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jueves, marzo 5, 2026

Crimen y arte, los dos lados de una moneda acuñada en la última novela de Humberto Salazar

Por Carlos Villacís

¿Qué pasa por tu cabeza cuando existen crímenes en tu ciudad y descubres que una parte de ellos se atribuyen a una sola persona? En una sociedad tan violenta y violentada, como la del Ecuador de los últimos ocho años, es posible que te produzcan alarma. Pero, como la vida sigue, en el fondo, sabes que no hay razón para creer que tú serás la siguiente víctima… ¿O a lo mejor sí hay razones para que lleguen a ti, solo que aún no descubres cuáles son?

Agreguemos un nivel más de preocupación, quizá más relacionado con esta sociedad cada vez más predispuesta a disfrutar de un buen show, en la forma que sea, como drama, comedia… o crimen. ¿Cómo te sentirías si el asesino en serie llega a caerte simpático porque resulta que es todo un artista de la escenografía y un docto o sabio en el mundo del arte pictórico? Al respecto, voy a contarles una historia que aparece en el último libro de Humberto Salazar, El alguacil y su demonio, una secuencia de hechos que, sin duda, desconcertarían a la policía, por intrigantes y macabros: cada escena del crimen es una representación exacta de cuadros u obras de arte pintados hace varios siglos atrás.

Siguiendo el relato, el primer crimen, posteriormente mediatizado y envasado para el show y disfrute social, correspondía con una representación exacta de La muerte de Marat, elaborado por Jacques-Lois David, pintado al calor de la Revolución Francesa y de la permanente caída de la guillotina revolucionaria. La víctima, en el caso de este delito, era un militante político moralista. Los siguientes crímenes, para sorpresa de los investigadores y de la opinión pública, también eran exóticas pero cruentas vitrinas pictóricas, a través de los cuales el mundo podía convertirse en testigo de una rara, espectral y bella obra de arte desplegada con lujo de detalles. Es la esteticidad de la muerte.

Siguieron más cuadros y nuevos crímenes: el grabado número 43 de Goya (1799); Cabezas de víctima de tortura, de Théodore Gericault; La caída de Ícaro, de Jacob Peter Gowy (1637); El ahorcado, de Georges Roualt (1944), entre otros.

La Línea de Fuego
Cabezas de víctima de tortura, de Théodore Gericault

Es esta extraña asociación entre muerte y arte, entre sufrimiento y belleza estética, la que abre camino a otro elemento perturbador que comienza a tomar forma en esta historia. Al revisar las biografías de las víctimas, es fácil percatarse que estas incitaron al delincuente para asumir el papel de un justiciero, ya que cada obra de arte plasmada en la escena del crimen tiene un protagonista maldecido cuya perversidad nunca fue detectada por nadie, excepto por la sensibilidad del victimario y por la propia víctima. Vaya, estamos ante un asesino con una extrañamente bella alma: es lo suficientemente sensible como para amar el arte y la justicia como si fueran dos caras de una misma y única moneda. No en vano, el nombre con el que se bautizó al asesino serial correspondía a un demonio que conocía de artes, de ciencia, de ideología y de los misterios de la vida: Abalam. Definitivamente, como dice el autor, “el sueño de la razón produce monstruos”.

Esta escala de preocupaciones e historias entrelazadas constituyen el argumento de la última novela de Humberto Salazar, El alguacil y su demonio, publicada bajo el sello de Editorial El Pegaso. Esta es su segunda novela, luego de El aviso (2014). En la trama de 114 páginas, tres personajes con pasados y profesiones distintas, juntan sus conocimientos y sensibilidades para entender qué pasa por la cabeza del culto asesino serial y encontrarlo. Es la historia de Rebeca Roches Fizsman (detective), Melissa NN (historiadora del arte) y Javier Costales (periodista), quienes ponen en juego todas sus destrezas e incluso imaginación para encontrar una solución a esta cadena de crímenes. Pero, cuidado, el camino de la investigación es tan confuso que no solo llevará al lector por un recorrido a través de varios siglos de arte, sino que explora los más recónditos misterios del alma, incluyendo las psiquis desdobladas y las personalidades trastornadas. En El alguacil y su demonio nada es lo que parece ser.

Este relato de crónica roja llega en un momento en el que el Ecuador atraviesa por momentos difíciles, y eso el autor de El alguacil y su demonio lo entiende a la perfección: “El nivel de crímenes de la ciudad solo se equiparaba con el nivel de frustración que dejaba un país repartido entre facciones y mafias que conformaban, en algunos territorios, verdaderos estados dentro del Estado. Un manto de noche cubría los corazones de los ciudadanos. La paz era un objeto preciado pero muy escaso. La vida y su alegría eran símbolos que languidecían ante una realidad que ratificaba que la violencia es un animal incontrolable que suele terminar atacando a su propio amo“. (página 13).

Sin embargo, pese a este panorama desolador, lleno de sangre, misterio, dolor, venganza, incertidumbre e injusticia, sobresale el mensaje de la subterránea esperanza del autor, un mensaje profundamente humanista: “… el acto primero de toda creación era salir del silencio; por eso, retornar al mismo, como afirmaba el poema, era reencontrarse con la esencia del universo, con su condición original”.

El alguacil y su demonio, de Humberto Salazar, es una lectura urgente para estos tiempos. Además, por otro lado, ¿crees que eres excelente identificando en una trama quién es el asesino, antes que los demás lo hagan? Le apuesto que en la novela de Humberto Salazar no le será nada fácil u obvio. ¿Reto aceptado?

La Línea de Fuego
Portada del libro “El alguacil y su demonio” de Humberto Salazar

Imagen de portada: La muerte de Marat, elaborado por Jacques-Lois David

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