23 de septiembre 2025
Rompedor de medianías, letargos, el poeta Iván Oñate (1948-2025) se fue de esta vida de manera súbita. Como si a la vuelta de la esquina, sin saberlo, nos hubiera estado esperando un mundo más pobre, más plano.
Yo trabajaba en la radio cuando lo conocí. Pero fue después, viajando, que nos hicimos amigos. Y descubrí su jovialidad, su vitalidad, su radical ironía. Andábamos por Ambato, su ciudad, en medio de una bohemia que parecía inventada por él mismo. Yo era mucho más joven que Iván, pero era él quien metía candela a la noche y a la madrugada. Y leía, parado sobre una silla, poemas, o decía poemas.
Fue, nuevamente en la radio, que lo volví a ver: actuaba como si fuera una estrella de cine, hablaba como si estuviéramos en una película. Yo lo entrevisté para el quincenario Tintají y me invitó a su casa. Recuerdo que aquella vez nos hicimos amigos del poeta mexicano Margarito Cuéllar. Recuerdo que conversamos y bebimos y nos reímos. Por entonces yo me estaba volviendo un fan del poeta, un admirador, porque supe de sus inclinaciones rockeras, de sus libros con títulos de humor negro -La casa del ahorcado (1977), El hacha enterrada (1987), El fulgor de los desollados (1992), La canción de mi compañero de celda (1995), La nada sagrada (1998)…-. Mi admiración inicial provenía, como he dicho, de su talante de actor: yo le decía que parecía Al Pacino por la forma de pararse, de decir un poema, e Iván me corregía, y me decía que le hubiera gustado más la comparación con James Dean. Dice efectivamente en El ángel ajeno (1983):
te contaría la historia de un muchacho
y de todo ese juego, lo único que ocurrió
fue que lo encontraran una mañana
crucificado al madero horizontal
de una carabina treinta treinta.
Debería recordar la historia de aquel muchacho
si me tomara en serio, un poco.
He llorado la muerte del poeta, y lo extrañaré hondamente, pues he creído ver en Iván el espíritu siempre joven de la fuerte raza de los aventureros, de Rimbaud y de César Vallejo, de Borges y de Bolaño. Creo haber visto una foto del poeta en moto, e incluso lo imagino viajando en barco, como un marinero. Aunque siempre fue profesor universitario, y su vida la dedicó al estudio, con pasos por Buenos Aires y Barcelona, Iván vivió y escribió como un corresponsal de guerra, como un cronista de las pasiones violentas. Escribe en El fulgor de los desollados:
CARTA CON LÁPIZ MORDISQUEADO
donde los barcos no zarpan
que el amor suele cobrar un precio
que no hay otra embriaguez
en un corazón vacío, si me hubieras
que se llama tiempo, entonces
este descreimiento, ahora que
cruzándose por mi película:
soplaba desde la alcantarilla. Mamá,
no estos huecos obstinados,
que un relámpago que se pierde
Durante estos días me he dedicado a leer nuevamente su poesía, como una forma de encontrarme con él. He vuelto a leer, también, los últimos mensajes que me envió por watsap, sobre su viaje a Centroamérica, sobre sus encuentros con otros poetas, sobre la publicación de una antología de su obra. Asistí, invitado por él, a la entrega del doctorado Honoris Causa que hiciera hace un par de años la Universidad Central. Y participé, también, en el congreso que le dedicó la Facultad de Filosofía y Letras de la misma universidad. El cartel del congreso tenía una ilustración de Iñaki Oñate, su hijo, que supo captar el carácter del poeta en la ilustración. Yo creía en Iván, como si él fuera el joven escritor y yo el viejo crítico: quizá era al revés y él creyera, más bien, en mí. Por eso me abrió siempre las puertas de su casa, donde compartimos con Magdalena, Iñaki e Iván. Yo intenté, en la medida de mis fuerzas, dedicarle también un homenaje: lo organizamos en la Casa Catalana de Quito. Hicimos una exposición de las portadas de sus libros. “Me gusta lo que hace David”, me dijo, “Porque nace del afecto”. Y así era, efectivamente: con nuestros limitados recursos montamos una exposición sobre él. Yo quería, además, publicar una novela que nunca me mostró, aunque dijo que la había escrito. Escribí en varias oportunidades sobre su obra, y envié los artículos a revistas allende las fronteras. Yo pensaba que Iván se distinguía de los poetas y escritores de su generación, por el mero hecho de haber permanecido fiel a su obstinada independencia. Por haberse mantenido como profesor, sin incurrir en la caza de cargos burocráticos o en la espera de los honores de desaparecidos ministerios. La política de Iván era como su poesía; dice en El país de las tinieblas:
Un arribo donde nuestra propia juventud se
horroriza de vernos en un espejo. Cansados,
cínicos, sin amor. Sobre todo, sin amor:
biología marchita, sin existencia.
Un país con extraños ecos de nostalgia.
Como si otro, impostor y soterrado, vigilara
nuestros pasos desde su legislación de
Llegará el día en que desenmascarados del
éxito o del fracaso, saldremos a caminar, a
contemplar el cielo entre los muros de la
Entonces, en un estremecimiento fugaz,
presentiremos el hogar, el fuego, el recuerdo
de ese sitio donde alguien tal vez nos amó.
Adiós querido poeta. Fuiste querido, de verdad. Como amigo y como maestro y como poeta. Ojalá nos volvamos a ver en el infinito.