Me voy con la conciencia tranquila. Cumplí la orden que me dieron el día que me posesionaron los trujillos: perseguir y destruir a Correa y su gente. Había que acabar con esos autoritarios, prepotentes y perseguidores. Así lo hice. Y sí, confieso que, salvo dos o tres casos importantes, nunca he podido actuar con autonomía.