El próximo 1 de mayo se cumplirá el quinto año de la muerte de María Arboleda. Mujer, ciudadana, compañera y ser sensible ante la vida con sus goces y vicisitudes. De María se conoce más sus compromisos ciudadanos y políticos, y casi nada de su ser sensible tejido con fibras de escritora nata, fina, cuidadosa como manos de artesana de La Esperanza.
Por este motivo, les comparto una carta íntima de ella a su compañero, en la que retrata con letras y alegorías, a la ciudad de Quito de los años 60-70, y a la juventud de entonces, mujeres y hombres llamados “adolescentes” y que más bien eran sufrientes y gozantes de lo cotidiano vivido con intensidad.
Raúl Borja N.
LO MÁS AMADO
María Arboleda V. a Raúl Borja, febrero de 1984
I.
Cuando yo era adolescente y asistía al colegio, Quito era una ciudad fresca y amable y yo la amaba especialmente tras la lluvia cuando el cielo calmo y cargado de gris bajaba al borde de mi brazo levantado y la neblina se despeinaba entre los faroles apagados. Era un cielo activo, amante, que se acercaba a besarme suavemente las mejillas, donde mi cutis de porcelana resplandecía con el tinte rosa nacarado y yo no necesitaba de los muchachos. Con el cielo pegado a mis mejillas, paseaba largo rato entre la ciudad iluminada, recuperando en mi ropa las últimas gotas que habían viajado grandes espacios azulados y que se introducían como gatitos ovillados por el tejido de mi sweter. Jamás usaba impermeable, por ello las monjas del colegio me buscaban siempre que había llovido para echarme en cara mi aspecto de chirote mojado, indecente, mientras yo sabía que lo que les enfurecía de veras era la alegría salvaje que se escudaba bajo los dos estallidos negros que eran mis cejas y el rubor insolente de mis mejillas inocentes, y que ellas sospechaban como la huella del sexo.
Entonces no me hacía falta el amor, pero yo no sabía que me corrompería la esclavitud de las pasiones y que terminaría para siempre mi infancia, ya que lanzarse al amor es copar el mundo con la sospecha y el cálculo para los cuales, entonces y durante diez años, estuve totalmente incapacitada. Entonces amaba intensamente y con generosidad a algunos hombres y mujeres sin que mediase el sexo ni la pasión, y a quien amaba más intensamente era a mi dulce y bella Ana María, amiga sabia y acogedora como jamás volví a encontrar otra.
Miento al decir que yo no necesitaba muchachos entonces: Ana María y yo no los necesitábamos y no porque tuviésemos un desfogue afectivo de sexualidad indiferenciada entre nosotras, sino porque el espléndido mundo nos había seducido y ambas esperábamos, sin confesarlo, la llegada de un embajador auténtico de ese mundo, pues los que habían pretendido serlo sólo eran impostores, para entregarle nuestro amor y nuestra vida.
Entonces no nos hacía falta todavía el amor y aún no sabíamos que pronto nos separaría la esclavitud de las pasiones y que terminaría para siempre nuestra amistad, porque el amar se confunde con establecer dominios encerrados y mientras más alcahuetas y eunucos los resguarden estará mejor resguardado, barreras para las cuales las dos no estuvimos listas pues teníamos puesta una venda de ingenuidad sobre los ojos. Entonces nos amábamos intensa y generosamente ella y yo, sin que mediase entre nosotras el sexo ni la pasión y lo que amábamos más intensamente cada una era la vida.
II.
Cuando Ana María y yo éramos adolescentes y asistíamos al colegio, Quito comenzaba a podrirse acodada en su inmovilidad y esto se notaba especialmente en el aire de inquietud y rumor que recorría a los muchachos, nuestros amigos, activos y amantes todos ellos, que se acercaban a saludarnos dejando un gustoso beso en nuestras mejillas, a ella por su grandiosa belleza y a mí por la perfección de caracola de mi cutis. Entonces no necesitábamos muchachos para amar sino para amistar. Con esa bandada alada de potritos pegada a nuestros talones, paseábamos largas jornadas entre charcos y transeúntes, pisoteando con gusto a unos y a otros, y recuperando sus insultos y los chapaleos entre nuestros oídos y lenguas golosos. Por ello, jamás cedíamos el paso a los viejos, hombres y mujeres que habían cumplido ya los 30 años y tenían una arruga impecable señalando el entrecejo, que nos enfrentaban gritándonos ¡patanes! y haciendo ascos, mientras nosotros sabíamos que, en verdad, la boca se les hacía agua por querer gozar nuestra juventud y esa alegría que cebábamos sin razón a cada minuto y que restallaba insultante en cada uno de nuestros rostros.
Entonces no nos hacía falta el Amor, pero aún no sabíamos, ninguna de nosotras, que pronto nos corrompería la esclavitud de las pasiones y que dejaríamos atrás para siempre nuestra adolescencia, porque el amor no existe sino entra en el camino de lo definido, las instituciones, para lo cual durante todos esos meses habíamos estado absolutamente incapacitadas, enroladas en pandillas de ilusiones fugaces y profundas, bebidas de un trago, y pajareando de flor en flor, o de muchacho en muchacho como nos venía en gana. Entonces amábamos intensamente y con generosidad a todos los hombres y mujeres que eran nuestros amigos y amigas, y a aquellos que nos quedaban cercanos de espíritu, y admirábamos, mediando entre nosotros un sexo caótico y exultante en despertar, pero jamás la pasión, porque para ella aún teníamos muy tierno el corazón y lo que amábamos más intensamente cada una de nosotras era la fiesta y la rebeldía.
III.
Cuando nuestra jorga fue un puñado adolescente y asistía al colegio, Quito nos era desconocida y nosotros la amábamos especialmente en las noches, cuando incansables la recorríamos para besarla con nuestros pies y ella nos entregaba cada uno de sus rincones como hace una amante coqueta, escondiéndolos con prudencia, para que pudiésemos amarla sin conocerla, sino solo entreverla maravillosa en la penumbra, porque Quito tenía la sabiduría de mujer que ha perdido la lozanía, pero ama y esquiva ante la mirada de su amado la luz traicionera. Entonces, nosotros fuimos como amantes suyos, activos y devotos, y nos regustábamos admirando el resplandor y el misterio, el tono espectral de sus barrios y campanarios, y el atrevimiento pujante de sus plazas, consagradas por separado a un culto peculiar: la política, la religión, la cultura o el trajinar, despreciando las gentes, pero aspirando el aliento adormilado y espeso de sus mercados y hurgando en las calles el regodeo de sus intestinos como voceríos de la sombra en plena luz, imparables e inoportunos.
Por la noche la besábamos bailando sin razón ni música, al son de imaginarios pingullos, que un sábado fueron tocados por el grupo de saraguros desamparados, traídos desde Loja como si hubiese sido del extranjero, por Marcelo, el único de nosotros a quien ya entonces le perdía una pasión adulta por una mujer, María Olga, y por la política. La besábamos bailando en ronda sobre la Plaza del Teatro, esa que mandara a levantar la fogosa Marietta de Veintimilla, generalita digna de mejor época, donde han dormido su aburrimiento todos los cocheros y taxistas quiteños del siglo.
Entonces no necesitábamos al otro sexo sino solo para cristalizar esa emoción de vivir que nos tensaba y que por comodidad llamábamos Amor, porque no sabíamos que era la vida, entrando a ser adultos ya con ello, mientras Quito nos conducía pegadas a sus veredas por las que paseábamos largas mañanas sin descanso y en correteos incesantes. Por ello, jamás nos separábamos y almorzábamos juntas algo al paso, unas frutas o fritadas, y los chapas y municipales nos buscaban para pillarnos acurrucadas entre montones de cáscaras y papeles, sentadas encima del césped prohibido, acostadas cada cual con su cabeza sobre la barriga del compañero; pero nosotros sabíamos bien que los irritaba la sospecha cierta de ser como maridos engañados por la puta Quito, a quien cuidaban y mantenían solo para que ella se entregase escondidamente a nosotros, codiciable y festiva.
Entonces, ninguno de nosotras echaba de menos al amor, pero ya comenzábamos a presentir que nos corrompería la esclavitud de las pasiones y que sólo nos sería dado conocer a Quito cada vez que una pasión se desatase en nuestro pecho, o cada vez que desechásemos una gastada pasión, porque amar o dejar de amar es situarse un instante en capacidad de mirar al mundo como los niños, para que luego nos aturda ese tramo inevitable y lodoso del matrimonio y la familia, los compromisos y las obligaciones, el engaño y el desencanto, en el que callan los ojos y las bocas se ciegan, mientras las manos se desatan. Para ese temor, que sería el presente de nuestra madurez, fuimos entonces vírgenes como jamás volveríamos a serlo para cosa alguna, pero entonces no lo sabíamos, sino que nos sería revelado al cruzar la tercera década, cuando la marea necia de amoríos sin destino depositara resolana salada en nuestras lenguas cuarteadas y cuando intentásemos, solas por primera vez, recién nacidas, sin mundo, esperanza y sin amor, incluso sin dolor, reconocer a la amante vieja y jamás mirada de veras.
Entonces podremos amar intensamente y con generosidad auténtica a todos los hombres y mujeres, viejos, feos, hambrientos, pajaritos al borde de la muerte, prostitutarias, muchachitas en flor para la cuchilla, cargadores, cargadoras, oficinistas, remenderos del alma y a toda la prole abandonada de Dios. Los amaremos como lo hizo Cristo en Superstar, con amor y con desprecio, sin que en ello medie ni el sexo ni la pasión, porque del primero estaremos cansados y a la pasión le temeremos más que a nuestra soberana Madre. Y entonces, lo que más intensamente odiaremos cada uno de nosotros será a la dominación y la hipocresía, pero la paz entre los hombres será lo más amado.


