En una de las primeras conversaciones mantenidas con mi padre y mi madre a cerca del corona virus, me cuentan que cuando eran pequeña/os llegó el burru uhu a sus comunidades – así nombraron a la enfermedad nueva que provocaba una tos incontenible, era tan fuerte que la tos se asemejaba al sonido que produce el rebuzno de un burro. 

Entrevista con Alberto Acosta

La situación caótica que vive Ecuador y el mundo respecto al cononavirus (Covid-19), para Alberto Acosta, puede dar paso a un repensar de muchos paradigmas que tenemos establecidos en el día a día, en lo que llamamos “normalidad”. Si bien las medidas adoptadas por el gobierno ecuatoriano, como pagar la deuda en lugar de destinar esos fondos a la emergencia sanitaria, dejan ver las costuras de un sistema social y económico que desde hace mucho ha estado a punto de romperse. Ahora esas costuras son más visibles, como ha sido costumbre, los menos favorecidos son los que tienen su existencia pendiendo de un hilo, sea por enfermedad o por hambre.

He pecado, padrecito. Le juro, por diosito que es más fuerte que yo. No puedo evitarlo. Siempre que el presidente, su vice y sus ministros aparecen en las noticias y en el Facebook que me abrieron por la cuarentena, algo dentro de mí se vuelve turbulencia. Pecado mortal, padrecito. Le pido a dios que por favor haga el milagrito de desaparecerles, de que el coronavirus los abrace hasta que vean la luz blanca, de que la huesuda les haga alguna emboscada, algo.

“La situación social en Ecuador es lamentable. El 75% de la renta nacional recae en menos del 20% de la población. El resto sobrevive con salarios mensuales de poco más de 5.000 pesetas y la situación de los obreros subempleados es aún peor. Problemas heredados de 150 años de historia que sin duda tienen una solución a largo plazo”. Con esta frase concluyó un artículo publicado en mayo de 1979 en el diario español El País, en el que describía el perfil del entonces ganador de los comicios presidenciales del retorno a la democracia representativa, Jaime Roldós Aguilera.

Ha pasado a la historia el panóptico de Jeremy Bentham. El filósofo inglés ideó una estructura arquitectónica en el siglo XVIII, que estaba construida de tal modo que permitía al guardián de la torre central observar a todos los prisioneros en sus celdas. Estos no podían saber si eran o no vigilados. El saberse observado crea el efecto automático de cumplir con las condiciones del poder.

No es 1984 ni tampoco son los tanques de la Policía rodeando – por disposición del expresidente León Febres-Cordero – la Corte Suprema de Justicia para evitar que los jueces no alineados a su partido asuman la magistratura. ¡No! Es 2020 y son las camionetas del Municipio de Guayaquil que por orden de la alcaldesa socialcristiana, Cynthia Viteri, bloquearon la pista del aeropuerto José Joaquín Olmedo para evitar que un avión de la compañía Iberia y otro de KLM, con 11 tripulantes, aterrice y lleve consigo a cientos de ciudadanos holandeses y españoles a sus países de residencia, pese a contar con los permisos del Estado ecuatoriano. Ese mismo Estado del cual todos somos parte, incluida la alcaldesa.

Si la salud y la enfermedad son dilemas  esenciales en la vida de personas y pueblos, las epidemias son amenazas visibles a la existencia que se constituyen en componentes de crisis que agudizan  determinantes de la economía y la convivencia social, atravesando; valores, principios éticos, recursos naturales y el saber. Todo esto pone en reflexión la supervivencia del ser y del planeta.