Por Jonatan Rosas*

Las dinámicas de los habitantes del páramo son poco comprendidas y en octubre de 2019 fueron menospreciadas. En Quito, vemos la actividad de los líderes indígenas, los reclamos ante la desigualdad social y muy poco comprendemos, a veces casi nada, el trabajo que implica mantener el páramo fuente de agua de los sembríos, de los graneros que abastecen al país entero. 

Estados e instituciones fallidas frente a la crisis sanitaria provocada por la pandemia del Covid19. La economía y su sistema imperante herido de gravedad, aunque no muerto por completo. Fake News que buscan avivar una crisis social mayor a la actual. Ciudadanos que no autogobiernan su sentido común y salen a las calles conscientes de ser portadores del virus o sospechosos de tenerlo, violando todo tipo de restricción. ¡Sí, esto es Ecuador!

A tanto llega el impacto de la pandemia que ha logrado opacar lo que hasta hace menos de un mes muchos calificaban como el juicio del siglo o la noticia más importante del período. Pues tendrán que guardar tinta y saliva para otra ocasión. Porque en medio de la catástrofe sanitaria que vive el país, la sentencia por corrupción en contra de un nutrido grupo de empresarios y exfuncionarios del gobierno anterior pasó sin mayores alborotos.

El coronavirus no desnudó un país sobre cuyas intimidades ya teníamos amplio conocimiento; desnudó la inviabilidad de un futuro concebido desde una serie de premisas convencionales. Por ejemplo, que la desigualdad puede ser atenuada dentro del sistema capitalistas; que la informalidad es un terreno propicio para los emprendedores; que la privatización de los servicios incrementa la eficacia del sistema de salud; o que las fuerzas políticas persiguen el bien común cuando de enfrentar una tragedia colectiva se trata. La pandemia levantó el velo de las apariencias.