Por Hugo el búho

Hoy, Quito amaneció con un sol radiante. Me vestiré con mi mejor traje. A las 10h00 plancharé -como nunca mi ropa-, me afeitaré a los tres meses, lustraré mis zapatos viejitos y me sentaré a esperar que esa señora, que nació de un grupito de oportunistas y arribistas de lo peor, se largue. Al fin. Claro que, como uno ya no es tan ingenuo, tendré a mi lado, un tarro de pintura verde, listo para embarrarme la ropa recién planchada, si la María, si la Paula, se salva. También es posible. Ya no hay hospitales, pero quién quita que, de pronto, aparezcan contratos, embajadas y abracadabra, todos felices sin decir palabra.