Por Hugo el búho.
Eso fue. Un viento, un relámpago, un huracán. Kléver Viera siempre fue un transgresor, hizo de la danza su morada, su pájaro, su guerra y su herida.
Quienes tomaron clases con Kléver nunca se equivocaron: ¡Qué tipo más del putas! ¡Solo un loco puede danzar como el man! ¡Es un maestro de la expresión y el gesto! Y sí. No se equivocaron. Kléver fue un adelantado de su tiempo. 50 años dedicados a la investigación, a formar y a poner en escena decenas de montajes, de personajes inolvidables.
Si este fuera un país que reconoce y cuida a sus artistas consagrados, sus últimos años hubieran sido diferentes. Pero no. Hay prioridades que el poder no se puede permitir obviar. El ministerio de Cultura es… mejor ni decirlo.
Las palabras sobran. Los homenajes después de muerto son hojas secas que sólo hacen un poco de ruido. Pero igual, hay que llorarlo. Se merece nuestras lágrimas, nuestro último y dolorido adiós.
Gracias Kléver. Gracias por estremecernos con tu oscuridad. Por transformarte en rayo, en nube, en serpiente y en cascada. Por atreverte a desafiar la norma y los oropeles vacíos de quién nos dicta donde van los puntos y las comas.
Mire al cielo, las estrellas de puntas explosivas nunca se equivocan. Hoy la venia, la hacemos nosotros.


