María Inés Rivadeneira*
Andrés Silva*
28 de agosto 2025
La contaminación por plásticos es uno de los desafíos ambientales más complejos del siglo XXI. Distintas voces expertas señalan que el problema va más allá de la gestión de residuos; es sistémico. No se trata únicamente de la basura visible, sino del ciclo de vida completo del plástico, desde su producción masiva hasta su disposición final.
No es la primera vez que la comunidad internacional busca soluciones audaces a problemas de gran escala con impactos graves en la salud humana y de los ecosistemas. La Convención de Viena (1987) para detener la destrucción de la capa de ozono y el Convenio de Minamata (2013) que busca frenar la contaminación por mercurio y sus efectos tóxicos, tienen en común el ser ejemplos exitosos de la cooperación internacional para resolver impactos ambientales globales. Ambos demuestran como la ciencia, la diplomacia y el compromiso político pueden converger para proteger la salud humana y los ecosistemas a una escala sin precedentes.
A principios de los 70´s el descubrimiento de los clorofluorocarbonos (CFC) en aerosoles, refrigerantes y espumas alertó sobre la destrucción de la capa de ozono en la estratosfera, aumentando la radiación ultravioleta que llegaba a la tierra impulsando a los estados a nivel internacional a adoptar el Protocolo de Montreal (1985) y la Convención de Viena. El Convenio de Minamata surgió como un mecanismo de regulación a este metal pesado neurotóxico que puede viajar a través de la atmósfera y el agua causando graves problemas ambientales y de salud humana. En ambos casos, los tratados internacionales logrados son una respuesta basada en ciencia, contemplando un enfoque de gestión de estas sustancias dañinas a lo largo de todo su ciclo de vida.
Hoy, un sin número de organizaciones locales e internacionales, científicos y países como Reino Unido, Canadá, Ecuador y otros 70 países que son parte de la Coalición de Alta Ambición para Acabar con la Contaminación por Plásticos (High Ambition Coalition to end Plastic Pollution, HAC por sus siglas en inglés) comprometidos con un tratado ambicioso, sostienen que un tratado internacional jurídicamente vinculante para detener la contaminación por plásticos es fundamental para hacer frente a un problema global que exige respuestas coordinadas y a gran escala, considerando que los enfoques actuales son insuficientes. Iniciativas nacionales y voluntarias, aunque útiles, no han logrado detener el creciente flujo de plásticos en el medio ambiente. Un tratado internacional es la herramienta necesaria para una respuesta eficaz? al plantear responsabilidades compartidas pero diferenciadas y coherencia global para detener la contaminación y la producción de plásticos peligrosos y de un solo uso, enfocándose en todo el ciclo de vida, innovación, financiamiento, transición justa y un marco de transparencia y rendición de cuentas.

Tras la resolución 5/14 de la ONU en marzo de 2022, el mundo se unió para crear un tratado global legalmente vinculante que aborde el ciclo de vida completo de los plásticos. Este proceso, que inició con el ?Comité Intergubernamental de Negociación (INC), representa una oportunidad única para la comunidad internacional de actuar conjuntamente. A través de espacios de negociación que se sostienen desde 2022 en Uruguay, Francia, Kenia, Canadá, Corea del Sur y Ginebra, se busca un consenso global para enfrentar la crisis de la contaminación por plásticos, una de las mayores amenazas ambientales de nuestra era.
La quinta sesión de negociaciones (INC5.2) retomó su agenda en agosto de 2025. Sin embargo, las negociaciones no concluyeron en Ginebra. La división principal se dio entre más de 100 países que exigían límites vinculantes a la producción, prohibiciones paulatinas a los plásticos más peligrosos y sus químicos asociados, reglas globales para el diseño de productos, mecanismos de financiamiento para una transición justa y reglas de procedimiento para fortalecer el tratado a lo largo del tiempo. Y, por otro lado, principalmente naciones con industrias petroquímicas que priorizaban un tratado enfocado únicamente en la gestión de residuos.
Ante eso, delegaciones como las de Colombia y Francia denunciaron la obstrucción que impidió un acuerdo, mientras que organizaciones como?WWF y Break Free From Plastics lamentaron que el consenso se use como una estrategia para dilatar el proceso, más allá de buscar el bien común.
Esta situación subraya la urgencia de tomar medidas concretas y la responsabilidad que tiene la comunidad internacional. Aunque las negociaciones estén suspendidas, el liderazgo político de los países que impulsan el trato es clave.
La lección de este proceso es clara: el mundo tiene la capacidad para actuar de manera conjunta por el bien común y lograr un tratado robusto y ambicioso que proteja a las poblaciones más vulnerables, los ecosistemas frágiles del planeta y la salud de las personas.
El futuro del tratado permanece abierto. El fracaso del INC-5.2 no supone un cierre definitivo, sino un aplazamiento que obliga a redefinir estrategias diplomáticas, fortalecer coaliciones, asegurar mecanismos financieros y mantener la presión basada en evidencia científica.
Diversas organizaciones, tanto locales como internacionales (UNEP, WWF, UICN, Galápagos Conservation Trust y la Fundación Ellen McArthur) han sido firmes en su apoyo a un tratado robusto y vinculante. Argumentan que la ciencia ya ha proporcionado suficiente evidencia sobre los impactos de la contaminación plástica y sobre el riesgo de que estos se agraven, especialmente en la salud de las personas. Por ello, sostienen que ahora es el momento de la acción política a escala global para detener esta crisis: es momento de actuar y defender la ambición.
La Convención de Viena y el Convenio de Minamata demuestran que la cooperación internacional es posible. Para el tratado de plásticos, esto significa escuchar a la ciencia, adoptar un enfoque integral, establecer metas vinculantes, asegurar una financiación adecuada y garantizar una transición justa?que beneficie a todos.
Esperamos que el proceso retome el rumbo correcto, la humanidad necesita un acuerdo a la altura de la crisis que se experimenta día a día. Mientras esto se define, desde las naciones comprometidas con el cambio, y que han manifestado a viva voz su ambición, seguiremos trabajando para conseguir soluciones integrales sin dejar a nadie atrás.
La Convención de Viena (1987) para detener la destrucción de la capa de ozono y el Convenio de Minamata (2013) que busca frenar la contaminación por mercurio y sus efectos tóxicos, tienen en común el ser ejemplos exitosos de la cooperación internacional para resolver impactos ambientales globales. Ambos demuestran como la ciencia, la diplomacia y el compromiso político pueden converger para proteger la salud humana y los ecosistemas a una escala sin precedentes.
*María Inés Rivadeneira, Gerente de Políticas & Gobernanza – WWF Ecuador
*Andrés Silva, Oficial de Economía Circular – WWF Ecuador


