Por Samuel Guerra Bravo*

Claudia era una jovencita de bien que eligió casarse con William Munny, un pistolero, asesino, ladrón, díscolo y borracho. La madre de Claudia, que nunca pudo entender cómo su hija pudo casarse con un tipo de esa calaña, esperaba que cualquier día le llegara la noticia de su muerte a manos del asesino. Después de diez años de matrimonio, Claudia murió efectivamente…, pero no por su marido sino a causa de la viruela. Munny, que había sido regenerado por su esposa y se había vuelto un hombre común, tuvo que volver al crimen por algo de dinero para la educación de sus hijos. Cuando aparecen los créditos finales de la película, sobre el trasfondo del crepúsculo se le ve a Munny poniendo flores en la tumba de su esposa. Suena a la vez el bello y estremecedor tema principal de la banda sonora (Claudia´s Theme), escrito por alguien que no es músico, que es un gran director y un excelente actor (Clint Eastwood), pero que no es músico, que pudo sin embargo componer una pieza conmovedora porque conocía a fondo el alma de Munny. “Los imperdonables” (Unforgiven), así se titula esta película que superó en la década de los noventa del siglo pasado la vieja dicotomía de buenos y malos de los western clásicos. Los bandos que se enfrentan en el filme tienen malos antecedentes e historias oscuras, a pesar de que uno de ellos representa a la ley. Unos y otros no tienen perdón.

Por Patricio Carpio Benalcázar*

Desde la posguerra, es decir alrededor de 70 años atrás, la comunidad científica, intelectuales y analistas del desarrollo han expresado sus preocupaciones en torno a la insostenibilidad del modelo de crecimiento económico y su secuela de impactos sobre el ecosistema global, desde entonces se han multiplicado pomposas declaraciones de los líderes mundiales, pero en la práctica este sigue gobernando el mundo que cada vez se torna más vulnerable. 

Por Marlene Toro 

Ecuador es un país sin ley y esto es textual. La sociedad se va acostumbrando, poco a poco, al espanto de ver cadáveres abandonados en las calles -como ocurrió en marzo y abril en Guayaquil- o al dolor de miles de ecuatorianos y ecuatorianas que presencian con una mezcla de impotencia, rabia y dolor, cómo primero los encierran en su casa y les imponen silencio, mientras les despojan de su trabajo, de su alimento, de su educación y de su salud. ¿Qué le queda a la gente?

Por Julio Oleas-Montalvo

El próximo octubre el Consejo Nacional Electoral (CNE) debe convocar a elecciones para el 28 de febrero de 2021. Si no se presenta una intempestiva renuncia −no improbable, dada la presión social y política− y no prospera el golpismo, el 24 de mayo de 2021 el Ecuador tendrá nuevo Presidente, según manda la estropeada Constitución de Montecristi.

No todo es falso en los comunicados oficiales. En medio de tantas fake news en redes sociales y mentirosos comunicados oficiales, a veces si se puede encontrar en los políticos, verdaderas muestras de honestidad y solidaridad y ponen a disposición todos los medios posibles para remediar el mal que actualmente padecemos y es entonces cuando detallan cómo está sufriendo la economía y anuncian su inmediato salvataje.

“La situación social en Ecuador es lamentable. El 75% de la renta nacional recae en menos del 20% de la población. El resto sobrevive con salarios mensuales de poco más de 5.000 pesetas y la situación de los obreros subempleados es aún peor. Problemas heredados de 150 años de historia que sin duda tienen una solución a largo plazo”. Con esta frase concluyó un artículo publicado en mayo de 1979 en el diario español El País, en el que describía el perfil del entonces ganador de los comicios presidenciales del retorno a la democracia representativa, Jaime Roldós Aguilera.

Henos aquí para decirle a la ciudadanía que sí o sí vamos a cobrar esos intereses de las tarjetas de crédito de diciembre y enero. Que el gobierno haya hecho su circo es una cosa pero que nosotros nos hagamos los sensibles es otra. Esa no es nuestra misión. Somos banqueros, fuimos banqueros y siempre seremos banqueros. La Asobanka no se amedrentará ante los gritos, insultos y demás epítetos de los amargados de siempre que vuelcan sus bajos instintos en las redes sociales. Envidiosos porque no son banqueros.