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miércoles, marzo 18, 2026

POR QUÉ ESTADOS UNIDOS SE CREE LO MEJOR DEL MUNDO: ellos lo llaman destino providencial – atawallpa oviedo freire

18 de marzo 2026

Conozco EE.UU., y la impresión que tengo y de muchas personas que tienen al observar al imperio desde fuera, es la de una sociedad marcada por un fuerte racismo, un profundo egocentrismo nacional, un fanatismo religioso persistente y una convicción de superioridad frente al resto del mundo. A esto se suma un individualismo extremo, una cultura profundamente materialista y consumista, y una percepción de bajo nivel cultural e histórico en amplios sectores de su población.

Sin embargo, esa misma sociedad posee, paradójicamente, uno de los niveles más altos de desarrollo científico y tecnológico del planeta. Esta combinación de gran poder tecnológico junto a una cultura política y social marcada por la simplificación del mundo, constituye una de las características más singulares de la modernidad: tecnologicismo vs culturalidad.

Para comprender esta paradoja es necesario observar una idea que atraviesa profundamente la historia y la psicología colectiva de ese país: el excepcionalismo estadounidense.

La creencia de ser una nación excepcional

El excepcionalismo es la convicción de que Estados Unidos no es simplemente un país más, sino una nación con una misión histórica particular en el mundo. Según esta idea, su sistema político, su modelo económico y su forma de vida representarían el punto más alto del desarrollo humano.

No se trata solo de patriotismo. Se trata de una creencia civilizatoria.
Muchos estadounidenses creen que su país encarna la libertad, la democracia y el progreso de manera única. Desde esa perspectiva, lo que hacen no se percibe como imposición, sino como expansión de un modelo que consideran universal, único y superior.

¿Quién introdujo la idea del excepcionalismo?

El origen de esta visión se remonta a los primeros colonos protestantes que llegaron a América del Norte en el siglo XVII.

Uno de los momentos simbólicos fundadores ocurrió en 1630, cuando el líder puritano John Winthrop pronunció un famoso sermón durante el viaje hacia el Nuevo Mundo. En él describió la sociedad que iban a fundar como una “ciudad sobre una colina”. La expresión provenía del Evangelio de Mateo en la Biblia. La idea era que su comunidad sería observada por toda la humanidad como un ejemplo moral.

Con esta imagen se sembró una noción poderosa: la nueva sociedad no sería simplemente otra colonia, sino un modelo destinado a iluminar al mundo.

Ese imaginario religioso quedó profundamente inscrito en la identidad política estadounidense.

La mentalidad de los puritanos estaba profundamente influida por los relatos bíblicos. Muchos se veían a sí mismos como una especie de nuevo Israel que abandonaba una Europa corrupta para fundar una comunidad más pura. La narrativa recordaba el relato de Moisés guiando a su pueblo hacia la tierra prometida descrita en la Biblia. En ese marco simbólico, América aparecía como una nueva tierra prometida y la comunidad puritana como un nuevo pueblo elegido. Lo irónico es que estos fanáticos religiosos hasta la actualidad creen que los fanáticos son los demás, sean los musulmanes, los ateos, las espiritualidades animistas, o cualquier otro.

Con el paso del tiempo, esa visión religiosa se transformó en ideología política. En el siglo XIX esta mentalidad adquirió una forma explícitamente política con la doctrina del Destino Manifiesto.

La idea fue popularizada por el periodista John L. O’Sullivan en 1845, quien afirmó que la expansión de Estados Unidos por el continente era el cumplimiento de un destino providencial. La expansión territorial no se interpretaba como conquista, sino como misión histórica.

Bajo esta lógica se justificaron: la expansión hacia el oeste, el desplazamiento y exterminio de pueblos indígenas, la guerra contra México, la consolidación de un poder continental.

Lo que desde otros lugares del mundo podía percibirse como imperialismo, dentro de la narrativa nacional se interpretaba como cumplimiento del destino divino. De ahí su simpatía con el sionismo.

A diferencia de muchas sociedades europeas que atravesaron procesos de secularización profundos, Estados Unidos ha mantenido una fuerte religiosidad pública. Las referencias a Dios en el discurso político son habituales. Los presidentes juran sobre la Biblia. El lema nacional incluye la frase “In God We Trust”. Esto no significa que toda la sociedad sea religiosa, pero sí que el imaginario colectivo mantiene una relación intensa entre nación, providencia y misión histórica.

Tecnologías y cultura

Otra característica llamativa de la sociedad estadounidense es la enorme distancia entre su desarrollo tecnológico y el nivel cultural general de su población. En el terreno científico y tecnológico, el país ha producido avances extraordinarios: universidades de élite, centros de investigación de primer nivel, industrias tecnológicas que transforman el mundo. Pero, al mismo tiempo, amplios sectores de la población muestran: escaso conocimiento histórico,poco interés por otras culturas, una visión simplificada del mundo.

Esta situación genera una sociedad altamente eficiente en lo técnico, pero con limitaciones en la comprensión profunda de los procesos históricos y culturales.

En los últimos años, la figura de Donald Trump ha sido vista por muchos observadores como una expresión extrema de ciertos rasgos de la cultura política estadounidense: nacionalismo exacerbado, simplificación del mundo, discurso confrontativo y convicción de superioridad nacional.

Sin embargo, reducir este fenómeno a una sola persona sería un error.

Trump no es una anomalía aislada. Es más bien uno de los representantes más visibles de tendencias profundas presentes en la sociedad estadounidense. La polarización política entre el Partido Republicano y el Partido Demócrata suele presentarse como una división radical. Pero, ambos partidos comparten muchos supuestos fundamentales:
la creencia en el liderazgo global de Estados Unidos, la defensa del excepcionalismo nacional, la legitimidad de intervenir en otras regiones del planeta.

Las diferencias internas existen, pero el marco general del pensamiento político permanece relativamente similar.

Más que un simple país, Estados Unidos es también un relato poderoso. Un relato que combina: la idea de libertad, la misión providencial, el progreso tecnológico,y la convicción de representar el futuro. Ese relato ha sido exportado globalmente a través del cine, la cultura popular, los medios y la economía.

Pero también ha generado resistencias.
Para muchos pueblos del mundo, el excepcionalismo estadounidense aparece menos como una misión universal y más como una forma de superioridad cultural e imperialismo político.

La paradoja es evidente.
Una sociedad capaz de producir algunas de las mayores innovaciones científicas de la historia convive con profundas tensiones culturales, religiosas y sociales.
El excepcionalismo, que durante décadas fue fuente de cohesión nacional, también puede convertirse en un obstáculo para comprender el mundo en su complejidad.
Cuando un país se percibe a sí mismo como modelo universal, corre el riesgo de dejar de escuchar a los demás.

Y tal vez una de las grandes preguntas del siglo XXI sea precisamente esta:
si una nación construida sobre la convicción de ser excepcional será capaz, algún día, de reconocerse simplemente como una sociedad más entre las muchas que habitan la humanidad. Lo más probable, es que solo su hundimiento le hará darse cuenta que no han sido los mejores sino los peores de los últimos 200 años. Y el continente podría cambiar. Y quizás, el mundo.

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