -y vuelve a soltarse en llanto.
Yo la tranquilizo y le digo… Te falta un osito más. Aclárame -me lo pide, pasándose el pañuelo por la nariz.
Mi hermano Fausto, quien fue uno de los estudiantes que volvieron de Chile junto a ti, a tus padres y los demás asilados en la embajada del Ecuador, cuando lo de la persecución tras el golpe de Pinochet, me contó que tu traías en tus brazos un lindo osito de peluche, tan o más grandecito que tú misma… Aunque, claro, si eras tan pequeña -pues tendrías dos años y medio creo- es difícil que te acuerdes… ¿o sí?
—¡Ni idea…! Y me has puesto intrigada – me dice. No tengo recuerdos propios de esos momentos. Lo que me acuerdo es lo que contaban de cuando en cuando mamá y mi abuelita acerca del drama intenso vivido por los hijos allá, por los familiares acá, mientras circulaban las noticias del presidente muerto, de soldados y policías persiguiendo a estudiantes y trabajadores, de estadios llenos de prisioneros… De todas esas cosas que habían pasado ellas conversaban y son recuerdos que en mí plasmaron con emociones y con sentimientos. Sé que regresé, porque me lo contaron y guardo eso por ser parte de mi historia y de mis vivencias. Cosas que se van guardando en el corazón. Entonces, aunque no tengo lo que podríamos decir un recuerdo mío directo, sé que en mi memoria y en mi ser tienen que haber de todas maneras huellas de esos acontecimientos. Sé que nací en Cuenca. Sé que primero viajó a Chile mi papá. Que después de un tiempo pidió a mi mamá que fuéramos a su encuentro y así lo hicimos. Sé que un tal Rorro -hijo chiquitín de una solidaria vecina chilena- dizque me llevaba de la mano a la guardería, como si fuera mi enamorado, con los batidos de chocolate que mi mami preparaba para los dos. También sé que estaban por concretarse sus planes de estudiar allá, ciencias sociales mi papá, y arte cinematográfico mamá. Sé que mi abuelita materna siempre estaba pendiente y los apoyaba enviando veinte dólares mensuales para que se ayuden y ayuden a su nietita querida (yo). Y sé que tuvieron que asilarse en nuestra embajada apurados, después de haber quemado libros en el baño, después de haberse librado de una serie de pertenencias y después de haber sorteado la sospechosa mirada de la dueña de casa y los puestos de vigilancia. Pero jamás me contaron que yo había vuelto trayendo peluche alguno. Cuéntame tú pues de qué se trata -me insiste.
Pues, agárrate bien porque no es nada agradable -le alerto y sigo. Se trata de que una vez pasadas todas las averiguaciones, requisas y esculques de que fueran objeto por parte de los pesquisas chilenos y ecuatorianos, en el aeropuerto, y ya encaminado todo el grupo bajo vigilancia, en fila india hacia el avión, sorpresivamente apareció un comando paracaidista, detuvo a tu familia y sin mediar explicación alguna te arrancó el peluche que traías en brazos, y procedió a destriparlo con su filuda navaja mientras tu llorabas y querías soltarte de las manos de tu mami para impedirlo. No recuerda mi hermano si fue tu mami u otra persona la que se atrevió, con temor y en voz baja, claro, a pedirle explicación y recibió en respuesta un “estoy en obligación de hacerlo, quien quita que puedan traer oculto en el muñeco un explosivo, un escrito, que se yo” y ordenó, militarmente, “avance, avance” a que la fila acelerase el paso hacia el avión.
Suaky me ha escuchado atenta y luego permanece en silencio con los ojos abiertos en toda su amplitud y con las manos tapando la boca como en actitud de rezo.
Ahora relájate un poco – continúo yo, pues lo que sigue ocurrió una vez que despegara el avión y ya no es tan triste. Cuenta mi hermano que cuando despertaste después de haber dormido llorosa un rato, te quedaste viendo con curiosidad al comando militar, un negro escultural, que, de pie y con ametralladora en brazos hacía guardia en la puerta de la cabina de los pilotos, mirando a los “pasajeros”; que de pronto te soltaste de tus papis, tomaste el pasillo y te encaminaste hacia él y, ante la preocupada atención de todos, le tocaste la mano una y otra vez -con ternura se diría- hasta que el soldado, esbozando una leve sonrisa, sacó una Coca-Cola que llevaba en la mochila verde, le quitó la tapa y te la obsequió. Que tomaste unos sorbos y caminando por el pasillo te acercaste donde había otro niño y se la compartiste. – ¿No consigo evocarte algún recuerdo? – le insisto.
— Mmmm. Ahí yo pensaría más bien… lo que me contaba mi mamá. Ella decía que siempre que volábamos, yo no aguantaba estar sentada, que necesitaba caminar, que ella misma me bajaba del asiento y yo solía andar de un lado para el otro en el pasillo de los aviones. Yo misma me acuerdo de que lo hacía siempre hasta ya niña grande. Así que, por lo que me contabas tú, debe ser que el militar interactuó conmigo y que la interacción fue cordial. Y claro, la Coca-Cola es azúcar y ¡a qué niño no le va a gustar! Pero… óyeme querido psiquiatra… ten cuidado que los de la Coca-Cola no vayan a apropiarse de la idea y se la aprovechan para hacer un bonito video clip comercial -Jajajaja, reímos ella y yo largamente. En fin – continúa: pienso entonces que sería una interacción del momento. Yo creo mi estimado doctor – me lo reclama en tono cordial -, que los niños pueden recuperarse muy rápidamente de cualquier experiencia como la que dices sucedió conmigo. De algunas, unos pueden recuperarse mejor que de otras, pero lo logran. Yo ahí más bien te diría: qué bueno que este lindo negrito haya tenido una actitud diferente, positiva y no negativa, lo cual habla bien de él y de su sensibilidad por los niños en un contexto militarizado.
Aunque, déjame ver – dice. Ahora que me estás haciendo sentir más psicoanalizada que entrevistada, de pronto me viene a la mente una cosa que nos sucedió, años atrás, con el osito que te dije que tengo de compañía en mi dormitorio. En una ocasión – prosigue, cuando estábamos saliendo con mi ex esposo a llevar de paseo a nuestros hijos, mientras yo llevaba al más pequeño en brazos y él llevaba al otro en su cochecito, me propuso que lleváramos también el osito de peluche a pasear con él. Y yo, sin mediar razón válida alguna, le dije que no, a lo que replicó: ¿Por qué no? Y me nació decirle cosas tan tontas como ¿Y si se pierde? ¿Y si algo le pasa? Y él – ya con razón molesto y sorprendido – me insistía que el niño va a estar bien, si va a jugar con él y lo va a cuidar. ¡Qué te pasa mujer! Y yo, implacable, consciente de mi absurdo, actuando como obligada por una especie de instinto premonitorio de que algo malo estaría por pasarle al pobre peluche, me mantenía en mis sietes. ¿Ahora sí contento mi querido psiquiatra? – me lo dice con picardía. La verdad, la verdad te agradezco -insiste. Esto me va a permitir entender ahora muchas cosas más profundas, más íntimas, difíciles de ser reconocidas y ser dichas… Cosas hace ratito nomás incomprensibles: Por fin ahora me explico que siendo adulta tenga necesidad de dormir con un peluche, o sea, con mi osito – y finaliza con un instintivo ademán de abrazo sobre su pecho.
Damos por terminada la entrevista con un fuerte apretón de manos. Gracias señorita Suaky Yetzabel -le digo. Y ella pone el grito en el cielo: No, Noooo. ¡Nada de Yetzabel, por favor! ¡Quién te lo dijo! Y me aclara que ese era el segundo nombre que las tías de Manabí le tenían sugerido para el bautizo a sus papis, aunque, para su suerte, estos se habían negado a inscribirla así en la partida de nacimiento. Pero, ¡qué suerte ni que nada! -se corrige-. Ya veo que mis tías manabitas no dejan de pensarme como Suaky Yetzabel, conforme a su irrenunciable deseo.


