Nota: En este escrito no hay poesía, ni buenas formas ni cortesía. Solo bronca.

Bien decía mi abuelita: “Estos del gobierno son unos canallas. Verás cómo en vísperas de navidad te suben la gasolina o te disparan un paquetazo del tamaño de sus ansias”. No se equivocó la abuela. Y dijo canallas en alta voz, como para que se nos quede grabado. Y claro, no había que ser abuelita o brujo para convencerse de que estos canallas enquistados en Carondelet iban a salir con su domingo 7 o su navidad 24.

Hay que ser bien del todo mismo para decir semejante babosada. Y uno que pensaba que el Lucio Gutiérrez era el campeón del shunshismo, nada que ver. El gentil hombre del diálogo con todos le da de largo. Muero, qué bien bruto qué ha sido. ¿Será la edad? ¿Será tanto libro de autoayuda? ¿Será tanto chiste sacado de internet? ¿Qué será?

¿Qué soñaba Miguel cuando estaba despierto? ¿Cuántas horas dormía, Miguel? Esas ojeras parecían ser el testigo de algún insomnio inconfesable ¿Qué desayunaba, Miguel? ¿Qué noticiero miraba mientras decodificaba sus discursos empresariales? ¿Tuvo algún credo, alguna cábala, un ciempiés en el florero, una herradura en la puerta, un libro de Marx debajo de la almohada?

 

Yo, Antonio de los Acostas, presidente del prestigioso Banco de los pichinchas, quiero agradecer públicamente a ese gran hombre sentado en los Carondeletes, por haber hecho historia. Mientras escribo estas líneas sendas lágrimas de emoción brotan de mis acaudaladas mejillas. Po fin alguien que se atrevió a pensar en los bancos de forma tan clara y transparente. Por fin un alma de dios