Por Tatiana Sandoval Pizarro
Son 70 años de una vida desenredada que Jaime Guevara García aún luce en su cabellera larga, que para él es su bandera por la libertad y símbolo del antimachismo y el antimilitarismo. Son 50 años de su vida como cantautor con más de 500 canciones escritas y una dilatada experiencia en la organización de festivales de música que respaldaron las luchas de los roqueros. Son incontables veladas en las que hizo pública su solidaridad con los familiares y amigos de las personas que fueron desaparecidas. Son su trayectoria y sensibilidad las que me reciben en el octavo piso del edificio Isabela Park, donde vive el trovador quiteño.
‘El Chamo’, un apelativo de su juventud que no tiene fecha de caducidad, se acomoda en un sillón de la sala. Su figura de notable estatura está ataviada por su boina, bufanda, jeans y calzado de caña alta que lo distinguen para la inmortalidad. Sobre el mesón de la cocina abierta rebosan los medicamentos con los que trata algunas de sus enfermedades, entre ellas la epilepsia.

«El bohemio abstemio», como se autodefine, es renuente a las autopresentaciones. Tampoco simpatiza con las preguntas engreídas de generalidades. Ante su frontalidad, las inquietudes deben ser directas y puntuales. El desafío es grande para cruzar la faceta clásica de un Jaime anarquista, capaz de crispar con un ‘yucazo’ a los que se creen la majestad del poder.
Jaime es un autodidacta y entre sus libros están los de Bob Dylan. Nuestra conversación inicia con los pormenores de su acercamiento con el músico y compositor estadounidense.

—En El Dorado viví 30 años. Ahí descubrí el mundo hippie. Yo veía a algunos chicos pelilargos parados en la esquina, con pantalones acampanados, sandalias y collares que escuchaban una música extraña. Hice amistad con uno de ellos. Entonces empecé a escuchar a Led Zeppelin, Black Sabbath, Grand Funk. Además, en ese tiempo todo el mundo andaba con mochilas recorriendo el mundo. El chico que se hizo amigo me dijo: “Yo te voy a dar estos discos que llevo en la mochila”. Sacó los discos de Bob Dylan. Ese gesto me llevó a interesarme por las letras de este músico. Alguien que sabía un poco de inglés me traducía fragmentos de sus canciones. Ahí conocí los cánticos como “Mr. Tambourine Man”, “Balada de un hombre flaco”, “Una dura lluvia va a caer”.
Luego, con una sonrisa insondable, Jaime añade:
—A alguien te me pareces tú.
Miro el retrato de Víctor Jara, que está colgado en el muro externo de su habitación junto a Bob Dylan y otros afiches. Le pregunto por qué, al igual que el músico chileno, no se considera un cantante de protesta.

—Aquello del encasillamiento, sea como cantor de protesta, romántico o lo que sea, jamás gustará a quienes amamos la palabra libre. “Canto que ha sido valiente, siempre será canción nueva”, recitaba Víctor Jara. Tenía toda la razón. Atahualpa Yupanqui también cantaba a su manera.
“Yo he conocido cantores / que era un gusto el escuchar/ más no quieren opinar/ y se divierten cantando / pero yo canto opinando / que es mi modo de cantar”.
Declama los versos de Martín Fierro, personaje creado por el poeta gaucho José Hernández y de quien el cantautor y guitarrista argentino Yupanqui, tomó esta consigna. Jaime también la hizo suya para cantar acerca del mundo, pero además de sus propios amores y adversidades.
—¿Una canción como “Mi perrito de 8 sucres” se podría catalogar como protesta? Para nada —cuestiona Jaime.
“Y mi amigo fiel siempre serás / Para jugar con mi soledad / La haré sonreír y que sea feliz / Con mi perrito de ocho sucres”.
Estos versos se los dedicó a su mascota ‘Bobby’ que fue atropellada. Entre el dolor, sus dedos se deslizaron por las cuerdas de su guitarra y las palabras musitaron para despedir a su “patitas, bola de nieve”. En 2005, la agrupación quiteña ‘Chulpi Tostado’ lanzó una versión punk rock de este poema musical.

—Los temas de él pueden ser muchas veces controversiales, pero esa canción conquistó a numerosos niños de la época —me conversó Lidia Rueda, presidenta de la Asociación de Familiares y Amigos de Personas Desaparecidas en Ecuador (Asfadec).
Aprovecho para decirle a Jaime que Lidia también me comentó que en el programa del 30 de agosto de 2024 que se organizó para conmemorar el Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas y los 12 años de fundación de Asfadec, él debía enviar un video con un mensaje, pero prefirió estar en persona y con su guitarra.
—Eso sí, se me hizo cuesta arriba, más aún cuando yo estoy más vinculado al asunto de los libros, la lectura. La tecnología me cogió en curva —confiesa Jaime sin sonrojarse.
Fue en ese evento que se realizó en la sala Manuela Sáenz de la Universidad Andina Simón Bolívar, donde coincidí por primera vez con el incansable compañero de luchas por justicia social.
Después de esa anécdota, continúo indagando por qué, a pesar de que muchas de sus canciones denuncian los atropellos y la impunidad, no es un músico solo de protesta.
—¿Una canción como “Vestirás mi pantalón” la podrías catalogar como protesta? Obviamente que no. Hay amigos y gente desconocida que me dice: “Mira, yo le conocí a mi pelada o me le declaré con esa canción”, pregona Jaime con el pecho enaltecido.
—Si sirvo también para alentar un beso, es igual toda una condecoración para mí —replica.
“Déjame, déjame sentir en mí tu ser / Muchacha ven / Sígueme, sígueme por donde vaya yo / Tendrás calor / Tendrás amor”.
“Vestirás mi pantalón” fue parte de la banda sonora de la película ecuatoriana “Entre Marx y una mujer desnuda” (1995), dirigida por Camilo Luzuriaga y basada en la novela del escritor ecuatoriano Jorge Enrique Adoum. En los dos minutos con veinte segundos de esta composición hay una transición celestial con el riff de guitarra circular que caracteriza la canción “The Man Who Sold The World” (1970) de David Bowie. Una de sus versiones más conocidas es la de Nirvana (1993).
En los ojos marrones de Jaime se mezclan los colores tempestuosos de los atardeceres de Quito que él los disfruta desde la gran ventana de su departamento. Cuando le menciono que conversé con María Fernanda Restrepo, sus ojos nuevamente resplandecen de una dulzura intensa.

María Fernanda considera a Jaime como un padre simbólico por el apoyo que le brindó a su familia con su guitarra combativa durante 20 años en los plantones que se han realizado todos los miércoles frente al Palacio de Carondelet para exigir justicia ante la desaparición forzada de sus hermanos, Carlos Santiago y Pedro Andrés Restrepo Arismendi.
Cuando entrevisté a ‘Mafer’, ella se encontraba en el hospital acompañando a su papá Pedro Restrepo, quien después falleció. El 24 de diciembre de 2024, Pedro partió de este mundo sin que el Estado ecuatoriano le responda por la desaparición de sus hijos.
—¿Qué sientes cada vez que escuchas en la voz de Jaime “Canción de cuna para Carlos Santiago y Pedro Andrés”?
—Es una canción que me da ternura y tristeza a la vez. Salió de la emotividad de recordar que Santiago y Andrés eran niños cuando atravesaron un crimen tan atroz. Cuando la escucho se me eriza la piel. Me da nostalgia. Me sobrecoge el alma. Se me arruga el corazón. Ahora que soy mamá, siento lo que es tener un hijo y perderlo sería terrible y más aún de la manera infame en que mi mamá perdió a esos dos niños de su cuna y de sus entrañas.
“Duerman que en sus sueños estarán / De vuelta a casa al fin, / De vuelta a casa al fin. / Duerman que dormida espera su mamá / Y si en sus sueños vuelven / Hasta sonreirán”.

Jaime admite que cantar opinando es insuficiente para generar ingresos económicos. Por eso, cuando “andaba emparejado”, un amigo le propuso que fuera profesor.
—Me dio chance en un colegio. Yo tenía un par de levas de pana. Me puse entonces más o menos formal. No me corté el pelo, pero sí me peiné bastante. Di clases en la primaria y secundaria. Pero más me gustaba trabajar con los chamos porque son más libres para fantasear. Una vez se me ocurrió adaptar al español la canción“The Wall”, de Pink Floyd.
Jaime canta mientras con sus pies hace percusión en el piso.
“A lo lejos de la mar / ¿Y papi, qué más me dejaste, / además del álbum familiar? / ¿Papi, qué dejaste para mí? / Solo son ladrillos en una misma pared”.
—Los chicos golpeaban al ritmo de la canción los pupitres de metal —señala ‘El Chamo’ resurgiendo en la mente ese estruendo extraordinario.
—¿Prefieres que te definan como un cantante de la solidaridad?
—Si tuviera ese honor sería para mí un diploma de vida —responde.
Antes de retirarme, Jaime me dice:
—Ya sé a quién me recuerdas, a Joan Báez.
Relato y fotografía: Tatiana Sandoval Pizarro


