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viernes, marzo 6, 2026

Entre la cuestión de la normalidad y la normalidad cuestionada

Por Marco Narea*

De repente el dĆ­a a dĆ­a dejaba de ser. La confusión, el miedo y la incertidumbre acechaban mentes y corazones aturdidos a escala planetaria. Era el signo de un presente abruptamente discontinuado, de una fractura en la mĆ©dula de nuestra cotidianidad. No se trataba de una ā€œguerraā€, sino de una ā€œcatĆ”strofeā€.Ā 

Un virus tan ajeno a nuestra biologĆ­a, pero tan propio a nuestra civilización, encendĆ­a las sirenas de aquellos ā€œdesarrolladosā€ y de otros no tanto. Y aunque aparentaba no conocer de clases sociales, su virulencia se deleitaba de estructuras reproductoras de pobreza y desigualdad. Fue cuestión de meses para que el delicado aleteo de una mariposa en Wuhan desatara un violento huracĆ”n en Nueva York.

ā€œLa tierra estĆ” sanandoā€ resonaba como la frase del momento en las redes sociales. Pero, Āæde quiĆ©n y de quĆ© estaba ā€œsanandoā€ la tierra? Desde la individualidad e inmediatez de los pensamientos y prĆ”cticas que permean buena parte de nuestra sociedad, el ser humano se mostraba de nuevo como el meollo del problema. Es decir, la tierra estaba ā€œsanandoā€ de la humanidad y de su aparente condición innata de contaminar y destruir. La dicotomĆ­a entre el ser humano y la naturaleza quedaba nuevamente expuesta, aunque ahora con la balanza inclinada hacia el segundo. No serĆ­a extraƱo, entonces, que la reducción drĆ”stica de la huella de carbono en apenas unas semanas, pese a obedecer a una pandemia crecientemente mundial, haya generado en muchos una perturbadora sensación de sosiego, un momento de catarsis ambiental. Pero resulta que la tierra no estĆ” sanando, apenas estĆ” tomando un respiro de aquellas prĆ”cticas sociales circulares que tienen un fin muy claro: la acumulación de capital.Ā 

El problema en realidad no tiene que ver con la existencia biológica de la humanidad, sino con su existencia social en tanto construcción histórica de una civilización que, durante los Ćŗltimos siglos, ha adoptado un comportamiento depredador, tanto ambiental como social, y que con el tiempo se ha vuelto cada vez mĆ”s global. Mirar al ser humano como una autĆ©ntica plaga, sea de forma intencional o ingenua, tiende a robustecer aquellas posturas (neomalthusianas las llaman algunos) que encuentran en la fijación de lĆ­mites a la reproducción biológica del ser humano una solución. Su corolario neoliberal se encarga de estirarla hasta condicionarla a la situación económica. Es decir, ā€œsi eres pobre mejor no tengas hijosā€. La reproducción de la vida humana deja de ser asĆ­ un derecho fundamental, incluso una necesidad biológica, para pasar a ser apenas un privilegio social. Esta racionalidad avanza incluso hacia quienes, debido a su edad avanzada, son vistos como un problema económico y financiero para las corporaciones y los gobiernos. Por ello, ante ā€œel riesgo de que la gente viva mĆ”s de lo esperadoā€, la recomendación de organismos como el Fondo Monetario Internacional es ajustar la edad de jubilación y recortar las pensiones.

A la par, sucede tambiĆ©n que el crecimiento económico sin lĆ­mites basado en la explotación indiscriminada del trabajo y la naturaleza, define hoy en dĆ­a una relación metabólica entre la sociedad y los ecosistemas que muestra signos claros de insostenibilidad. Este acumulado de relaciones de producción, que son sociales, históricas y tambiĆ©n globales, acompaƱado del consumo masivo y excesivo de muchos de nosotros, nos explota hoy en la cara. Gramaticalmente nos liberamos de toda culpa, lo externalizamos y lo llamamos ā€œcambio climĆ”ticoā€, cuando se trata en realidad de una verdadera ā€œcrisis socioecológicaā€ que amenaza toda forma de vida. Muchos reducen este problema macrosocial a uno de Ć­ndole microeconómica (eficiencia productiva) o macroeconómica (crecimiento sostenible) y aluden sin mĆ”s a la voluntad bonachona de los pudientes y de los organismos no gubernamentales. Sin embargo, se trata de cuestionar la causalidad de la relación entre el capital, la naturaleza y el ser humano, y decidir colectivamente si queremos seguir concibiendo a la naturaleza (recursos naturales) y al ser humano (trabajo) principalmente como factores de producción afines a la acumulación sin fin de capital, o si queremos explorar quĆ© otras posibilidades hay mĆ”s allĆ”. Por su puesto, la tarea no es fĆ”cil.

En un mundo en el que la raza, la sexualidad, el género y la clase social siguen moldeando nuestras estructuras de oportunidad; en el que nuestro estatus económico se vende muy bien como un problema de decisión individual; en el que la educación y la salud de calidad estÔ al alcance solo de unos pocos; en el que el hambre sigue acechando día a día a cientos de millones de personas, podemos sospechar al menos de la existencia de dinÔmicas estructurales que transcriben, mÔs no resuelven, la antinomia riqueza-pobreza.

“Los coronavirus son bien conocidos por sufrir recombinación genĆ©tica […], lo que puede conducir a nuevos genotipos y brotes”.

La dinĆ”mica global de reproducción del capital, eufemĆ­sticamente llamada ā€œglobalizaciónā€, hace referencia precisamente a la capacidad y velocidad sistĆ©mica con la que se reproducen este tipo de contradicciones. El flujo de bienes y servicios, de personas, de información y de capitales a nivel global alcanzan hoy en dĆ­a niveles sin precedentes. Pero no se trata de flujos homogĆ©neos. Por donde se lo vea, su asimetrĆ­a es tan propia de sĆ­ como su existencia misma. El acceso a banda ancha, el requerimiento de una visa, la movilidad de mercancĆ­as y servicios, la capacidad y necesidad financiera, la localización y deslocalización de la actividad productiva, los montos sujetos a transacciones financieras, etc. son solo algunos ejemplos.

Ante todo ello, la aparición de virus y bacterias que podrĆ­an llegar a desatar pandemias muy letales para la humanidad es un hecho de sobra conocido. Desde las mĆ”s antiguas como la viruela y el sarampión, pasando por la peste negra y la fiebre espaƱola, llegando hasta el cólera, el VIH, el Ć©bola y, mĆ”s recientemente, el SARS, la gripe porcina y aviar. Hoy el protagonismo lo ejerce el covid-19. Sin embargo, como han seƱalado recientemente otros autores, ā€œ[u]n virus no es un enemigo consciente y malvado, es inherente a la propia vida. Lo terrible es construir sociedades ajenas e ignorantes de que los virus […] existen. Construir economĆ­as y polĆ­ticas sobre la fantasĆ­a del ser humano, como un ser sin cuerpo y sin anclaje a la tierra que le sustenta es lo que genera una guerra contra la vida, […] los ciclos, […] los lĆ­mites, los vĆ­nculos y las relacionesā€.

En este sentido, la fuerza con que las enfermedades pueden aparecer y volverse pandemias es una cuestión tanto tĆ©cnico-cientĆ­fica como sociopolĆ­tica y cultural. Tras la experiencia del SARS, un estudio publicado en 2007 por varios expertos concluĆ­a que: ā€œ[l]os coronavirus son bien conocidos por sufrir recombinación genĆ©tica […], lo que puede conducir a nuevos genotipos y brotes. La presencia de un gran reservorio de virus similares al SARS-CoV en murciĆ©lagos de herradura, junto con la cultura de comer mamĆ­feros exóticos en el sur de China es una bomba de tiempo. La posibilidad de la reaparición del SARS y otros virus nuevos de animales o laboratorios y por tanto la necesidad de preparación no debe ser ignoradaā€. Es altamente probable que existan otros estudios similares que cierren con un llamado polĆ­tico similar. Sin embargo, a la luz de la catĆ”strofe sanitaria del covid-19, parece evidente que su resonancia en la caja gubernamental china fue nula.

Con justa razón, muchos reclaman hoy el cierre de los asĆ­ llamados mercados ā€œhĆŗmedosā€, identificados como verdaderos focos de brotes infecciosos que existen no solo en China. No obstante, no se trata de una cuestión de simple voluntad polĆ­tica gubernamental. Estos mercados, son la representación fĆ­sica de dinĆ”micas socioeconómicas que crean condiciones propicias para la informalidad, la precariedad, la insalubridad y hasta la ilegalidad, y que ademĆ”s construyen costumbres que se nutren y son nutridas por la cultura local. Mientras se mantengan intactas aquellas condiciones de posibilidad, el cierre de estos mercados resolverĆ­a el problema solo de manera temporal.

Es difícil entender la rÔpida propagación mundial del covid-19 únicamente por su facilidad biológica de contagio si no se consideran los contextos (globales, regionales y nacionales) con los que este virus se ha ido encontrando y repotenciando. Al respecto, podemos considerar al menos los siguientes factores: el alto flujo global de personas (particularmente el turismo de masas); la falta de coordinación regional en materia sanitaria; la subestimación inicial del virus por parte de los gobiernos (acciones tardías) y de la población (indisciplina social frente a la restricción voluntaria u obligatoria de la movilidad); la imposibilidad de confinamiento tanto de quienes no tienen un techo (nacionales e inmigrantes) como de quienes viven del día a día; la alta densidad poblacional en sectores urbanos marginados; la acuciante desinformación e información sesgada; entre otros.

“Las grandes farmacĆ©uticas raramente invierten en prevención y tienen escaso interĆ©s en invertir para la preparación ante una crisis de salud pĆŗblica, ya que adoran diseƱar curas”.

Hasta el momento, algunos datos empĆ­ricos parecen sugerir una relación directa entre la tasa de mortalidad y los sistemas de salud pĆŗblica anquilosados, tanto en paĆ­ses ā€œdesarrolladosā€ como aquellos en ā€œvĆ­as de desarrolloā€. El recorte del ā€œgastoā€ en salud pĆŗblica que muchos hemos sufrido salta a escena. Esta correlación, incluso, pareciera tener mĆ”s peso que la agresividad propia del virus, particularmente, frente a sistemas inmunológicos dĆ©biles o poco fuertes. Sin embargo, la realización de estudios rigurosos al respecto es una tarea aĆŗn pendiente.

Las corporaciones farmacĆ©uticas, por su parte, tambiĆ©n han jugado un rol importante en la propagación mundial de pandemias, incluyendo la del covid-19. El geógrafo y teórico social britĆ”nico David Harvey lo resume de manera muy clara: ā€œ[a] las grandes corporaciones farmacĆ©uticas les interesa entre poco y nada la investigación altruista de las enfermedades infecciosas (como es el caso de la familia de los coronavirus, que se conoce perfectamente desde los aƱos sesenta). Las grandes farmacĆ©uticas raramente invierten en prevención y tienen escaso interĆ©s en invertir para la preparación ante una crisis de salud pĆŗblica, ya que adoran diseƱar curas. Cuantos mĆ”s enfermos estemos mĆ”s dinero ganan. La prevención no contribuye a la maximización del valor para los accionistasā€.

Es sintomĆ”tico el hecho de que la propagación del covid-19 sobre la economĆ­a y las finanzas mundiales haya sido mĆ”s rĆ”pida que aquella sobre las personas. Cuando la Organización Mundial de la Salud calificaba a este coronavirus como pandemia, el nerviosismo ya se habĆ­a empezado a apoderar de las bolsas de valores de Nueva York, Londres, ParĆ­s, FrĆ”ncfort, MilĆ”n, Tokio, Hong Kong, ShanghĆ”i, SeĆŗl y otras. Los precios de las materias primas, principalmente del barril de petróleo, asĆ­ como las cotizaciones de grandes corporaciones en los sectores industrial, financiero y tecnológico, ya habĆ­an empezado a caer de forma abrupta; mientras que los niveles de producción en la ā€œfĆ”brica del mundoā€, China, lo hacĆ­an de manera solo un poco mĆ”s progresiva.

Hay que decirlo, el panorama que se avecina no es bueno. Es la profundidad, ya no la posibilidad, de una crisis económica mundial la que acalora hoy en dĆ­a los debates polĆ­ticos y acadĆ©micos. De hecho, algunos anticipan que se trate de ā€œla peor caĆ­da desde la dĆ©cada de 1930ā€. Sin embargo, se trata de una crisis de magnitudes históricas que pone a prueba la subsistencia misma del sistema mundial en el que vivimos. Una crisis que ha venido avanzando con sus dinĆ”micas contradictorias de manera lenta, ininterrumpida y aparentemente silenciosa durante las Ćŗltimas dĆ©cadas. Una crisis que ha alcanzado sus lĆ­mites estructurales y que muestra en la ā€œincertidumbre caóticaā€ su rasgo central. Se trata, en definitiva, de una crisis que pone en evidencia de manera cada vez mĆ”s violenta y dolorosa la insostenibilidad de la acumulación sin fin de capital. El covid-19 no ha creado esta tendencia, solo la ha profundizado.

Es el signo de los tiempos. Sin embargo, podemos estar seguros que nos encontramos entre el mundo que solía ser y aquél que aún no es. El día a día del mañana podría asemejarse al día a día del ayer, pero solo serÔ una ficción. En última instancia, la construcción del mundo que queremos es una magna tarea que no puede ser reducida a la mera suma de nuestras individualidades.


*MÔster en Relaciones Internacionales por la Universidad Andina Simón Bolívar (sede Ecuador). Es investigador académico sobre temas de regionalismo, cooperación e integración regional en América del Sur.


La LĆ­nea de FuegoFotografĆ­a: Referencial de Fernando Zhiminaicela / Pixabay.

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1 COMENTARIO

  1. Ud. puede llamarme neomaltusiano pero su frase “una crisis que pone en evidencia de manera cada vez mĆ”s violenta y dolorosa la insostenibilidad de la acumulación sin fin de capital. ” no explica totalmente el problema, es la excesiva población una causa fundamental y ese hecho tiene relación con la extracción de la energĆ­a fosil y el cmbio climĆ”tico.

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