Al país lo han saqueado  a lo largo y ancho de su historia y geografía, casi siempre lo han hecho los políticos y sus castas económicas, digo casi siempre porque en redistribución o compensación histórica el pueblo ecuatoriano, fundamentalmente el pueblo de Guayaquil siempre asoció; revuelta,  revolución,  relajo y saqueo contra la propiedad privada como acción contra el poder.

A Lenín Moreno solo le tomó un día ponerse a la altura de presidentes ecuatorianos represores como Rafael Correa y León Febres Cordero. María Paula Romo, en cambio, ha venido destruyéndose paulatinamente de mano de una policía que ha podido dar rienda suelta a la violencia, justificada y aplaudida por la ex académica que antaño denunciaba la criminalización de la protesta social y que ahora es la principal gestora de esta criminalización.

Han pasado cerca de siete meses luego del último proceso electoral y el escenario político nuevamente se empieza a mover. Los máximos dirigentes de los partidos se trasladan de un lugar a otro para captar potenciales votantes, mientras sus discursos avizoran “milagrosas panaceas” frente a la grave situación financiera que vive el Ecuador y que se traduce en un ‘paquete’ de medidas económicas con amargo sabor a despojo.

Imaginen por un momento que tres países de la zona andina deciden botar abajo sus fronteras con una sola idea: que uno de los tres sea el país que de la vuelta olímpica universal y levante entre sus manos la Copa del Mundo, el trofeo más ansiado por cada uno de los 4.000 millones de seguidores del fútbol soccer que hay en la Tierra.

Los sistemas de partidos no son ajenos a problemáticas nacionales como la corrupción, el populismo, el clientelismo, los autoritarismos de izquierda y derecha, los slogans de cuatro palabras convertidos en programas políticos y, desde luego, la construcción de un modelo de democracia interna que supere el artificio electoral de la componenda casa adentro.