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jueves, marzo 5, 2026

BAD BUNNY Y EL SHOW DE LA INTELECTUALIDAD – Atawallpa Oviedo Freire

17 de febrero 2026

No conocía la música de Bad Bunny; apenas había escuchado que pertenecía al reguetón y que sus canciones eran consideradas malas.

A propósito del Super Bowl y de la conversación global que se generó a su alrededor, decidí escuchar algunas de sus piezas. La impresión que me deja es contundente: si esto es música, entonces confirma el estado de deformación cultural en el que habitamos. No tanto por la obra en sí, sino por el horizonte de sensibilidad que la hace posible y la vuelve masiva. Que millones la consuman y la celebren dice más de nuestra época que del artista.

Vivimos un tiempo en el que el gusto ya no se forma en la experiencia estética profunda, sino en la repetición, el mercado y la inmediatez. La música deja de ser un acontecimiento del espíritu para convertirse en un dispositivo de consumo afectivo.

No se trata simplemente de si algo es “bueno” o “malo”, sino de lo que revela sobre la estructura de nuestra sensibilidad contemporánea: un mundo que ha sustituido la contemplación por la excitación y la escucha por el impacto.

Al observar el espectáculo del show, aparece otra dimensión: una confrontación simbólica con el poder, con el racismo, con la política dominante. Pero ¿qué tipo de confrontación es esa? No es anticolonial ni antisistémica en sentido profundo. Es, más bien, una disputa interna dentro del mismo horizonte occidental: la afirmación de lo “latino” frente a la hegemonía anglosajona, la ironía frente al poder, el gesto frente a la estructura. Un gesto valiente, sí, pero todavía inscrito en las coordenadas del mismo mundo que pretende cuestionar.

Hay mérito en atreverse a desafiar públicamente al poder, en afirmar que América no se reduce a una sola nación, en hablar en una lengua que descoloca al centro. Pero el gesto no rompe el marco; lo tensiona desde dentro. Y esa es la paradoja de nuestra época: incluso la crítica se vuelve espectáculo, incluso la disidencia se vuelve consumible.

Lo que más llama la atención, sin embargo, no es el artista ni el show, sino la reacción de la intelectualidad. La rapidez con la que se elevan estos fenómenos a categorías teóricas, casi a símbolos de transformación histórica, revela una carencia más profunda: la dificultad de pensar desde fuera del sistema que se critica. La intelectualidad contemporánea parece moverse dentro de los límites del mismo horizonte que pretende cuestionar. Cambian los signos, cambian los énfasis, pero no el suelo ontológico desde el que se piensa.

Se discute dentro de la casa, pero no se abandona la casa. Se polemiza en los extremos de un mismo campo, sin poner en cuestión el campo mismo. Y así, tanto las posturas conservadoras como las progresistas terminan orbitando alrededor de un mismo centro civilizatorio, de una misma racionalidad histórica, de una misma idea de mundo.

La pregunta filosófica de fondo no es si un cantante es bueno o malo, ni si un gesto político es valiente o insuficiente. La pregunta es otra: ¿desde dónde pensamos?, ¿desde qué exterioridad es posible mirar el sistema sin reproducirlo?, ¿existe todavía una mirada capaz de situarse fuera del guion de la modernidad occidental?

Mientras esa exterioridad no se recupere, todo seguirá ocurriendo dentro del mismo escenario: la crítica, la rebeldía, la música, la política y la teoría. Cambiarán los actores y los discursos, pero la obra será la misma.

Y quizá lo verdaderamente urgente no sea producir nuevos espectáculos ni nuevas polémicas, sino reconstruir la posibilidad de pensar ontológicamente desde otro lugar, desde otra raíz, desde otra forma de habitar el mundo.

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